Regeneración N° 5, 07 septiembre 1900

LA PRENSA Y EL ESTADO

A PROPÓSITO DE LAS CLAUSURAS DE IMPRENTA
El fenómeno de pensar libremente es el producto de una larga evolución. Las sociedades embrionarias que tienen que combatir contra elementos revolucionarios, so pena de perecer, no conocen este fenómeno. A esta época rudimentaria y nebulosa, estamos retrocediendo en México. Desde la frontera de Sonora hasta la península de Yucatán, cada gobierno local atacado en sus funciones, lleva un atentado a la libertad de imprenta. No parece sino que un régimen militar depresivo ahoga todo pensamiento libre. Tal actitud hostil de nuestros funcionarios tiene un gran inconveniente para el Gobierno mismo.

El periodismo es una labor, como la labor del médico, como la tarea del abogado. Cuando esta labor se hace objeto de persecuciones injustificadas, se transforma en misión y siempre será muy peligroso para el Gobierno, hacer de una sencilla manifestación de la actividad, un fanatismo destructor como todos los fanatismos,
precursor quizá de una revolución violenta que es necesario y urgente evitar.

Las revoluciones futuras no tendrán ya, es decir; no deberían tener ya el sello de la impetuosidad de nuestras teatrales revoluciones pasadas. La revolución futura será la de la palabra, ya sea que se empleé como aplauso o como ariete. Y para prepararnos a esa revolución científica, necesitaremos ir conociendo la amplitud de nuestras miras y las del bagaje que llevamos a la lucha.

Para ello y para que seamos fuertes, para que seamos aptos, para obrar con cautela, para evitar otra revolución que surja de una encrucijada, lo que sería tremendo por los vastos intereses sociales que juegan en nuestro país, necesitamos libertad absoluta en la prensa, libertad absoluta en la palabra, libertad absoluta en las ideas. Si se reprimen estas libertades, podía provocarse una explosión que urge evitar. «Es cierto que la libre emisión de las ideas tiene sus inconvenientes, dice Spencer1, pero las reflexiones que preceden entrañan la conclusión de que los inconvenientes deben ser aceptados en previsión de ventajas posibles. El ostracismo social a que se relegaría al escritor no honrado es un obstáculo más eficaz que la represión inscrita en las leyes.»

Nuestras autoridades a aquellas quienes se arroje sobre su bufete el inventario de sus extravíos administrativos, deben ser muy cautos para evitar conflictos. Cuando se persigue la víctima se sublimiza y adquiere simpatías, y no siempre estas simpatías de la muchedumbre son guiadas por una razón fría y analizadora. Todo ello se evitaría con una amplia libertad de imprenta. En México podemos aspirarla dada nuestra progresiva marcha pacífica. Hemos adelantado, pero sólo materialmente. Nuestros cerebros van degenerando día a día y ya es difícil encontrar hombres intelectualmente robustos para la lucha. Tenemos pedagogos que leen, pero no asimilan; filósofos que desbarran; Abogados prácticos, pero no jurisconsultos. Se siente no sabemos qué depresión en los cerebros, depresión que comienza bajo el régimen militar de la Escuela Preparatoria y continúa en la vida práctica. Somos pusilánimes por educación y pocos, muy pocos son los que en voz alta censuran el incorrecto proceder de un Juez.  Solamente una amplia libertad de imprenta producirá una reacción favorable. De lo contrario, cuando salgamos de la tutela del actual Jefe del Ejecutivo, procederemos como proceden esos muchachos educados con rigidez, que a la muerte del padre confunden la libertad con el libertinaje y se pervierten y se prostituyen.

A más de estas consideraciones de un orden social, existen otras de un orden legal, que confirman la necesidad de que la prensa sea libre. De esto nos ocupamos en el próximo número.

1 Herbert Spencer (1820-1903). Sociólogo británico considerado como uno de los pilares de la escuela positivista; se le reconoció por sus teorías evolucionistas aplicadas a la sociedad y por su individualismo.  Promotor de un sistema liberal con la menor participación estatal posible.  Entre sus obras destacan: Principios de biología (1864-1867), Principios de Psicología (1870-1872), Principios de sociología (1876-1896) y Principios de ética (1892-1893). Durante el porfiriato, sus escritos fueron escala obligada para los intelectuales dedicados a la reflexión sociológica.

->Regresar al artículo ‘La Toga Roja‘, Regeneración, no. 19.