Regeneración N° 29, 7 marzo 1901

UNÁMONOS

Nosotros, que estamos acostumbrados a decir con franqueza lo que sentimos, vamos a dejar caer ante la ilustrada consideración del público una horrible carga, un pesado fardo que como irrisoria herencia nos deja el Presidente Díaz.
            El general Díaz, que cuanto ha querido ha hecho, y que, no conformándose con hacer sentir su personalismo durante su vida de gobernante, por un orgullo incalificable ha deseado que su influencia se perpetúe; el general Díaz, que haciendo a un lado los principios de democracia mató el civismo al arrebatar las libertades públicas, amordazando a la prensa porque decía verdades y encarcelando ciudadanos honrados cuyas ideas republicanas no podían consentir el cesarismo; el general Díaz, que para hacer su voluntad se rodeó de hombres sin vigor, liberales unos y conservadores otros, pero profesando todos el mismo principio: el de la conveniencia; el general Díaz, que después de haber alucinado a nuestros padres, predicándoles una regeneración política ilusoria, los sacó de sus hogares para sostener el Plan de Tuxtepec, soñando en un gobierno netamente liberal, y por tanto, democrático; el general Díaz, que haciendo aprecio de malsanos consejos y torpes insinuaciones se entregó en brazos del partido conservador y con su decisión hizo huir a los liberales, que no simpatizan con las políticas conciliadoras; el general Díaz, que ha reducido a estado central al que tanta sangre y tantos sacrificios costó hacerlo federal; el general Díaz que dio muerte al sufragio para poder elegirse él mismo y poder elegir también a cuanto funcionario pesa sobre la República, y que hacen de nuestra querida patria un vasto circo de autómatas, que no tienen más voluntad que la voluntad del jefe, del jefe que en nuestro tenebroso génesis político los sacó de la nada para investirlos de facultades que les vienen demasiado grandes y darles puestos que resultan demasiado pesados para los enanos del intelecto; el general Díaz, que es el todo en este remedo de democracia, nos entrega atados, en caso de muerte, a la voluntad del Congreso de la Unión.
            En efecto, en caso de que muera el Presidente, se encargará desde luego del poder ejecutivo el Secretario de Relaciones Exteriores, y si no lo hubiere o estuviere impedido, el Secretario de Gobernación, reuniéndose al día siguiente, en el local de la Cámara de Diputados, los individuos de las dos cámaras. En esa sesión, el Congreso de la Unión elegirá al Presidente sustituto, por mayoría absoluta de los presentes y en votación nominal y pública, sin que pueda discutirse en ella proposición alguna ni hacerse otra cosa que recoger la votación, publicarla, formar el escrutinio y declarar el nombre del electo. (Fracciones I, II y III del articulo 79 de la Constitución, reformado por decreto de 24 de abril de 1896.)
            Esto es sencillamente autoritario y despótico. Se nos entrega a la voluntad de las cámaras, cuando esas mismas cámaras están integradas por individuos que no cuentan con la voluntad nacional.
            Que se nos presente un solo diputado o senador que ocupe su puesto por el sufragio popular. Que se nos presente uno solo que no haya obtenido el cargo por favoritismo o en pago de sus servicios políticos (adulación, aplausos rabiosos al poder cuando merecía reproches, adhesión incondicional, aun cuando en peligro de muerte del Presidente se ocurriera a D. Bernardo Reyes). Que se nos presente uno solo de los individuos de ambas cámaras que haya demostrado evidentemente su amor al pueblo y a las instituciones, y nadie se presentará, porque sólo se ha procurado acatar las órdenes militares del general Díaz; todos han procurado congraciarse con él para no perder su puesto, que les produce una renta, si bien nada codiciable, porque lleva como condición la sumisión tácita aún a las órdenes más fuera de razón y a los mandatos más autoritarios; un puesto que es indispensable para individuos que, no teniendo energía para la lucha, encuentran cómodos los subsidios de la nación. Y a ellos nos ha entregado el Presidente, por que él es el autor de la reforma constitucional, como es el autor de cuanto se dice y hace oficialmente en la República.
            Hay más: para acentuar vigorosamente su omnímodo poder, fraguó la fracción III de esa reforma, en la que se proscribe toda clase de discusiones, al no admitirse proposición ninguna. ¿ Cuál fue su mente al imponer esa prohibición? ¿Cómo podrán aquilatarse los méritos de los candidatos sin que haya discusión previa de sus personalidades? Esa prohibición despótica impide la impugnación a los candidatos, prohibición que es antidemocrática y antiliberal.
