Regeneración N° 20, 31 diciembre 1900

Del Informe del Señor Procurador de Justicia

Abunda el Informe en afirmaciones dogmáticas. Dice el Sr. Procurador que, en su concepto, coincide casi de una manera matemática, el aumento de los delitos de sangre, con el mayor consumo de las bebidas alcohólicas, y a renglón seguido se lamenta de no poder presentar, en su respectivo diagrama, la relación gráfica que ha podido advertir entre el consumo de alcoholes y los delitos de sangre, porque carecen de exactitud las operaciones verificadas con los datos que pudo obtener para el objeto indicado.

Esta última confesión, sumada a que, como había asegurado anteriormente, los jueces del ramo penal y sus Agentes no han cumplido con su deber proporcionándole eficazmente los suficientes datos para su informe, convencen de apriorística la afirmación de ese aumento de delitos de sangre en relación con el mayor consumo de bebidas alcohólicas.

Una estadística seria y sesuda, debe huir de las afirmaciones dogmáticas. Las estadísticas deben basarse en datos innegables hermanados a un gran acopio de observación, y no fundarse en el concepto, más o menos exacto, o quizá más o menos erróneo, de la persona sujeta a preocupaciones o ligada a una observación sin cálculo e impresionista.

El Sr. Procurador descubre una llaga social, que en el interés de la actual Administración estaba conservar oculta: el problema indígena. Dice que por una ley fatal, el indígena permanece estacionario en todos sus errores, en todos sus absurdos, en todas sus creencias, en todos sus sentimientos más o menos primitivos. Ese estado social embrionario, impele al indígena a cometer delitos, quizá inconscientemente.

Tiene razón el Sr. Procurador. Ha señalado vigorosamente los lineamientos de ese problema pavoroso; pero no dijo que ese estado de barbarie provenía de la carencia de educación del indígena, educación descuidada, qué sabemos si con cálculo o sin él, pero descuidada. Aquí está el secreto de esa inconsciencia en el crimen de que habla el Sr. Procurador, opinión que desde la tribuna, en las sesiones del Concurso Científico, ratificó vigorosamente el Sr. Lic. Raigosa1, al arrojar a la consideración pública el bochornoso dato de ocho millones de analfabetas en nuestra República.

También se lamenta el Sr. Procurador de la perniciosa educación que reciben de sus padres los individuos de las clases bajas de nuestra sociedad y de la indolencia de esas clases; lo que las impulsa al vicio y al crimen.

He allí otra consecuencia de la falta de educación popular. Mientras la instrucción pública no se propague, con factores prácticos, no con lirismos de pedagogos de dudosa ciencia, las clases bajas continuarán viviendo en la indolencia y en el crimen.

El Sr. Procurador se detiene pudoroso ante los tugurios que ocultan los detalles referentes a la vida doméstica del pueblo bajo, los que son de tal manera repugnantes, “que contendrían la mismísima pluma imperturbable y desenvuelta del novelista de Medoun, Emilio Zola.”

No está, pues, en su papel el Sr. Lic. Álvarez. Un Procurador de Justicia debe vencer su repugnancia y remover la sentina de nuestras morbosidades sociales, aunque después de ese trabajo quede asqueado y con náuseas. Allí es precisamente donde hay mucho qué estudiar, para aplicar el remedio. No es un buen médico el que, por no asquearse el estómago, no remueve y escudriña las podredumbres de una gangrena.

Ahora nos explicamos el por qué de la deficiencia de ese Informe. Allí donde ha visto el Sr. Procurador asquerosas llagas, se detuvo horrorizado y no profundizó, conformándose con el estudio de las superficialidades, que no ayudan, ni con mucho, al estudio de la clínica de nuestro estado social.

Concluye el Sr., Procurador el prólogo de su Informe, asegurando que la instrucción pública convencerá a ese gran número de individuos de nuestro pueblo bajo que proporciona el mayor contingente de criminalidad, de que no debe embriagarse, de las ventajas positivas de un trabajo honrado, de que tenga aquella moralidad tan indispensable para evitar los delitos contra las buenas costumbres. Arroja después, un inevitable periodo adulón… “y esas generaciones levantadas del abismo de miserias en que insensiblemente hubieran caído, sin las previsiones de una administración que ha de tener señalado sitio en los fastos de la Historia Nacional, reclamarán para sus hombres, para aquellos que han velado por el verdadero progreso y por la dignidad augusta de la patria, un lauro que no alcanzarán a marchitar, ni la asquerosa baba de la envidia ni el soplo helado de los siglos en el correr inagotable de los tiempos.”

Este trozo de literatura familiar, con sus ripios y todo, no nos convence de la bondad de las frases del Sr. Procurador, ni de la veracidad de sus afirmaciones. Ante esa declaración ponemos los ocho millones de analfabetas que arroja el balance estadístico del Sr. Lic. Raigosa, que pronto presentaremos a nuestros lectores2, y entre la estadística del Sr. Procurador, basada en afirmaciones dogmáticas, y la del Sr. Raigosa, basada en la observación y el estudio, optamos por ésta, ante la que cae en ruinas el andamiaje declamatorio del Informe.

 

1 Genaro Raigosa. (1847-1906).  Abogado. En 1902, delegado a la Convención de El Salvador para la formación de los códigos de derecho internacional, público y privado en América. Autor de El problema fundamental de México en el siglo XX: La población. Discurso pronunciado por Genaro Raigosa en la sesión del Concurso Científico Nacional, celebrada el 26 de noviembre de 1900, bajo la presidencia del Sr. Gral. Porfirio Díaz, México, F. P. Hoeck y Cía, 1900.

2 Véanse infra,arts. núms. 270, 286 y 319.