El pueblo y la tiranía

El tirano no es un producto de generación espontánea: es el producto de la degradación de los pueblos. Pueblo degradado, pueblo tiranizado. El mal, pues, está ahí, en la masa de los sufridos y los resignados, en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte.

Es costumbre, cuando la tiranía aprieta la garra un poco más de lo que se está acostumbrado a sufrirla, levantar los puños con dirección al trono donde el déspota está sentado, cuando bueno fuera descargar los primeros golpes sobre los rostros indiferentes de los mansos, de los que encuentran todavía satisfacciones y dicha en su condición de esclavos.

Los sumisos, los mansos, los indiferentes, los sufridos, los resignados, son la masa, la muchedumbre que con su pasividad, su modorra y falta de carácter hace lento y doloroso el avance de las sociedades humanas hacia la libertad y la felicidad. Cuántas veces el genio perece, rotas las alas por la resistencia de las masas. Así son las masas, estúpidas; no marchan, y si alguien quiere ponerse en marcha, le rompen las piernas; no vuelan, y si alguien quiere volar, le hacen pedazos las alas. ¿Cómo será posible que el cóndor se remonte a las alturas cuando la masa, glutinosa le impide desplegar las alas?

Esclavas de su propio miedo y su falta de energía, las masas no ofrecen resistencia al despotismo, y éste las aplasta, las humilla, las escupe, las diezma; pero no se rebelan, no se levantan como un solo hombre para castigar a sus verdugos. Una humanidad así no tiene objeto alguno sobre la tierra. Soportarlo todo con tal de vivir, parece ser el lema de la especie humana. El tirano lo sabe, y oprime; el rico lo sabe, y explota a los trabajadores; el fraile lo sabe, y toma por tarea el fomentar el miedo y la resignación de los pueblos.

Por eso, cuando una voz valerosa se levanta, se hace el vacío en torno del apóstol, y son manos encadenadas las que lo señalan a los sicarios del tirano. ¿No fue el crimen de las masas la crucifixión de Jesucristo? De la masa salió Judas, el denunciante; los sayones hijos eran de la masa, y como para que no cupiera duda de que se trataba de un crimen de la multitud, la población entera alargó los hocicos para escupir al mártir.

¿Puede alguien asombrarse de que haya tiranos? ¿No son ellos el producto de la cobardía, de la indiferencia de la falta de vergüenza de las multitudes? ¿No fueron las masas, acaudilladas por el borracho Pío Marcha[1] las que se pusieron el yugo de la monarquía de Iturbide? Miente quien diga que Porfirio Díaz se sostiene por medio de las armas: es la pasividad, la mansedumbre, la indiferencia, la cobardía, la falta de vergüenza y de dignidad de las masas la fuerza del tirano. Prueba: quince millones de mexicanos están sometidos a la obediencia de un tirano, cuya fuerza es de menos de sesenta mil hombres armados, lo que da el bochornoso resultado de que basta un hombre armado del despotismo para tener a raya a una multitud de mexicanos.

Sobre qué pocas espaldas descarga su peso la gigantesca obra del porvenir. Sin embargo, adelante, hasta que de la multitud, por cuya libertad y felicidad se trabaja con tantos sacrificios, salga el Judas que ha de vendernos. Así fue ayer; así será hoy.

Ricardo Flores Magón

Regeneración, núm. 10, noviembre 5, l9l0



[1] Sargento del ejército trigarante que, al frente de un grupo de soldados del primer regimiento de infantería, la noche del 18 de mayo de 1822, salió a las calles de la ciudad de México para proclamar a Agustín de Iturbide como emperador, al grito de “Viva Agustín I, emperador de México”.