Regeneración N° 27, 23 febrero 1901

PROPONGAMOS A NUESTRO CANDIDATO

En política hay momentos que pudiéramos llamar de atonía. Esos momentos pueden tener por origen varias causas: la enfermedad grave del rey en los estados monárquicos, o la del presidente en los republicanos; las crisis financieras ocasionadas por la falta de capacidad del encargado de arreglar el movimiento hacendario; la negligencia y torpe tino de la administración en lo que se refiere a la seguridad individual y a la seguridad, también, de los intereses de los ciudadanos; la manera torpe y antidiplomática que emplean los encargados de los negocios exteriores; la mala administración de justicia, en la que abundan jueces y magistrados que, equivocando su misión, equiparan los santuarios de la ley a vastos bazares en que se trafica con la justicia, del mismo innoble modo que trafica con sus hilachos cualquier ropavejero musulmán.
            Hay otras varias causas, pero nuestro propósito, por 1o pronto, se reduce a tratar una sola de ellas: la enfermedad grave del rey en los estados monárquicos o la del presidente en los republicanos.
            La enfermedad del rey o del presidente acarrea en los ciudadanos esa enfermedad que llamamos “de atonía,” y que sólo sirve para que, en caso de un desenlace fatal, los políticos ambiciosos se aprovechen del estado de ánimo de una nación para alcanzar la realización de sus propósitos imponiéndose por la sorpresa; imposición que antes no hubieran conseguido por su carácter acomodaticio y calculista y su absoluta carencia de valor civil.
            La República se encuentra actualmente en uno de esos estados de atonía. La noticia de la enfermedad del general Díaz anda de boca en boca y corre de un lado a otro de la nación. La reticencia de las hojas semioficiales y oficiosas hace agrandar la gravedad que reviste el asunto a fuerza de querer convencer de su insignificancia. Es natural: cuando se pretende dar poca importancia a un hecho de trascendencia, sólo se consigue darle mayores proporciones. Estando el pueblo acostumbrado a ser víctima de engaños y de supercherías por parte de la prensa asalariada, cree lo contrario de lo que ella predica y está dispuesto a creer blanco lo que el elemento adulador sostiene ser negro.
            Aparte de todo esto, las alarmantes noticias, que traspasando la consigna oficial, porque las verdades jamás pueden ocultarse; las alarmantes noticias, repetimos, que llegan del sur de la República acerca de la gravedad que reviste la enfermedad del general Díaz, ponen en tensión los nervios de todos aquellos que se preocupan por el porvenir de la patria, y de aquellos también que, buscando tan sólo el medro personal, ven en un desenlace funesto la realización de sus ambiciones, que antes no habían hecho ostensibles, como dijimos, por su carencia de valor civil, su carácter acomodaticio y calculista y su refinada cobardía política.
            Nosotros, con nuestra acostumbrada energía, vamos a tratar valerosamente la cuestión; vamos a declarar sin embozos que si la enfermedad del general Díaz, dado el carácter de gravedad que reviste, tiene un resultado fatal, antes de que tal cosa suceda debemos, todos los que nos preciamos de ser patriotas, proponer un candidato para la Presidencia de la República.
            La necesidad de proponer nuestro candidato para la primera magistratura del país se impone.
            En efecto, con el largo periodo de muerte política a que estábamos condenados por la actual administración, los hombres templados para la lucha por la democracia han desaparecido, porque decepcionados del giro político impreso a los negocios públicos por el general Díaz, prefirieron arrinconar sus personalidades para no contagiarlas de esa gangrena que se llama política de conciliación; para no estar unidos a individuos que tienen de credo a la falsedad y sólo adoran a un dios: el egoísmo; se alejaron de la política actual porque la consideraron asesina de nuestras instituciones republicanas y violadora de nuestras libertades, al saber que ya no habría sufragio libre; que la prensa viviría amordazada; que la justicia se corrompería hasta el grado de hacer ocioso el capítulo de responsabilidades en nuestra legislación; que a los funcionarios venales y a los desfalcadores lo mismo que a los prevaricadores y a los concusionarios en vez de alojarlos en las fortalezas o en las penitenciarias, se les había de premiar con otros puestos que, debiendo ser ocupados por hombres honrados y de trabajo, se entregaban a individuos de antecedentes discutibles y reputaciones sospechosas; que para defenderse, los gobernantes que no acatan la ley y hacen burla de la justicia, alquilan individuos que no tienen más oficio que poner su pluma al servicio de todos los déspotas, y que, armados de ella como de un puñal, envenenan previamente con el lodo de sus inmundas pasiones, para que, destilando hiel y odio, puedan dar un golpe mortal a sus adversarios, esto es, a los adversarios de su amo, recibiendo como recompensa de tan vil trabajo un mendrugo del déspota y las espaldas de los hombres honrados. Por todas estas circunstancias, los hombres de firmes convicciones no han querido ocupar los puestos públicos.
            Alejados de la política los hombres de valer, ella ha sido el punto objetivo de las nulidades; a ella han entrado como a país conquistado individuos que, huyendo de procesos que se les formara por sus criminales inclinaciones, cayeron como plaga en la metrópoli para esconderse bajo las ropas de una administración complaciente que, a trueque de un titulo profesional dado por gracia en cualquier escuela servida por analfabetos, los ha exhibido a la vergüenza publica.
