Regeneración N° 22, 15 enero 1901

DESIGUALDADES

LA MISIÓN DE LA PRENSA

Es un error creer que el periódico es el reflejo de la opinión pública; si así fuera, no tendría misión alguna que desempeñar, porque no educaría, ni instruiría reduciéndose al papel de cronista más o menos fiel y más o menos ameno, de los derechos vulgares de la vida social.

Las ideas reinantes harían entonces al periodista, siendo que el periodista tiene que hacer reinar a las ideas.

Lo primero sería monstruoso, porque sería inmoral. Con efecto, las preocupaciones arraigadas, los vicios sociales, el estado anárquico, los atropellos brutales del poder, consentidos por el público por la fuerza de la costumbre, harían que el periodista hiciera propaganda de esas preocupaciones, la apología de esos vicios y aplaudiera el estado anárquico y los brutales atropellos del poder.

Entonces el periodista no tendría ideas propias, siendo sólo un repetidor servil de lo que piensa el vulgo.

            No, la misión del periodista es muy elevada. Contra el hirviente oleaje de las pasiones y de las preocupaciones sociales, tiene que luchar a brazo partido, pugnando por encausar las condiciones hacia las ideales sanos y viriles de la libertad y la democracia.

Las conciencias, fanatizadas por la gazmoñería del fraile y acobardadas por la tiranía del sable, tienen en el periodista, no el desarrapado que procura la destrucción y predica el libertinaje, tratando de destruir el poder por el solo hecho de serlo, sino al guardián de sus intereses, que procura destruir el fanatismo y exhibir en toda la crudeza de sus líneas a los tiranos de sable y a los déspotas de la burocracia.

El periodista no debe dejarse llevar por la corriente malsana de las debilidades populares, producidas por el terror que infunden los atentados bochornosos. Debe tener voluntad firme y valor suficiente para detener esa corriente a la que dan mayor velocidad la adulación y el servilismo.

El pueblo, a fuerza de oír las alabanzas que la corrupción política aplica a los malos gobernantes, llega a creer que la maldad es buena y el vicio una virtud, aumentando su creencia los actos concretos que los papeles semioficiales y oficiosos cantan y aplauden, como el que un desfalcador, tenga por premio otro empleo, que un Juez venal y corrompido, sea removido de su puesto para poder ocupar otro de mayor producto, que a un cajero en desfalco, se le premie haciéndolo diputado, y un sinnúmero de hechos más.

Ese estado moroso de la conciencia popular debe procurar modificarlo el periodista, haciendo ver la enormidad de los crímenes y sus funestos resultados.

Pero sólo el periodista independiente puede poner en práctica la obra de regeneración política, exigiendo para el pueblo la integridad de sus derechos, que él no puede exigir por debilidad o porque se conforma con el pedazo de libertad que se le arroja como limosna, en virtud de creer que ese harapo de libertad se le da por mera gracia y no como una obligación.

Por eso decimos que el periodista tiene que hacer reinar a las ideas.