Regeneración N° 22, 15 enero 1901

MUCHA POLÍTICA, POCA ADMINISTRACIÓN

El señor general Díaz, en un momento de expansión, lanzó la imprudente frase, con la que pretendió sintetizar su labor de gobernante: “Poca política, mucha administración.”
            Nosotros, desde un principio, esto es, desde que la frase comenzó a alborotar en las redacciones de la insulsa prensa semioficial y en las de la oficiosa, hicimos notar que la susodicha frase no era aplicable a la labor gubernativa del presidente. La frase debió y debe ser: “Mucha política, poca administración.”
            Los hechos, descarnada y brutalmente, habían de venir a comprobar nuestro aserto.
            Las sugestivas frases del general Díaz, dichas en la misma fecha en que lanzó la que apuntamos, de que ya no había bandolerismo en la República, y que a los disidentes los había sentado en el poder (actos de política), esas frases, resueltas en hechos y traducidas en resultados, nos ponen frente a frente de un grave mal como el que estamos palpando (con universal escándalo): el saqueo de los bienes de la nación.
            Ya no hay bandolerismo en los caminos reales; ya nadie se atreve, puñal en mano, a exigir la bolsa de los caminantes (según la afirmación del general Díaz, aunque la seguridad en nuestros caminos es una utopía), los elementos disidentes desempeñan algunas funciones públicas. Nadie podría negar que las desempeñan, en vista de los últimos acontecimientos ocurridos en la Tesorería de la nación. He ahí los resultados de esa política que tanto han aplaudido los asalariados y los oficiosos.
            En efecto, para administrar hay que rodearse de elementos amigos y no de elementos disidentes. Los elementos amigos ayudan, aconsejan; los disidentes ni ayudan ni aconsejan, sino que sirven, dado el caso, para empañar el mérito de sus protectores.         
Por otra parte, nadie nos negará que con estos últimos acontecimientos se comprueba la poca administración y mucha política que hay en el actual Gobierno, que en vez de mostrarse inflexible para con sus torpes servidores, se muestra complaciente y magnánimo, dando empleo a un hombre que, como el ex tesorero Espinosa, merecía habérsele despedido de la administración por su negligencia y falta de cuidado por lo que respecta a los asuntos que se le confía. Pero por un acto de política se le dio otra ocupación, que desempeñará tan mal como la primera.
            Esas complacencias nos pierden. Esa falta de valor para arrojar al empleado inepto nos conduce a un mal fin. Fastidia ya que, para hacer que un funcionario cese en sus funciones, se recurra a la lamentable farsa de las renuncias. No se debe hacer renunciar, lo que urge es despedir y no compensar la pérdida de un canonjía con la adquisición de otra. Para que haya moralidad administrativa se necesita energía y rigor y no las contemplaciones ni las complacencias.
            Lo que debe hacerse es poner preso al ex tesorero y ex contador, por su falta de vigilancia. Pero esto no sucederá, en virtud de la mucha política y poca administración que anima a nuestro actual gobierno.