Carne de cañón

Es la hora de reflexionar. Por siglos y siglos la tarea de pensar, de estudiar, de reaccionar ha estado a cargo de las llamadas clases directoras de la sociedad: los intelectuales y los ricos. La masa no ha pensado “naturalmente”, los que lo han hecho por ella se han pagado con creces ese “servicio,” en perjuicio de las multitudes. Pero ha llegado el momento de reaccionar, ha llegado el momento de decidir si hemos de continuar los pobres bajo la interesada dirección de los intelectuales y los ricos, o si valerosamente tomamos por nuestra cuenta el estudio de nuestros problemas y confiamos a nuestras propias fuerzas la defensa de nuestros intereses.

Ya es tiempo de hacerlo; escojamos: o rebaño arrastrable o falange de seres conscientes; la vergüenza o la gloria.

Arrastrados por el interés de las clases directoras, las masas proletarias han venido derramando su sangre a través de los tiempos. Siempre ha habido descontento entre los pobres, descontento ocasionado por la miseria y la injusticia, por el hambre y la opresión. Por lo mismo, el proletariado ha estado siempre dispuesto a rebelarse con la esperanza de alcanzar con la victoria un cambio favorable a sus intereses; pero como los proletarios no han pensado con su cabeza, sino han sido las clases directoras quienes han pensado por ellos, quienes han encaminado las tendencias de los movimientos insurreccionales, ellas han sido las únicas que se han aprovechado de los sacrificios de la clase trabajadora.

Ve, pues, el proletariado, cuán importante es que emprenda por su propia cuenta la conquista de su bienestar. Cada vez que las clases directoras necesitan de la fuerza del número para asegurar una victoria que las beneficie, acuden al proletariado, a la masa siempre dispuesta a rebelarse, seguras de encontrar héroes en la turba que cordialmente deprecian, pero a la que entonces adulan, halagan sus pasiones y hasta aplauden y estimulan sus vicios y sus extravíos, como se pasa la mano por el lomo de las bestias para someterlas por la dulzura cuando no es necesario emplear el fuete.

De ese modo las masas proletarias han sido lanzadas a la guerra, han sido empujadas a cometer empresas contrarias a sus intereses. Guerras de conquista, guerras comerciales, guerras coloniales, insurrecciones políticas, todo se ha hecho con la sangre de los proletarios, aplaudidos a rabiar mientras comprometen la vida como héroes, despreciados y escupidos al día siguiente de la victoria en que es necesario que alguien se encargue de sembrar grano, de cuidar el ganado, de hacer vestidos, de fabricar casas, siendo entonces bajados a puntapiés, los héroes, del pedestal que les formó la adulación interesada de las clases directoras, para ir a reanudar su trabajo en el surco, en el taller, en la fábrica, en la mina, en el camino de hierro llevando cada uno, como única ganancia, un papelote en que consta la declaración oficial de su valor, una medalla de cobre para que luzca sobre sus harapos en los grandes días, y algunas cicatrices, aparte de los malos hábitos contraídos en la promiscuidad de los cuarteles, mientras los intelectuales y los ricos se reparten las tierras del país conquistado, y de la nación cuyo Gobierno ganaron con el sacrificio de la plebe y derrochan en la orgía y en el lujo el copioso botín que los hambrientos arrebataron a los vencidos.

Y esto ha venido repitiéndose desde tiempo inmemorial; siempre burlados los de abajo, siempre gananciosos los de arriba, sin que la experiencia haya abierto los ojos al rebaño, sin que el chasco, constantemente repetido, haya hecho revolucionar a la masa, la haya hecho pensar. La muchedumbre actual es la misma muchedumbre inflamada e inocente que llevó sobre los hombros a los grandes capitanes de la antigüedad: la muchedumbre de Alejandro, la chusma de Ciro, la plebe de Cambises, el rebaño de Escipión, las multitudes de Aníbal, los bárbaros de Atila, pensaban lo mismo que las turbas napoleónicas, las chusmas conquistadoras del Transvaal, la plebe americana de Santiago y de Cavite y las legiones amarillas triunfadoras en Manchuria. La psicología de las masas contemporáneas es la misma de las masas francesas de 1789, de las masas de Hidalgo de 1810, de las masas republicanas de Portugal en estos días. Siempre lo mismo: el sacrificio de los generosos proletarios en beneficio de las clases dominadoras; el sufrimiento y el dolor de los humildes en provecho de los intelectuales y de los ricos.

Todo esto ha sido así, porque no se han hecho el propósito los proletarios de encauzar los movimientos populares hacia un fin favorable a sus intereses, sino que han obedecido las órdenes de la minoría dominadora que, como es natural, ha trabajado siempre en favor de sus intereses de clase. Así, por ejemplo en las guerras de conquista, en las guerras comerciales y coloniales, guerras que el Gobierno de una nación lleva contra el pueblo de otra nación, para extender sus dominios territoriales o conquistar mercados exteriores que consuman los productos industriales o agrícolas de la nación dominadora, el proletariado no hace otra cosa que dar su sangre sin obtener en cambio ningún beneficio material. Los grandes industriales, los grandes comerciantes, los banqueros y los hombres del gobierno son los que se benefician con esas guerras. Al proletariado no le queda más que la gloria, si es posible que puedan dar gloria los asesinatos en gran escala, cometidos contra pueblos extraños para satisfacer la absurda codicia de los reyes de la industria, de la banca y del comercio. ¿Es más feliz, el proletariado inglés de hoy, después del triunfo de las armas inglesas en el Transvaal? ¿Es más feliz el pueblo norteamericano como consecuencia del triunfo del Ejército de los Estados Unidos sobre el Ejército español? ¿El japonés de hoy disfruta de más comodidades que antes del triunfo sobre Rusia? Nada de eso: ingleses, norteamericanos y japoneses continúan confrontando los mismos problemas sociales, agravados aún más por el aumento de poder que el ensanche territorial o la adquisición de nuevos mercados dieron a las clases directoras.

