Regeneración N° 13, 7 noviembre 1900

Los empleos públicos

Si hay algo desmoralizador en la administración pública de las naciones, ello consiste, en gran parte, en favorecer con los empleos públicos a personalidades que, si bien carentes de patriotismo, poseen de sobra el arte egoísta, y como egoísta, corruptor, de halagar por cuantos medios tienen a la mano a los poderosos de quienes esperan una recompensa.
            Ese sistema de halagar, de sonreír a todo lo que el superior haga o disponga; de poner a la orden del poder, sin condición ni protesta, las energías activas del individuo, para transformarlas en pasivas; de despojarse de la voluntad para convertirse en instrumento, y como tal, ciego, y por esta circunstancia, torpe; ese sistema de halagar es lo que llamamos en México servicios políticos.
            Ahora bien, los que prestan esa clase de servicios reclaman, no con orgullo, porque de antemano han tirado en el arroyo carga tan pesada, sino con humildad, con mansedumbre de santos, una partida en el presupuesto de egresos, cuya aplicación es el precio de su adhesión al Gobierno.
            En el ramo judicial los resultados de esas recompensas están en razón inversa de la buena administración de justicia. En efecto, al Juez y al magistrado, personalidades de dicho ramo, apenas los conocemos en la estricta acepción de las palabras.
            El Juez y el magistrado tienen que ser individuos dotados de un sentido común práctico, armados vastos conocimientos en la ciencia del Derecho, provistos de un espíritu de observación fino y sagaz y de una reflexión ordenada y lógica. Las personas que reúnan estas circunstancias, sumadas a un buen criterio jurídico, son las únicas que pueden desempeñar cargos tan delicados.
            Pero en nuestro país no se acostumbra esa clase magistrados, porque para llegar a obtener un empleo de esa naturaleza basta con aplaudir, hasta romperse las manos, los aciertos o desaciertos del poder; felicitar al poderoso en toda ocasión; improvisar festival en memoria de nuestros grandes hombres, para que desde lo alto de una tribuna, se establezcan paralelos por oradores torpes y desgarbados, entre las grandes virtudes del héroe que sirve de pretexto a la fiesta y las que, según los oradores, adornan al personaje que preside la función.
            Como es de suponerse, las dotes oratorias, más menos vulgares, el aplauso incondicional y el halago vergonzante, casi nunca han tenido como factor un cerebro potente y una voluntad a toda prueba. Porque el hombre que cuenta con estas dos bellas cualidades nunca necesitará, para encumbrarse, de recurrir a los medios que, para lograrlo, emplean los espíritus mezquinos y las voluntades nulas. Al espíritu animoso y fuerte para la lucha bástale su sola fuerza y su animo para alcanzar, por medio del trabajo honrado lo que desea. Nunca necesitara prestar servicios políticos.
            De ahí esa decadencia en nuestra magistratura, formada, con muy honrosas, pero escasas excepciones, por individuos que, a falta de dotes intelectuales, cuentan con una interminable y para ellos envidiable hoja de servicios políticos.
            De ese modo, integrada la magistratura por hombres (ténganse en cuenta las excepciones) desprovistos de voluntad y de saber, dispuestos a cada rato a convertir el texto legal en espada de dos filos, para continuar, como funcionarios, las mismas prácticas y los mismos ejercicios que les valieron para conquistar el puesto, ella se encuentra al servicio del más fuerte.
            Y esos puestos, desempeñados por personalidades ajenas a las tareas científicas (volvemos a repetir que se tengan en cuenta las excepciones) y sólo encumbradas en pago de sus buenos servicios, no a la nación, que ésta nada les debe, sino al poderoso, adolecerán siempre de deficiencias en su desempeño y no llevarán el sello de independencia que requieren, porque tal carácter conduciría a la perdida del favor y a la ruina cierta de los espíritus débiles.
            Para corregir esos defectos capitales en la magistratura, ya que para ascender a ella no se cuenta con el voto popular, como no se cuenta con el voto para ascender a cualquiera otra, por oponerse una resistencia tenaz a que el pueblo ejercite sus derechos, ya que a este se le han de imponer sus jueces y demás autoridades, bueno es que designen para tales a personas competentes, ilustradas y patriotas, que se preocupen más por el bienestar de aquellos sobre los que se les impone y menos por granjearse la buena voluntad de quien los impone. Para esos puestos hay que escoger de entre los que no prestan servicios políticos, lo cual es de tal modo imposible, que no insistimos.