Regeneración N° 5, 07 septiembre 1900

La cobardía política

Más de 500 vecinos de Tlaxcala hicieron un viaje a Puebla con el objeto de suplicar a Don Mariano Grajales1 aceptara su candidatura para Gobernador de aquel Estado. Uno de los manifestantes hizo reminiscencias de la época en que los había gobernado el Sr. Grajales; expuso las penalidades e injustas vejaciones de que son víctimas; la tiranía de los Jefes Políticos de los Distritos y de los Presidentes Municipales de los pueblos, y concluyó por suplicar al referido Sr. Grajales aceptase su candidatura para Gobernador de Tlaxcala en el entrante período, indicando la seguridad que tenían de que triunfase en las próximas elecciones.
            El Sr. Grajales contestó agradecido; proponiendo a los manifestantes que se dirigiesen al Presidente de la República para que los ilustrase en el grave asunto que traían entre manos, suplicándoles no hiciesen sino lo que el presidente les indicase. Los manifestantes acogieron con aplauso esa proposición.
            Es altamente vergonzoso que para toda cuestión electoral, se ocurra al Jefe inmediato solicitando su venia y su ayuda. Cuando se ejercita un derecho, salen sobrando esas complacencias que siempre se traducen en cobardía. Si la frac. I del art. 35 de la Constitución indica que es prerrogativa del ciudadano votar en las elecciones populares y la frac. III autoriza a las asociaciones para tratar los asuntos políticos del país, está por demás la indicación de no hacer sino lo que el Presidente indique. No parece sino que, centralizado el Poder, la suerte de los estados, libres en su régimen interior, depende de las indicaciones del Gobierno Central.
            Sería de desearse que los electores comprendiesen que tienen el derecho, la obligación, porque ello tiende a nuestro progreso cívico, de elegir libremente a la persona o personas que mejor les parezca para servir los puestos públicos, sin necesidad de ocurrir a ninguna inspiración superior, que no trae ninguna ventaja y sí la desventaja de mostrar debilidad en asuntos en que es necesario presentarse robustos y viriles.
            ¿Qué necesidad tienen los tlaxcaltecas disgustados de la pésima Administración de Cahuantzi, de recurrir en su ayuda al Ejecutivo de la Unión?
            ¿Porqué aconsejo el Sr. Grajales a los manifestantes que pidieran apoyo al General Díaz?
            D. Mariano Grajales, pone como pretexto que en otras ocasiones y en circunstancias análogas, había habido muertos y heridos por la vehemencia con que habían trabajado los ciudadanos en el campo de las elecciones.
            Este es un fútil pretexto. Lo que pasa con el señor Grajales, es que está atacado por esa grave enfermedad que produce una situación social como en la que nos encontramos: la cobardía política.
            Un hombre víctima de esta enfermedad, no puede servir para gobernante, y los tlaxcaltecas sensatos han de sentirse decepcionados, al mostrarse de relieve la cobardía de su candidato.

            El Ejecutivo, ningún caso hará a las pretensiones de los manifestantes, porque está comprobado que ve con disgusto toda iniciativa popular de carácter político, y los tlaxcaltecas tendrán la pena de volver a sus hogares con sus aspiraciones despreciadas, como aconteció a los manifestantes de Veracruz.

1  Mariano Grajales. Militar, gobernador de Tlaxcala del 15 de enero de 1881 hasta su renuncia el 23 de julio de 1884.