Regeneración N° 15, 23 noviembre 1900

LOS DEFENSORES CLOWNS

En México se dan casos de complicidad entre los reos y sus defensores. El reo y el defensor forman entonces una sociedad tenebrosa. El reo asesina, roba, estupra; el defensor lo escuda con su saber y está pronto a demostrar, sin escrúpulos que su cliente no asesinó, ni robó, ni estupró, que su defenso (por criminal que sea) es un miembro útil para la sociedad, y tiene derecho a vivir en ella.

Tales defensores son, por fortuna, escasos; pero existen para vergüenza del foro nacional. Abogados de las malas causas y de turbios negocios, dislocan la lógica para desfigurar los hechos, y, sin rubor, convierten en culpable al ofendido, con tal de ganar sus honorarios, que llevan en sí todas las amarguras de la víctima y la maldición social.

Esos defensores son una amenaza para la sociedad en que viven. En efecto, con el mal defensor, los criminales pueden poner en práctica sus sordas maquinaciones, con la certidumbre de una impunidad escandalosa; su defensor los salvará, les servirá de cómplice o de encubridor, oponiendo su saber entre ellos y la justicia, como una muralla en la que se hará  pedazos la vindicta pública.

Defensores de esa especie, desacreditan al gremio, porque hacen perder a la institución todas sus simpatías; porque apartándose de su misión elevada y honrosa, descienden al terreno del crimen para convertir al estupro vergonzoso, al robo cínico y al asesinato preditorio en otras tantas virtudes de sus menguados clientes. Para esos hombres, el crimen está justificado, tiene razón de ser, tratando de provocador o pendenciero al asesinado, de bobalicón o de idiota al robado y de liviana o sensual a la estuprada.

La defensa tiene una alta misión. La defensa tiene que demostrar, cuando el reo es inocente, que está limpio de toda mancha; tiene que demostrar, cuando haya circunstancias atenuantes, en qué consisten éstas; tiene que contrabalancear los instintos apasionados y brutales de un Juez parcial; tiene que destruir las prevenciones que en el ánimo de los jueces haya provocado el delito de su defenso por la enormidad del acto; tiene que destruir los prejuicios, para que la ley se aplique en su justo sentido, en fin, debe procurar la serenidad del ánimo de los jueces para que no juzguen con odio ni con temor.

Pero cuando el defensor, dejando el camino recto de la justicia, opta por el tortuoso de la chicana; cuando desprendiéndose de la honrosa toga del letrado, opta por el lentejueleado dominó del clown, y en vez de clamar justicia, trata de aniquilar a la víctima vociferando como histrión de feria, para conturbar el ánimo de los jueces a fuerza de gritos, de tontas protestas y de vanos oropeles; cuando no contento de abofetear al texto legal, abofetea ruda y cruelmente a la moral y las buenas costumbres, comprando a los jueces y traficando con la justicia como con el cuerpo de una prostituta, entonces, el defensor deja de llevar este nombre, que sólo ha llevado para escándalo de la sociedad, y desprestigiado, caerá al peso de las censuras de los hombres honrados, para confundirse en el medio canallesco de su tenebrosa clientela.

Urge, pues, (no nos referimos a los defensores honrados) que haya defensores y no cómplices, que haya togados y no fantoches, que no se ultraje a la justicia haciendo la apología de los delitos, ni se tuerza lamentablemente a la ley para hacer resaltar la inocencia de un bandido.