Y en, cuanto a las revoluciones, puede observarse el mismo resultado. Hechas para obtener la libertad política solamente, las masas proletarias que la han hecho triunfar con su sangre, han sido tan esclavas después de los movimientos insurreccionales como lo eran antes de derramar su sangre. Nuestra propia historia nos suministra ejemplos suficientes para demostrar esa gran verdad, que puede parecer blasfemia a los que no se preocupan de ahondar las cuestiones, a los conservadores de instituciones políticas caídas ya en completo desprestigio. La insurrección de 1810, que nos dio la independencia política, no tuvo el poder de dar, al pueblo hambriento de pan y de instrucción, lo que necesitaba para su engrandecimiento, y eso se debió a que el proletariado no se hizo el propósito de tomar por su cuenta su redención, encauzando el movimiento del mártir Miguel Hidalgo hacia un fin provechoso para la clase trabajadora. El movimiento de insurrección contra Santa Anna, iniciado en Ayutla, y que tuvo como resultado la promulgación de la Constitución de 1857, tampoco tuvo el poder de dar pan e instrucción al pueblo trabajador. Le dio libertades políticas que, como es bien sabido, sólo aprovechan a los que ocupan lugar prominente en la vida política y social, pero no al proletariado que por su falta de dinero, de instrucción y aún de representación social, se encuentra subordinado en un todo a la voluntad de las clases directoras. Del movimiento de Ayutla no sacó tampoco provecho el proletariado por no haber encauzado él mismo ese movimiento al fin práctico de obtener un beneficio para su clase. La insurrección de Tuxtepec, que arrastró al pueblo en pos de la bandera “Sufragio Efectivo y No Reelección,” reconquistó para las masas la alternabilidad de los cargos de elección popular, y tuvo como resultado el despotismo que hoy lamentamos en el terreno político y el recrudecimiento de la miseria del infortunio del pueblo obrero, por no haberse hecho cargo la clase trabajadora de la dirección del movimiento revolucionario de Porfirio Díaz, y por haber confiado su porvenir a las clases directoras de la sociedad.

Ahora una nueva Revolución está en fermento. Los excesos de la tiranía porfirista lastiman a todos, a proletarios y a no proletarios, a hombres y a mujeres, a ancianos y a niños. Acaparado el poder político en pocas manos, el número de personas de las clases directoras que se han visto obligadas a dejar en esas pocas manos la parte del poder que tienen bajo todos los gobiernos, se ha entregado, naturalmente, a trabajar por la reconquista de su poder. Como en todos los tiempos, esas clases directoras bajan hasta el proletariado ahora que necesitan de la fuerza del número, y lo acarician, lo adulan, ponen en juego la tradicional artimaña de aplaudirle hasta aquello que merece censura, pasan, en fin, la mano por el lomo del monstruo para atraerlo por la dulzura, sin perjuicio de hacer más dura la esclavitud en las haciendas, más penoso y menos remunerativo el trabajo en las fábricas, en los talleres y en las minas al día siguiente de la victoria alcanzada con la sangre, con el sacrificio, con el heroísmo de las masas proletarias.

Proletarios: es la hora de reflexionar. El movimiento revolucionario no puede detenerse, tiene que estallar por la naturaleza misma de las causas que lo producen; pero no hay que temer ese movimiento. Es preferible desearlo, aun precipitarlo. Es mejor morir defendiendo el honor, defendiendo el porvenir de las familias, que continuar sufriendo, en medio de la paz, la afrenta de la esclavitud, la vergüenza de la miseria y de la ignorancia. Pero, compañeros, no dejéis a las clases llamadas directoras la tarea de pensar por vosotros y de arreglar la revolución de modo que resulte favorable a sus intereses. Tomad parte activa en el gran movimiento que va a estallar, y haced que tome la dirección que necesitáis para que la revolución sea esta vez provechosa a la clase trabajadora. Recorred las páginas de la historia, y en ellas encontraréis que en las luchas armadas en que han tomado participación las clases directoras habéis representado el papel de carne de cañón, simplemente porque no quisisteis daros la pena de pensar con vuestra cabeza y de acometer, por vosotros mismos, la tarea de vuestra redención. Recordad que la emancipación de la clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos, y esa emancipación comienza por la toma de posesión de la tierra. Alistaos, pues, para la gran Revolución, pero llevando el propósito de tomar la tierra, de arrancarla de las garras de esos señores feudales que hoy la tienen para ellos. Sólo haciéndolo así no seréis carne de cañón, sino héroes que sabrán hacerse respetar en medio de la revolución y después del triunfo, porque tendréis, por la sola adquisición de la tierra, poder necesario para alcanzar, con poco esfuerzo ya vuestra total liberación.

Tened presente una vez más que el simple cambio de mandatarios no es fuente de libertad, y que cualquier programa revolucionario que no contenga la cláusula de la toma de posesión de la tierra por el pueblo, es un programa de las clases directoras, de las que no pueden luchar contra sus propios intereses como lo demuestra la historia, de las que sólo acuden a la masa, a la plebe, a la chusma, cuando necesitan héroes que las defiendan y se sacrifiquen por ellas, héroes que pocas horas después del triunfo pueden verse con los ijares sangrando bajo la espuela de sus amos.

Proletarios: tomad el fusil y agrupaos bajo la bandera del Partido Liberal, que es la única que os invita a tomar la tierra para vosotros.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 7, octubre 15, 1910.