Regeneración N° 28, 28 febrero 1901

FIJÉMONOS EN EL PORVENIR

El Imparcial, papel que no es mexicano porque odia todo lo nacional, se muestra colérico porque varios colegas que no entienden las hipócritas prácticas del periódico semioficial dieron la noticia de que el general Díaz se encuentra gravemente enfermo.
            Hay que advertir que la referida hoja fue la que escandalizó a la nación atribuyendo a la enfermedad del Presidente más gravedad de la que realmente reviste.
            Sin rubor, El Imparcial llama antipatriótica la conducta de los colegas, sin parar mientes en que uno de los accionistas de su empresa fue a ofrecer al general Reyes su incondicional adhesión, creyendo que el Presidente se moriría de un momento a otro.
            Nosotros creemos que no es antipatriótica la conducta de los ciudadanos que, en presencia de un inminente peligro, lo dan a conocer a sus compatriotas para prevenirlos de las asechanzas de los ambiciosos vulgares, que sólo esperan un momento propicio para satisfacer sus innobles aspiraciones, que antes no habrían hecho ostensibles por su refinada cobardía política.
            Antipatriótica creemos en cambio la conducta de los que, encastillados en el presente estado político, que encarna en la vida de un hombre, no fijan su atención en el porvenir de la patria, concretando su labor egoísta en sostener una situación que, en razón de tener como base las energías vitales del Presidente, está destinada a obedecer las leyes inflexibles de la naturaleza. La vida de los hombres no es eterna y las situaciones políticas creadas por un hombre acaban cuando el muere.
            De ahí la inconveniencia de que los hombres de Estado en las repúblicas impriman a su política un sello personalista y absoluto. De ahí la inconveniencia de sofocar las manifestaciones democráticas, de matar las energías populares ahogando el espíritu público, generador de la más grande de las virtudes de los ciudadanos: el valor civil.
            No hay que aferrarse a un presente representado por un hombre. No hay que aferrarse a un presente, como el nuestro, en el que el pueblo tiene hambre y sed de justicia; en que el pueblo tiene ansia de libertad, por que está cansado de ser esclavo, porque no puede respirar en la atmósfera de las autocracias y desea con toda el alma respirar a pulmones plenos el aire liberal, por ser el único en que se encuentran los gérmenes de la democracia y el civismo.
            Aferrarse al presente significa la pérdida de toda iniciativa, de todo progreso. De ese modo estaríamos condenados a no evolucionar, a permanecer estacionados, conformándonos cuando el hastío se apodera de nosotros con sacar del cofre de nuestra historia toda una serie de tradiciones empolvadas, como el chiquillo que pasa revista a sus estropeados juguetes.
            Debemos fijar la vista en el porvenir, y para ello estudiar nuestro actual estado político. Debemos calcular las consecuencias que traería la muerte del actual Presidente estando distraída la atención pública con las engañifas de la prensa venal.
            La atención pública, distraída por las declamaciones de las hojas semioficiales, podría permanecer siempre en ese estado altamente perjudicial, y en caso de muerte del general Díaz, los ciudadanos que no habían dado crédito a la gravedad del mal, se encontrarían llenos de estupor ante el problema político que de improviso surgiría por la falta del hombre de Estado.
            Entonces, toda una nube de ambiciosos codiciarían el alto puesto vacante y la patria sangraría, y todos los que nos preciamos de patriotas debemos evitar tan lamentable miseria, que ocurrirá, desgraciadamente, si antes no nos ponemos de acuerdo para contrarrestarla.
            Por esa razón no consideramos antipatriótica la labor que tiende a decir, sin embozos, la verdad de nuestra situación. Antipatriótica es la conducta de los escritores sin conciencia que tratan de engañar al pueblo persiguiendo, no el bienestar de la patria, sino el bienestar personalista alimentado de la desgracia nacional.