            En ninguna democracia se proscribe la discusión de los candidatos electorales, precisamente porque las discusiones en ellos son necesarísimas. Los candidatos tienen que sufrir la crítica de sus adversarios, crítica indispensable para que las personalidades se muestren tal y como son: con sus virtudes, sus vicios, sus afectos, sus pasiones, etc., porque de otro modo se dará un voto juzgando la exterioridad de los hombres, que la mayor parte de las veces resulta antagónica con su modo de ser moral. E1 hombre que aparenta ser humanitario puede tener una conciencia monstruosa.
            Pero el general Díaz, como al principio dijimos, ha querido, por un incomprensible orgullo, que su influencia se perpetuara, sin reflexionar que la suerte de la nación se entrega a individuos faltos de energía, de iniciativa, de voluntad y de amor al pueblo y a la patria, porque creemos que no ama a la patria todo aquel que teniendo una misión pública delicadísima, como es, por ejemplo, velar por las instituciones democráticas en las que vincula la felicidad nacional, permite que las instituciones se desvirtúen hasta convertirse en monárquicas; que la Constitución que protestó guardar y hacer guardar se vea ultrajada con la política de conciliación; que la libertad de sufragio sea ilusoria; que los preceptos legales se disloquen al capricho de los poderosos; que se desnaturalice la Constitución con reformas que no necesita y que sólo se procuran por calculo egoísta y no por utilidad colectiva; que, andando el tiempo, se diera el sangriento espectáculo de un linchado en las oficinas del Gobierno, crimen que valió el suicidio de un déspota y el desprestigio de una administración; que burlándose de las cámaras, exigiera el Presidente un decreto totalmente falto de sindéresis, por el que se daba una miserable limosna al pueblo más rico de la tierra (auxilio a las víctimas de la catástrofe de Gálveston); que bien, y por un tonto alarde de desprendimiento, se distrajeran los fondos de la nación, gastándose dos millones de pesos en obras materiales del Distrito, cuando ese dinero lo reclamaban a gritos las escuelas mal servidas y los profesores mal pagados; que se decretara una pensión a los ricos descendientes de D. Justo Benítez, hombre que no sirvió más que a sus pasiones personales, dejándose en la orfandad y en la más degradante miseria a millares de deudos de  ameritados liberales que murieron en campaña. A estos individuos se entrega la nación sin que valga la voluntad nacional. A estos individuos se entrega la patria cuando los patriotas no los han elegido representantes.
            Por estas razones, dijimos en nuestro número 271 que hay que proponer un candidato. Si las cámaras tienen una facultad antidemocrática, unámonos los buenos mexicanos para hacer sentir nuestra voluntad y para que el Congreso de la Unión, en vista de la actitud de los patriotas, siga la corriente popular y sea una vez libre después de haber sido esclavo; que sea una vez independiente después de haber adulado tanto; que, como la Magdalena bíblica, purgue sus faltas con el amor de un dios: el pueblo.
            Hagamos saber nuestra voluntad, que es la voluntad nacional; hagamos sentir nuestra influencia, porque si no lo hacemos, nos veremos reducidos a soportar otra Dictadura mas funesta quizá que la presente.
            Teniendo la nación su candidato, el Congreso de la Unión tendrá que aceptarlo. Si no lo hay, el Congreso de la Unión, formado por individuos que, como antes dijimos no tienen patriotismo, entregará la nación a cualquier tirano de sable. Esto debemos evitarlo, porque hay que convenir que el militar no puede ser buen gobernante; hay que convenir que la patria quiere intelectuales y no hombres que no tienen más razón que la espada ni más ley que el sable.
            La patria quiere hombres de trabajo y de orden, el militarismo, entre nosotros, no es el orden. Recórrase la historia del militarismo y se verá que, aparte de unos cuantos soldados que han servido a la República, los demás la han traicionado, los demás han regado de sangre hermana nuestros campos, al unirse a ese partido cien veces maldito que nos ha traído déspotas europeos, como si no fueran bastante los tiranos de México.
            Unámonos; fijemos nuestra atención en un hombre que pueda salvar a la patria de la crisis política a que la condenó el Presidente Díaz al entregarnos a la voluntad del Congreso de la Unión, a ese Congreso que en sus actos oficiales no tiene voluntad ni valor ni patriotismo, porque es obra del absolutismo.

1  Véase supra,art. núm. 345.