Regeneración N° 14, 15 noviembre 1900

TRÁFICO DE CARNE HUMANA

Un negrero yucateco

Con profunda indignación, vamos a referir un hecho, que por lo repugnante, ha escandalizado a todos los que lo han presenciado.

Trátase nada menos que del tráfico de carne humana, hecho en la República, por negreros explotadores y rapaces.

En las fincas de Yucatán faltan brazos, y sus dueños (no todos), para arbitrarse energías, recurren a medios repugnantes e inicuos.

Persona digna de crédito nos refiere que estando en  Salina Cruz, Oaxaca, tuvo oportunidad de presenciar una escena digna de la Edad Media.

Un piquete de fuerza federal procedente de Guaymas, desembarcó en aquel puerto, custodiando una gran remesa de infelices que están llevados a Yucatán para utilizar sus trabajos en las fincas de aquel Estado. Como empresario de esta remesa de ganado humano, iba un individuo yucateco, quien manifestó a los curiosos que aquellos desgraciados eran prisioneros de guerra hechos en la campaña del Yaqui y que los tales eran yaquis rebeldes.

Los temibles prisioneros eran tres ancianos débiles y enfermizos, unas doscientas mujeres y un gran número de niños de corta edad.

Las personas formales de Salina Cruz no tomaron a lo serio la declaración del negrero, y el efecto, indagaron y supusieron que los prisioneros de guerra no eran otra cosa que infelices arrancados de sus hogares en el Puerto de Guaymas, por el terrible delito de ser pobres y rudos y no saber reclamar sus derechos. En Guaymas se aprehende a cuanto infeliz se encuentran los traficantes de carne humana y los importan a Yucatán.

En la larga travesía, los infelices esclavos sólo habían sido alimentados con una escasa ración de atole, habiendo llegado a Salina Cruz en lastimoso estado de postración.

Las personas caritativas del puerto, se cuotizaron para regalar una res a los hambrientos, y entonces, el negrero, se opuso tenazmente a que se repartieran la carne sus víctimas, diciendo que no estaba bien que se tratase con tantos miramientos a unos prisioneros de guerra que iban a purgar sus faltas a Yucatán; sin embargo, después de mucho discutir; otorgó su gracia para que sus prisioneros pudieran tomar una corta ración de carne, obsequio de las personas de buen corazón.

Después, el desalmado encerró a los infelices en un furgón, que cerrado y sellado como fardo mercantil, partió para Coatzacoalcos, Veracruz.

El Sr. Presidente Municipal de este puerto, D. Manuel Guevara, persona de humanitarios pensamientos y enemigo de desacatos a la dignidad humana, ordenó al negrero que dejara salir del furgón a los deportados, que habían sido tratados como cerdos.

Volvió a oponerse el traficante a que se tratara humanamente a su mercancía, pero como el pueblo de Coatzacoalcos protestara contra su inicuo proceder, se vio obligado a acatar el ordenamiento de la autoridad (la que merece nuestros calurosos aplausos).

La buena sociedad de Coatzacoalcos, condolida de la miserable condición de los llamados prisioneros de guerra, los alojó en una habitación higiénica, dándose alimentos y abrigos para hacerles más llevadera su situación, durante su corta permanencia en este puerto.

A los tres días, el negrero, que había permanecido oculto, pues que el pueblo de Coatzacoalcos tenía deseos de darle un escarmiento, partió para Yucatán llevando su repugnante mercancía, que le producía veinticinco pesos por cabeza y las maldiciones de la gente honrada.

Ese tráfico de hombres, hecho en un país libre, y que justifica la existencia de la esclavitud en Yucatán, denunciada por la prensa, es la mancha más asquerosa que puede caer sobre este agonizante siglo, llamado impropiamente de la libertad.