Regeneración N° 16, 30 noviembre 1900

El Inquisidor Y El Juez

El tipo del inquisidor medieval, que a fuerza de torturar la carne, torturaba la inteligencia; el que quebrantando los huesos, lesionando la carne, vaciando los ojos y dislocando las articulaciones arrancaba una confesión que nunca era verdad, sino un ardid del paciente para dar tregua al último suplicio, que era el objetivo de todas las inquisiciones por los medios brutales que empleaba el clero de la Edad Media; ese tipo que se confunde en las brumosidades del pasado, ha tomado cuerpo y color, ha entrado a ser entidad en nuestros jueces del ramo penal, en una forma más repugnante y con procedimientos más criminales quizá, que los inquisidores medievales.             En efecto, el inquisidor de la Edad Media arrancaba confesiones haciendo moler la carne y quebrantando los huesos; el Juez, entre nosotros (hay sus excepciones) las arranca torturando el ánimo y haciendo perder la moral de los reos. El Juez entre nosotros es un ariete que bate furiosamente contra todas las inteligencias y que en un momento hace pedazos la voluntad más fuerte y desmenuza (con sugestión) sin consideración y despiadadamente, hasta la última molécula de la celdilla cerebral de un reo.             El Juez que produce más víctimas, por torpes y menguados que sean los medios, siempre que consiga que haya víctimas, es un buen Juez. Su habilidad para crear criminales será cantada por una enorme turba de idiotas, a quienes nada importan los medios de arrancar confesiones, siempre que éstas se obtengan.           
           El Juez entre nosotros es más temible que el inquisidor medieval; éste arrancaba confesiones mortificando la carne, aquel las arranca haciendo perder el juicio, haciendo perder la voluntad y la entidad individual, dejando en sus manos en vez de un hombre, una piltrafa con que engalanar una reputación equívoca. Esa piltrafa, ese harapo de hombre perdido por su dueño en un momento de ofuscación, producida por artimañas reprochables, ejercidas sobre las conciencias, servirá para dar fama a un Juez.           
           El Juez no juzga si hay un delito (como debería ser) sino que prejuzga que lo hay, y que todo hombre que cae bajo su autoridad es un delincuente. ¿Ésto es honrado? Poco importa; prejuzgando se cría fama; prejuzgando, se hace confesar a todo el mundo y se tiene una buena reputación entre los imbéciles.
          

Aplicando los procedimientos de la Robe Rouge se obtienen aplausos.

Plaudite cives1.

1  “Aplaudid, ciudadanos.” Palabras con las que, al final de una comedia, los actores romanos solicitaban el aplauso del público.