Regeneración N° 4, 31 agosto 1900

LA TOGA ROJA

Cuando la escena se cimbra al paso del Juez inexorable; cuando se anonada al testigo de descargo; cuando se pretende arrancar al acusado la confesión de un delito que no ha cometido; cuando la primera víctima del rudo despotismo del Juez es el empleado, y la otra víctima es la esposa infeliz que suplica y llora; llanto y súplica que se estrellan en la empedernida conciencia de un Juez acostumbrado a escenas desgarradoras, parece como que asistimos a espectáculos que hemos presenciado.

Mr. Brieux1 ha arrojado a la escena un cuadro de realidad palpitante, un tanto anarquista, es cierto pero no por ello menos real, no menos abrumador. La tiranía de la toga, es la más desquiciadora, la más odiosa de todas las tiranías. Si al buscar la satisfacción a un derecho, la penalidad para un calumniador o la salvación de una reputación desastrosa, tropezáis con un Mouzon,2 con un inquisidor envuelto en su investidura oficial, que no tortura vuestro cuerpo con fuego, pero que tortura y aniquila vuestro cerebro con sofismas, relaja vuestra voluntad con sugestiones y exaspera vuestra honrada actitud con su actitud insolente y soez, no podréis menos que aplaudir a Brieux que ha revelado el más espantoso de los crímenes, con el objeto, quizá, de buscar un correctivo.

Han abundado en el mundo los jueces que adulan al diputado, torpe para la expresión, pero que tutea al Ministro; los jueces que frecuentan el trato de Mesalinas
y ultrajan a la policía, los jueces que viven públicamente con concubinas y hacen gala de su compañía en los paseos, los Jueces que se embriagan y escandalizan e invocan su vestimenta oficial para sorprender a la policía, los jueces que ejecutan oficios bajos e innobles, y los que hacen del litigante una víctima de su educación escasa.

De este conjunto ha tomado Brieux sus personajes y los ha lanzado a la escena.

Es un drama que puede tomarse como ejemplo admirable. Todos nuestros funcionarios deberían asistir a su representación para evitar en sus funciones las chicanas de Mouzon y la insultante desfachatez de estos Magistrados emprendidos en el crimen judicial. Nuestros Agentes del Ministerio Público, deberían concurrir para seguir el ejemplo de ese humilde procurador, que sentía el torcedor de su conciencia cuando acusaba sin conciencia, y que a pesar de la pérdida de su porvenir en la Judicatura, sintió que su honradez se revelaba ante el espectáculo de un crimen bonancible.

1 Eugene Brieux (1858-1932). Dramaturgo y periodista francés; entre sus obras “Las tres hijas de M. Dupont” (1897), “La Toga Roja” (1900), “Los Avaros” (1901) y “La mujer sola” (1912).

2 Juez corrupto,  personaje central de la obra “La Toga Roja.”