Regeneración N° 4, 31 agosto 1900

¿NO HAY VALOR CIVIL?

Cuando la  querella con el Magistrado Domingo León cayó en el bufete del Juez 5° Correccional, redactó este señor su excusa. Este acto, sencillísimo en la forma, concentrado al laconismo de pocos renglones, nos trae la previsión de que no habrá un Juez que en este asunto proceda con independencia y energía.

Estas excusas son el producto del medio en que vivimos. Se es complaciente con el poderoso, con una complacencia que maniata. Se tiene temor de cumplir con un deber, cuando este acto conduce a la miseria, al hambre, al sufrimiento. Si se es poco apto para la rudeza de la vida independiente, se acepta toda coacción. Hay espíritus débiles que no resistirán las asperezas de la libertad. Cuando Milton1 puso en boca del Ángel Caído estas palabras: «prefiero una dura libertad al ligero yugo de una pompa servil,» levantó una protesta enérgica contra el miedo.

La presión oficial no debería ser un obstáculo para el cumplimiento de su deber. El Magistrado íntegro se revela por la independencia de su carácter. De ello hemos tenido dignos ejemplos en nuestra judicatura. Si el Juez 5° Correccional sintió pesar sobre sus hombros la situación jerárquica superior del acusado, debió despojarse de sus simpatías personales, y rodearse de su prestigio de Juez, de su investidura invulnerable, de su posición social, para juzgar sus temores y sentenciar sin remordimientos.

Si el Magistrado León es inocente, el Juez tendrá la oportunidad de hacer justicia. Si el Magistrado León es culpable, el Juez tendrá la oportunidad de desplegar sus energías, como las despliega con toda esa turba, que con razón  o sin ella, desfila tras de las rejas de los Juzgados Penales. Se habría coronado de la aureola de la resignación para sufrir las consecuencias de sus actos. Si caía de la gracia del poderoso, recibiría a cambio el aplauso de un público que premiaría su valor civil.
Es necesario que nuestros jueces asuman  valerosamente «la responsabilidad de lo que crean que es la verdad y pongan de acuerdo sus actos con sus convicciones. Se considera que es prudente y hábil conformarse con los usos, observar las exterioridades, aun cuando en el fuero interno se haya roto completamente con todo esto.
No se quiere molestar a nadie, ni herir ninguna preocupación. Esta falta de valor y de sinceridad es lo que prolonga una vida de mentiras y retarda a ojos vistos el triunfo de la verdad» (Max Nordeau.)2

El Juez debe tener como cualidad especial una gran dosis de valor civil. Si el Juez titubea al poner el cauterio sobre la llaga, no está en lo justo, no cumple con su deber, como no lo cumple el cirujano, que para evitar nuevos sufrimientos al paciente, se abstiene de practicar una amputación dolorosa.

El Juez es el cirujano a quien toca practicar esas amputaciones en el cuerpo social y debe hacérselas sin odios ni temores.

Con las mismas pesas debe calcular el grado de culpabilidad del rufián y del personaje, y no usar diferentes balanzas para uno u otro.
El prestigio de la judicatura es exigente y exigente también es el público cuando nota desigualdades.

¿Por qué cuando se trata de juzgar a los individuos de nuestro pueblo no hay excusas? ¿Por qué cuando se trata de aplicar la ley con sus más severos preceptos, se aplica ésta, y, forzoso es decirlo, a las veces con demasiado rigor, tratándose de parias? ¿No tienen éstos los mismos derechos, como hombres, las mismas prerrogativas que los acaudalados?

Estas complacencias con los poderosos traen serias consecuencias que a los jueces honrados toca evitar, pues cuando la muchedumbre traduce un acto judicial en debilidad, pierde su prestigio la idea de justicia.

1 John Milton (1608-1674). Poeta, autor de El paraíso perdido, de donde proviene la frase citada.
2 Cfr.  “Las mentiras convencionales de la civilización,” de Max Nordeau, (1849-1923), seudónimo literario del húngaro Simja Züdfeld, pensador, escritor, publicista, médico psiquiatra y dirigente sionista. Gozó de alta estima en los medios anarquistas de fines del siglo XIX.