            De modo que hay que proponer un candidato independiente, un candidato que no tenga ligas de ninguna clase con la actual administración, en cuyo personal, aunque hay hombres honorables, no por eso dejan de ser débiles y complacientes, como educados en la política conciliadora del general Díaz.
            No podemos proponer a ninguna de las personalidades de la actual política militante, porque cualquiera de ellas, por honorable que sea, nunca será capaz de echarse a cuestas un programa netamente liberal, en virtud de no ser ninguna de ellas liberal, pues creemos que en los gobiernos conservadores, como el del general Díaz, nunca habrán tenido cabida los liberales, pues el hombre que profesa estos principios se abstiene de sostener, de cualquier modo, una política conciliadora, en virtud de no poder existir conciliación ninguna posible entre dos partidos que por su historia y por sus tendencias caminan diametralmente opuestos uno y otro.
            Pero hay más: el general Díaz jamás ha consentido que a su administración penetren hombres de carácter. Podemos decir, sin equivocarnos, que todo el engranaje administrativo que se extiende desde la Baja California hasta la península de Yucatán esta formado de materias pasivas que sólo se ponen en movimiento al mandato del Presidente.
            El general Díaz, para gobernar solo y ser el único amo, como ha sido, se ha rodeado de un grupo de autómatas, de hombres que no tienen más voluntad que la del jefe, de hombres sin iniciativa y perdidos completamente para todo lo que signifique energías particulares y activas; en una palabra, se ha rodeado de hombres sin carácter, de hombres sin voluntad propia, de hombres que siempre podrán ser mandados y obedecer, pero que nunca podrán mandar, y por lo mismo nunca podrán llegar a ocupar la suprema magistratura del país.
            Además, en la política actual abunda el militarismo, y la nación está cansada de acicates y de machetes, como hastiada está también de sotanas y sobrepellices. La nación no quiere sufrir más la pesadumbre del militar ni la del fraile; no apetece más la opresión de esas dos clases que siempre han vivido en consorcio para arrebatar las libertades y disponer a su antojo de las vidas y haciendas de los ciudadanos; la nación quiere ser libre para que sus hijos practiquen sus derechos y haya fraternidad y orden.
            De modo, que ni el elemento oficial, ni el clericalismo ni el militarismo podrán proporcionarnos el candidato apetecido. Hay que buscarlo entre la clase productora, esa clase que vive independiente y que no tiene compromisos de ninguna clase con el actual modo de cosas. De entre esa clase debemos escoger el candidato, por que en ella no han entrado aún las perversiones que engendran las políticas despóticas, precisamente porque odia el despotismo y porque alejada de la política, en virtud de no querer transigir con el enemigo jurado de la libertad, que es el clero, y con las prácticas antidemocráticas que han convertido en imperio a una nación libre, se ha resignado a esperar la reacción del espíritu público, que, en vibrantes y enérgicos conceptos, haga saber a la nación y a todo el mundo las nobles aspiraciones del pueblo, que suspira por sus muertas libertades y por sus ultrajados derechos.
            Pero el candidato que debemos proponer todos los que nos consideramos como verdaderamente liberales, debe ser un hombre de temple, un hombre de energías viriles y enérgicas, que tenga una voluntad tan grande capaz de desconcertar a sus enemigos políticos; en una palabra, necesitamos un hombre de carácter, pues el pueblo está cansado de dar su voto a ciudadanos que por debilidad y falta de valor civil ocurren al Presidente para hacerle presente su incondicional adhesión, sin preocuparles que al pueblo, que es el soberano, es a quien deben ofrecer esa adhesión y no al Presidente, que es sólo un servidor de ese mismo pueblo.
            Hay, pues, que proponer un hombre que esté resuelto a soportar la crítica canallesca y los ataques de sus adversarios políticos. Debemos proponer un candidato liberal.
            Seriamente llamamos la atención de los hombres honrados acerca de lo que hemos expuesto. Urge estar prevenidos para evitar, en caso de que la enfermedad del general Díaz tenga un resultado fatal, que cualquier ambicioso sorprenda a la nación.
            Bien comprendemos que cuanto hemos dicho, con entera franqueza y sobrada lealtad, nos acarreara las iras y las imprecaciones de las hojas semioficiales y oficiosas, que llamarán antipatriótica nuestra labor, tachándonos de malos mexicanos. Esa es el arma de los asalariados, de los que, no teniendo energías ni aptitudes para vivir una vida independiente y honrada, se arriman a la administración para recibir pan por denuestos, unos cuantos cobres por aplaudir y agasajar a gobernantes impopulares que tienen la debilidad de dar crédito a las lisonjas que pagan, como el atolondrado que se creyera amado por una ramera.
            De antipatriótica se tachará nuestra actitud por tales individuos; pero el pueblo, que es al que nos dirigimos, porque es el befado, el ultrajado, el oprimido; porque es el siervo debiendo ser el amo, ese pueblo comprenderá nuestros esfuerzos encaminados a su mejoramiento social, a fin de que ya no se le explote ni se le tiranice, a fin de que pueda ejercitar sus derechos y que sea libre y fuerte, y que no se le tome como comparsa en los ridículos festejos de la adulación y del servilismo.
            Se tachará de antipatriótica nuestra tarea, precisamente por los que, viendo a la patria en peligro, no dan un solo paso para salvarla, sino que se conforman con adular al poderoso y embrutecer a las masas, comprendiendo que de ese embrutecimiento depende su bienestar personal, que tiene por base la degradación del pueblo, pero que tendrá como merecido castigo el fallo condenatorio de la historia.