Regeneración N° 21, 7 enero 1901

RAPIÑA Y RELIGIÓN

En El Despertador, valiente periódico liberal de Guadalajara, vemos una carta abierta dirigida por la Sra. Petra Castillo viuda de Ciprián, al Sr. Procurador de Justicia del Estado de Jalisco, suplicándole proteja  su desvalida personalidad en un juicio que ha promovido contra el Presbítero Rafael Ávila Orozco.

Dice textualmente la Señora referida, en un fragmento de su carta:

«El 7 de Junio último (1900) estando yo en Manzanillo, falleció en Tolimán mi esposo Alejo Ciprián.

«El 5 del citado mes, el Cura de aquel pueblo, que era entonces Don Rafael Ávila Orozco, residente hoy de Tonila, se presentó en la alcoba de mi esposo, dizque con la noble mira de prodigarle los últimos auxilios espirituales, y después de haberle pedido “algo para la iglesia,” discurrió dicho sacerdote mandar zurcir una escritura de venta a favor, de una huerta y tres pequeños potreros, que mi esposo y yo adquirimos durante el matrimonio. Advertido el presunto comprador de que era necesario mi consentimiento para a la validez del contrato, se hizo que el sacristán o monaguillo, que tiene menos de 18 años, firmara a mi nombre.»

Cuando la Señora de Ciprián regresó de Manzanillo a Tolimán, supo que Ávila Orozco se había apoderado de todos los bienes. La Señora se los reclamó en lo particular, a lo que el cura contestó que devolvería algo, pero después se arrepintió y se rehusó a hacer la entrega de los bienes.

La Señora ocurrió entonces a la autoridad judicial acusando al Presbítero Ávila de los delitos de falsedad y robo.

De ser cierto lo anteriormente expresado, tendremos una comprobación más que fundada: la falta de moralidad en algunos sacerdotes del culto católico. Casos como ese suceden con escandalosa frecuencia. La explotación del estado psicológico de individuos carentes de firmeza moral o repletos de fanatismo que el cura introduce a fuerza de exhortaciones jesuíticas, marca una gran huella en la historia de ese personal tenebroso que se llama sacerdocio católico. Para el espíritu débil sobre el que aletea la insinuación del fraile, la voluntad se siente relajada ante los lineamientos de un infierno aparatoso y teatral.

Y cuando la voluntad falta, el cerebro sumergido en la tenebrosidad de un más allá desconocido, otorga estas concesiones de bienes sobre los que se arroja la rapiña clerical, a la que no conmueven las lágrimas de los huérfanos o los sollozos de una viuda hambrienta.

Que la justicia sea inexorable, como ese más allá hipotético inventado por la calenturienta imaginación de ese concurso de sombras.