Frailes y tiranos

No puede negarse que el proletariado mexicano empieza a dar señales de vida. Las huelgas de Cananea y de Río Blanco, cuyo trágico desenlace no es posible recordar sin sentir cólera contra un Gobierno de asesinos, fueron el comienzo de la guerra industrial en México. A esas huelgas siguieron otras las de los ferrocarrileros, motoristas, panaderos y muchas más que sacudieron fuertemente la atención de los capitalistas y los hombres del Gobierno que nunca pensaron que el dócil trabajador mexicano llegase a cansarse de sus cadenas.

Asustado el Gobierno quiso detener en sus comienzos el movimiento del proletariado empleando la vieja política del terror. ¿Tenían hambre los obreros y pedían en voz alta salario más elevado? Pues, allá iban los cosacos de la Dictadura a ahogar en sangre las demandas de justicia. ¿Se unían los trabajadores para luchar contra el Capital? Pues no tardaban los soldados en llegar a aprehender a los directores de la unión y en fusilarlos. Así pasó en Cananea; así sucedió en Río Blanco. Pero esto no dio al despotismo el resultado apetecido. La intranquilidad continuó existiendo; el disgusto de las masas obreras cada vez era más marcado y hoy el proletariado está próximo a verificar su primera insurrección consciente.

La alarma de las clases directoras es grande, tan grande como el disgusto de la clase proletaria que está para exteriorizarse en acción. Espartaco despierta; Shylock se estremece; Loyola en las sombras urde sus planes.

El clero mexicano ha salido al encuentro de las demandas proletarias con el jesuitismo que le es característico. Díaz no pudo acallar a balazos la protesta del hambre; ahora encomienda a Loyola la solución del conflicto. Ya se sabe que tiranos y frailes se han prestado mutuamente apoyo en todos los casos graves.

José Mora y del Río, Arzobispo de México, asociado a algunos Obispos, Canónigos y simples presbíteros y seglares ha organizado una serie de conferencias[1] para buscar una solución al Problema del Trabajo, el que pretenden resolver por medio de una amigable avenencia entre patronos y trabajadores.

Guillermo de Landa y Escándon, Gobernador del Distrito Federal, por su parte después de tantas visitas a fábricas y talleres; después de haber visto con sus propios ojos las pésimas condiciones en que se efectúa el trabajo, los miserables salarios que ganan los obreros y las largas jornadas de labor está en vísperas, según dice El Imparcial, de fundar una sociedad “mutualista y moralizadora[2]”, para obtener el resultado que quieren los clérigos: la amigable avenencia entre patronos y trabajadores.

De este modo frailes y tiranos quieren resolver el Problema del Trabajo. Nada de decir al trabajador que es víctima de la voracidad de los capitalistas con el sistema del salariado; nada de ahondar el asunto haciendo ver claro al proletario que no hay ninguna razón para que deje a los patrones casi la totalidad del producto del trabajo. Esas son cosas de los anarquistas y de los socialistas, dicen a una voz clérigos, déspotas y ricos.

El proletariado debe estar bien prevenido para no dejarse embaucar por sus verdugos. No puede haber paz ni es de desearse que la haya, mientras exista la desigualdad social, esto es, mientras haya pobres y ricos, patrones y trabajadores. Media un abismo insondable entre el interés del rico y el interés del trabajador. El interés del rico está en aumentar sus ganancias a costa del trabajo del pobre; el interés del pobre está en aumentar sus ganancias en perjuicio del pretendido derecho del rico. ¿Cómo podrían conciliarse esos dos intereses diametralmente opuestos? De ninguna manera. Charlatanería es, y no otra cosa, pretender resolver el Problema del Trabajo por la fraternización de intereses que se excluyen.

Pero en el caso que nos ocupa hay un fin avieso que lo hace doblemente odioso. Frailes y tiranos quieren desviar las tendencias del movimiento obrero mexicano. Frailes y tiranos ven claramente que el trabajador comienza a orientarse, a comprender que su causa es distinta de la causa del capitalista, y se hace urgente para ellos detener el avance de las ideas modernas sobre Capital y Trabajo y darles un curso que les permita prolongar el actual orden de cosas tan propicio a las rapacidades del Capital.

De desear es que la clase trabajadora entienda de una vez que su redención tiene que ser obra de su propio esfuerzo. Las clases directoras, como ya lo hemos dicho otras veces, se hacen pagar bien caros los pretendidos servicios que prestan a las clases laboriosas. Los trabajadores deben tomar por su cuenta el estudio y solución de sus problemas. No dejar más al lobo el oficio de pastor.

La Revolución se acerca. Tomemos la tierra para el pueblo, ennoblezcamos el trabajo y demos con ello una lección a frailes y tiranos de cómo deben tratarse las cuestiones entre el Capital y el Trabajo.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, octubre 29 1910.



[1] Se refiere a las Juntas de la “Semana católico-social”, llevadas a cabo del 17 al 23 de octubre de 1910, en la ciudad de México. Además del arzobispo de México, en las juntas tomaron parte el arzobispo de Oaxaca, Eulogio Gillow, el obispo de León, Emeterio Valverde, el delegado apostólico José Ridolfi y el presbítero Guillermo Tritschler. El tema central abordado en las juntas fue “El palpitante problema del trabajo y el salario”, según asentó El Imparcial en sus titulares del 18 de octubre de 1910.

[2] Refiérese a la “Sociedad Mutualista y Moralizadora de los Obreros del Distrito Federal”, fundada con el patrocinio de Guillermo de Landa y Escandón. El proyecto de la Sociedad contemplaba la puesta en funcionamiento de bibliotecas y salones de conferencias, la apertura de escuelas nocturnas y de artes y oficios, así como la apertura de asilos para ancianos y mutilados, para obreras y para niños huérfanos. Las bases constitutivas de la Sociedad fueron presentadas el 6 de diciembre de 1910, con la asistencia, según cifras oficiales, de 25 mil obreros. El ingeniero Carlos G. Peralta fungió como su presidente. Fue solemnemente inaugurada el 20 de abril de 1911 en el teatro Hidalgo, con la presencia de Porfirio Díaz. En el transcurso de la lucha revolucionaria, comisionados de esta sociedad cumplieron funciones de intermediación en conflictos obreros en distintos puntos de la República. Siguió operando hasta la caída del régimen de Huerta.