Regeneración N° 6, 15 septiembre 1900

EL JUEZ Y EL PARIA

La misión del Juez es sagrada. Del Juez depende en gran parte la moralización de las sociedades, y por lo tanto, el encargado de desempeñar esa magistratura, debe ser hombre probo y justiciero.
            Nada repugna más, que el Juez desvergonzado que vende la justicia y trafica con ella. De la recta aplicación de la ley en México, dependerá que no prospere en nuestro suelo la semilla de las doctrinas disolventes.
            El miserable que ve en el Magistrado, no al hombre que va a dar a cada cual lo que es suyo, sino al hombre venal dispuesto a todas las infamias, pronto a todos los atentados, sufre un desquiciamiento en su rudo cerebro, predispuesto a prohijar ideas malsanas y pondrá éstas en práctica, dando por resultado la catástrofe social.
            El miserable que nota la diferencia del trato que se le da, ya sea que haya delinquido, o bien que sea inocente, con el trato que recibe el potentado infractor de la ley o el personaje engreído por una posición que no le corresponde, pues que por sus acciones mezquinas es tan canalla como el miserable, adquiere la convicción, no de que determinado Juez sea injusto, sino la de que todos lo son.
            Esta malsana enseñanza pasa de generación en generación como verdad absoluta, que de tiempo en tiempo se comprueba con el despotismo de algunos funcionarios.
Para el miserable, el Juez es objeto de odio; es el azote, el verdugo que transforma en vehículos de tortura los preceptos legales;  el que hace mofa de los derechos del hombre y befa de la dignidad personal, para arrojar el bagazo humano en el pudridero de las de las prisiones.
            Para él no es el magistrado el sacerdote encargado de purgar al cuerpo social de los males de que adolece, y que lleno de sabiduría procura conservar los miembros útiles y aislar los corrompidos;  para él, es el dios preñado de odio y dispuesto a ejercer venganza;  un dios sanguinario que todo lo puede, puesto que es dios.
            Para remediar esas ideas de las multitudes, no hay más que un camino, sencillo, para los jueces honrados, erizado de dificultades para los venales: cumplir con su deber.
Cuando en nuestra patria todos los jueces cumplan con su deber, se habrá dado un gran paso hacia la civilización, mientras no sea así, mientras en el transcurso de la vida encontremos jueces que todo lo subordinan a su pasión, y para los que la ley es miga de pan susceptible de tomar la forma que se desee, de nada vale nuestro aparatoso progreso material, que no tiene un pedestal en que descanse: la Justicia.