Regeneración N° 15, 23 noviembre 1900

EL ECO DEL ISTMO Y LA SUPREMA CORTE

En nuestro núm. 91 defendimos a la Suprema Corte de la imputación de ligereza que el estimado colega El Eco del Istmo le hacía por haber acordado la consignación del Jefe Político y Juez de 1ª Instancia de Tehuantepec, como presuntos responsables del tormento que según Patrocinio Guzmán, se le había aplicado.

El apreciable colega se ha servido refutar victoriosamente nuestras aseveraciones. Recordemos hechos.

Cuando el colega arrojó a la Corte el dicterio de ligera, acudimos a ver el toca respectivo, pues ya los autos habían sido devueltos al Juzgado de Distrito. De ese toca aparecía que la autoridad responsable no había rendido su informe con justificación, lo que hacía presumir (art. 800 del Código de Procedimientos Federales) que el tormento se había aplicado a Patrocinio Guzmán y que la autoridad ejecutora era responsable de un delito contra las garantías individuales. La deducción era lógica, pero las premisas resultaron falsas.

En efecto: cuando Guzmán ocurrió al Juez de Distrito en solicitud de amparo y, por ende, la suspensión del acto reclamado, la autoridad federal, haciendo uso de la autorización del art. 786 del referido Código, suspendió de plano, sin substanciación previa, el acto reclamado, y ordenó a la autoridad responsable rindiera el informe a que se refiere el art. 799, esto es, en cuanto al fondo de la queja interpuesta, informe que se rindió debidamente.

Natural era, pues, que la Corte, al revisar el auto de suspensión, no encontrándose en el incidente respectivo el informe de la autoridad responsable, 1º, porque no se pidió el informe a que alude el art. 785 respecto a la suspensión del acto reclamado, y, 2º, porque el informe que rindió la autoridad responsable en cuanto al fondo del negocio, no se agregó, porque no debía agregarse al incidente de suspensión, sino al cuaderno principal del amparo, que la Corte, no tuvo a la vista, ni pudo tenerlo, por no estar a revisión y haberse quedado en el Juzgado de Distrito. La Corte, pues, no debió afirmar dogmáticamente, como lo hizo, que la autoridad responsable no había rendido informe alguno. Si esa autoridad no lo rindió en cuanto a la suspensión, fue porque no se le pidió, y no se pidió, por haberse suspendido de plano el acto reclamado.

Ha estado, pues, en lo justo nuestro estimado colega El Eco del Istmo al tachar de ligereza a la Corte y le agradecemos que hubiese destruido nuestro error, motivado por la afirmación de dicho Tribunal, para el que no abrigábamos duda alguna en este negocio.

En resumen: ha cometido la Suprema Corte una ligereza y vamos a decir, porque es forzoso hacerlo, quién la ha originado. Litiga en Tehuantepec un tinterillo apellidado Valencia, apoyado por un conocido Abogado de Oaxaca. Ese tinterillo odia a los funcionarios consignados, y los odia porque no puede medrar cerca de quienes sus manejos son bien conocidos. De allí ha brotado ese enredo. El Abogado de Oaxaca, mal informado por ese individuo, puso en juego su personalidad. La mala atmósfera para los funcionarios aludidos, era inevitable. Resultados: ese proceso inicuo, llevado a la exageración por el Juez de Juchitán, pobre en elementos intelectuales; pues clasificó como delito de tormento, el supuesto delito que perseguía; y la arrogancia de Patrocinio Guzmán, que tuvo por cárcel la Escuela de Tehuantepec, con escándalo de la sociedad de ese lugar, mientras las autoridades calumniadas eran llevadas entre soldados a pie, bajo un sol candente, de Tehuantepec a Juchitán.

Así como nosotros hemos reconocido nuestro error, sería conveniente, más bien dicho, necesario, inevitable, forzoso, que la Suprema Corte reconozca el suyo y procure el remedio a tantas infamias, vejaciones y arbitrariedades originadas por su ligereza y por las intrigas del tinterillo Valencia.

Agradecemos cordialmente a nuestro querido colega El Eco del Istmo, su amabilidad al destruir el error en que nos hallábamos. Hemos reconocido y reconoceremos siempre nuestros errores. En este punto no conocemos susceptibilidades.

1 Véase supra, art. núm. 71.