Regeneración N° 22, 15 enero 1901

LA RELIGIÓN Y EL CRÍMEN

La acción moralizadora primitiva de la religión católica, ha sufrido una reacción que provoca un hundimiento. La religión de paz y concordia, ha degenerado en la religión de combate y lucro, enmascarada todavía con las máximas puras que difundieron el progreso. Cuando caiga la careta, se verá, no ya esa religión castísima que sublimizó el filósofo de Cananea, sino el burdo pragmatismo del fraile ambicioso encanallado en la lujuria.

No será ya esta religión católica con sus viciosas prácticas y su jesuitismo, la que procure el adelanto moral de un pueblo. Por el contrario, llevará a los cerebros rudos o a las vacilantes conciencias, un germen de anarquismo moral que impulse al crimen.

Para que la enseñanza religiosa haga funcionar una fuerza activa que encarrile conciencias y destruya gérmenes criminales, es necesario que se aplique a la evolución sana de la moral. Pero esto es casi imposible, si se consideran los factores de esa enseñanza religiosa.

Nuestro clero, inadecuado y rudo no se preocupa por la enseñanza honrada y sana de principios morales que produzcan en los organismos propensos al crimen, una reacción benéfica que los encarrile por el sendero de la virtud. Se alejan de esas enseñanzas que chocan con sus cerebros preñados de sombras e inculcan prácticas desnudas de significado para la conducta moral de sus feligreses, con lo que conquistan, a la vez que su sumisión obediente rayana en el servilismo, un río de diezmos y primicias que empobrecen a las masas para enriquecer los arcones vetustos de los frailes.

Para realizar este fin, es forzoso encanallar conciencias, y las encanallan; es forzoso envilecer corazones, y los envilecen; es necesario destruir energías, y las destruyen. Y la urdimbre se desarrolla y vence, para arrojar el seno de la sociedad una piltrafa humana en donde fermentan vicios y se desarrollan tendencias criminales.

Estos seres infelices, que sienten un vacío en su organización psíquica divorciada de todo sentimiento altruista, delinquirán forzosamente. No tienen la robustez de los sanos principios morales, sino las disolventes máximas católicas que perdonan crímenes en nombre de un Dios misericordioso.

En efecto: el fraile ha hablado a estas conciencias débiles, de tremendos castigos que se resuelven en el sufrimiento eterno; pero a la vez han invocado a la misericordia divina y el arrepentimiento como laboratorio de pecados. Y la conciencia débil delinque, quizá sin calculo, por imprevisión, por neurastenia moral, por impulsión; pero después halla la remisión del pecado al pie de los confesionarios. La absolución lo limpia de toda mancha.

El individuo de principios morales robustos y sanos, huye del crimen y practica actos honrados; pero el de principios morales imbuidos por sacerdotes calculistas y rapaces, el de voluntad relajada y de educación religiosa pervertida, ve en la absolución la puerta falsa del crimen. Si delinque, Dios representado en la tierra por los frailes, lo perdona. Y a un acto perverso, sigue un acto de contrición, hasta que el individuo cae en manos de la justicia terrestre, que no perdona.

Por eso no es de admirar que señoras públicamente religiosas, vivan continuamente en el adulterio. Cada falta cometida, es una falta perdonada, y más aún cuando media en la falta un sacerdote del culto católico. Nosotros conocemos a un ex-empleado del ayuntamiento de esta Ciudad, a quien sorprendimos al día primero del año anterior, santiguándose devotamente al subir los peldaños de la escalera Municipal, quizá para solicitar la ayuda divina en sus labores o en sus combinaciones reprobatorias: a los pocos meses se le exigía su dimensión por un desfalco.

En resumen, la enseñanza religiosa, tal como los frailes, la difunden, es altamente nociva para los intereses sociales, porque ella no fortifica o encarrila la moralidad pública, sino que la destruye, fomentando los sentimientos criminales que palpitan en los organismos morbosos.