            Pero hay más. Aunque el general Díaz estuviera fuerte y lleno de salud, siempre debemos fijar nuestra vista en el porvenir, tratando de unificar la opinión, para que, en caso de un desastre, contemos de antemano con una personalidad que satisfaciendo las necesidades nacionales pueda trabajar por el progreso de la República.
            Si no contamos con esa personalidad, que no será por cierto ningún militar ni ningún funcionario de la política militante, por las razones que dimos en nuestro número anterior,1 sino un hombre independiente, de ideas avanzadas y firme voluntad, no de esos que consultan con el Presidente si aceptan o no la candidatura, por que estamos hastiados de cobardes; si no contamos con esa personalidad, nos veremos reducidos a la ínfima condición de esclavos al asaltar el poder cualquier militar ambicioso, porque es bien sabido que el militar y el fraile se unen para minar las instituciones y arrebatar la libertad de los ciudadanos, despojándolos de su dignidad de hombres. Debemos estar prevenidos, con tanta más razón cuanto que el general Díaz, a fin de conseguir su perpetuidad en el poder, no se ha preocupado por la instrucción cívica del pueblo, y de ese modo hemos vivido más de veinte años sujetos a su sola voluntad. Nadie ha querido ejercitar el civismo, porque amedrentados los ciudadanos con las opresoras practicas del elemento oficial, que ha dado en considerar sedicioso y levantisco a todo el que ejercite la más noble de las funciones democráticas, la de las elecciones de funcionarios públicos; porque los gobernantes impopulares tienen horror a las energías democráticas, en razón de peligrar una estabilidad sostenida a fuerza de artificios y de reprochables combinaciones políticas.
            El pueblo, pues, ha llegado a olvidar las prácticas únicas que hacen fuertes a las naciones.
            Las persecuciones a los ciudadanos, la sofocación de la libertad de pensamiento por medio de atentados contra la libertad de imprenta; la prohibición de públicas manifestaciones populares (de carácter pacífico); las maquinaciones empleadas para violar la libertad de reunión etc., etc., han hecho que se cobre horror a los asuntos palpitantes y se permita que ellos sólo sean tratados por los periódicos ministeriales y en las sordas confabulaciones que originan las consignas y las órdenes del poder.
            Pero nuestro deber, a trueque de recibir ultrajes y sufrir inicuas persecuciones, es alentar al pueblo, despertar el espíritu público, hacer comprender al ciudadano que con energía se reconquistan los derechos, y en suma, que el pueblo es el soberano.
            Debemos hacerle comprender que tiene la obligación de investigar si los mandatarios cumplen con la ley, de interiorizarse en los negocios públicos y no vivir ajeno a ellos.
            Ya que el general Díaz sólo se ha preocupado de permanecer en el poder, eduquemos nosotros al pueblo, porque en esa educación está la salvación de nuestras instituciones, y la salvación, también, de nuestra nacionalidad. Eduquémoslo y hagámoslo fuerte, y comprendamos que si el pueblo hubiera estado educado no se hubiera ultrajado nuestra Carta Magna con la reelección indefinida, que es sólo una superchería, para no dar el escándalo de una autocracia en la libre América.
            Eduquemos al pueblo y veamos el porvenir, porque, como al principio dijimos, las situaciones políticas personalistas como la del general Díaz concluyen cuando muere el hombre que las creó, y si esto acontece cuando no está educado el pueblo y cuando no se ha uniformado la opinión para elegir al ciudadano que deba ocupar la primera magistratura, se produce el caos social y los ambiciosos vulgares pretenderán imponerse a costa de la sangre del pueblo.
            Tratemos de evitar que esa sangre se derrame y dejémonos de embustes para hacer creer al pueblo que camina hacia la gloria cuando se le está ahondando más y más la sima a la que lo precipitará la corrompida prensa semioficial, que entiende por patriotismo la satisfacción de sus más rudimentarias necesidades.

1 Véase supra,art. núm. 345.