Regeneración N° 1. 7 agosto 1900

EL TINTERILLO Y EL JUZGADO MENOR

Ya varios periódicos han hablado alguna vez del maridaje formado entre el agiotista y el tinterillo. Dos seres que se comprenden y se unen, cimentándose la avaricia sórdida del uno, en las promociones temerarias del otro.
            Por fortuna, aunque algunos de aquellos muestran tener grandes intimidades con los jueces menores, a quienes tutean con ostensible familiaridad, no pasan de ser actitudes estudiadas para desconcertar al deudor y conseguir que por temor a un fallo inicuo, se avengan a cualquier transacción ruinosa que aplaza el riesgo inmediato, aunque con cargas abrumadoras. Es palmario que, en lo general la honradez de los Sres. Jueces, ve con malos ojos ese contubernio que constantemente tienen a la vista.
            Pero como en el Juzgado Menor los litigios de la usura son los que llenan las tres cuartas partes de la lista de acuerdo, aquella repugnancia ha llegado a ser fruto de hostilidad sistemática del juez para con el litigante. No hay promoción que no se mire con repugnancia y siempre están más dispuestos a lanzar un “no ha lugar” un “promoviendo en forma,” que un “como se pide.”
            Esa actitud hostil es terrible porque la soberanía del Juez Menor, lo convierte en un verdadero tirano. No hay recurso, en contra de sus determinaciones y el de responsabilidad como saben muy bien lo que vale, no les ha de quitar nunca el sueño.
            Todo despotismo comienza por manifestaciones de hostilidad sorda, embozada, alfileretazos que amohinan, pero que no dejan huella palpable; pero va ensoberbeciéndose en la impunidad de que disfruta hasta llegar a ser tiranía manifiesta.
            No es raro tropezar con jueces de largo tiempo en el servicio, que ya ni siquiera se acuerdan por qué se decidieron a ponerse en guardia contra los litigantes, y en la actualidad, muestran su hostilidad con verdadero lujo en contra de cualquier litigante, sin distinguir del tinterillo que hace de los artículos del Código de Procedimientos, juegos malavares, al abogado principiante que tiene que pasar por las horcas caudinas del Juzgado Menor, como el estudiante de medicina por las salas de un hospital, o el abogado de mayor categoría que suele litigar ante dicho tribunal en desempeño de un poder general que no puede renunciar.         En esa senda muchos de los Sres. Jueces Menores olvidan lo que deben al compañerismo, a la clase social a que pertenece el profesorado y su trato descortés, sus autos ofensivos hacen odiosos sus Juzgados, sin pensar que esto redunda en su daño, pues habían de quedarse con la única clase que les soporta, y el resto de Abogados van a buscar a los que no humillen, a los que saben dar a cada quien lo que es suyo.
            No está reñida la recta aplicación de la ley con el comedimiento, y si todos los Srs. Jueces Menores se pusieran en guardia contra sus mismas buenas pasiones, que les hacen llenarse de tanta indignación ante el litigante temerario, los abogados postulantes no aceptarían a los Jueces Menores, como hoy, con beneficio de inventario, sino que irían con igual gusto a sus Juzgados que al Juzgado de Primera instancia.
            Conocemos Sres. Jueces Menores verdaderamente dignos de aprecio a quienes siempre hemos mostrado pública y privadamente nuestro afecto, y por no personalizar no los mentamos, como lo desearíamos para ponerlos de ejemplo a los demás y demostrar de ese modo, que se puede tener educación y ser Juez Menor.