Regeneración N° 18, 15 diciembre 1900

Crueldad de un alcaide

Por sus instintos desalmados, el Alcaide de la cárcel pública de Hermosillo, Son., hubiera merecido el empleo de verdugo en cualquier imperio tiránico de la Edad Media. En esa cárcel hay un calabozo en el que se tiene encerrados a los presos políticos, que habiendo tenido el valor necesario para exigir sus derechos encarándose a la funesta administración del infortunado Estado fronterizo, están pagando con su prisión una exigencia justísima y levantada.

El alcaide de la cárcel, a fin de granjearse la protección del Poder, no satisfecho con el encarcelamiento de los enemigos de la mala administración, lleva su rigor hasta el grado de no permitir que se asee el calabozo en que ellos se encuentran, ni que se les preste servicio alguno por indispensable que él pueda ser.

Dicho empleado ha castigado cruelmente a un preso, porque condolido éste de la situación de los presos políticos, aseó su calabozo y les prestó algunos otros pequeños servicio.

Poco le importó al iracundo Alcaide, la circunstancia de que el preso de referencia, sea uno de los que, dentro de la prisión observan una conducta ejemplar.

El sostenimiento de esa clase de empleados sólo sirve para desacreditar más a una mala Administración Pública.