Regeneración N° 16, 30 de noviembre 1900

EPILEPSIA ORATORIA

No es la sociedad el dios hebreo que reclama la sangre de los caídos; no es el Molock1 púnico, insaciable y voraz, amante del sacrificio para la salud del pueblo cartaginés, ni el Huitzilopóchtli2 azteca que necesita la fuerza de Ahuizótl3 para aplacar sus iras con un torrente de sangre.

La sociedad no clama venganza, la sociedad pide justicia. No es una ebria que escandaliza pidiendo sangre, ni una delirante que se retuerce de furor al sentirse herida; es una matrona augusta, noble en sus dolores.

Pero en México, el representante de la sociedad, no sabe a quién representa; el Ministerio Público no sabe su papel. El Ministerio Público, como los malos actores, interpreta mal y dice peor. Cree que la sociedad es una desalmada, y ahoga sus sentimientos; cree que es una bacante, y rasga las vestiduras de la Ley.

Para los representantes de la sociedad (y no nos referimos a los que cumplen con su deber) todo hombre que comparece ante sus jueces es un malvado y el más anodino de los rostros tiene para ellos rasgos lombrosianos.

Si un hombre, en defensa de su hacienda o de su vida hiere o mata a otro, ese hombre, para el Ministerio Público, es un asesino; y si ese hombre, al cometer el homicidio estaba armado, obró con ventaja; si se prueba que siempre portaba armas, obró con premeditación, porque al andar armado, naturalmente, premeditaba el delito. En consideración a tan espeluznantes circunstancias, el Ministerio Público, en nombre de la sociedad, pide la pena de muerte.

El representante de la sociedad no atiende a las circunstancias atenuantes; para él, debía borrarse del Código Penal, por ociosa, la parte relativa.

Cree el Ministerio Público que a fuerza de condenar infelices se salva la sociedad, y se engaña. Nuestra sociedad, culta y honorable, no quiere sangre; no es la sociedad de los zafios del sur de los Estados Unidos, que ejercita venganzas reprochables en forma de linchamientos.

La sociedad, en presencia de un crimen enorme, pide que se aplique la ley; pero el mismo tiempo ordena que al aplicarse, se tengan en cuenta las circunstancias atenuantes; que al aplicarse, se haga con ánimo sereno (sin odio ni temor).

La sociedad necesita hombres imparciales que la representen y no epilépticos ni energúmenos; pero entre nosotros (para convencerse hay que asistir a las audiencias de los jurados) el representante de la sociedad trepa a la tribuna en actitud de pugilista sajón, apretados los puños y fruncido el ceño, para vaciar desde su altura con altivez olímpica, todo un fardo bien repleto de denuestos e imprecaciones sobre el miserable reo.

La misión del Ministerio Público es muy elevada. El Ministerio Público tiene que acusar; tiene que cuidar de que la ley se aplique en su verdadero sentido; tiene que rebatir (con lógica) los argumentos de la defensa, que por ser los más simpáticos, son los que más impresionan, y tiene que impedir la extralimitación del Juez venal.

En suma, la sociedad necesita defensores de sus intereses y no verdugos; Agentes del Ministerio Público y no epilépticos; representantes serenos e imparciales y no energúmenos.

1 Molock.  Por lo regular Moloch. Divinidad de Canaan a la que se dedicaban sacrificios humanos, particularmente de niños.

2 Huitzilopóchtli.  Dios mexica de la guerra, relacionado con el culto solar y, por tanto, el punto cardinal que le corresponde es el Oriente. Se le rendía culto por medio de la oblación de la propia sangre, extraída por medio de espinas y por la ofrenda de corazones humanos.

3 Ahuizótl.  Octavo gobernante de Tenochtitlan, de 1486 a 1503, bajo cuyo mandato concluyó la edificación del Templo Mayor.