Regeneración N° 29, 7 marzo 1901

ALMANAQUE OPOSICIONISTA

La verdad nunca puede vivir oculta. Las conciencias más torcidas y las más perversas, por más que les repugne, tienen, momentos lúcidos y comprenden la verdad.
            A nadie se le escapa que la empresa de El Mundo y El Imparcial es una empresa creada para dislocar la verdad y hacer de la razón un objeto de juegos malabares.
            Sin embargo, esa empresa pone en su ridículo almanaque pensamientos como este:
            “Antes que la riqueza, antes que la fuerza, antes que cualquiera otro elemento capaz de hacer desarrollar a una nación entre las naciones del mundo, un pueblo debe procurarse la justicia. No PUEDE HABER HONOR NI ES POSIBLE LA LIBERTAD EN LOS PUEBLOS EN DONDE NO SE SOBREPONE LA JUSTICIA A TODO.”
            Esta inmensa verdad, que nosotros palpamos, porque no somos libres, en virtud de no sobreponerse la justicia a todo, ya la hemos dicho hasta el cansancio y nos felicitamos de que la empresa semioficial convenga con nosotros en nuestras afirmaciones de que somos esclavos. Sólo cuando se demuestre que hay justicia en nuestra patria podremos declarar que somos fuertes, que somos ricos, que tenemos honor y, en una palabra, que somos libres.
            Mientras tanto, bueno sería no dormirse, sino luchar por conquistarla, a no ser que prefiramos vivir nuestra miseria y nuestra debilidad, espoleados perpetuamente por el acicate del soldado.
            Después trae el mismo ridículo almanaque otra verdad, que es al mismo tiempo una revelación:
            “Todas las revoluciones intestinas que se han desarrollado en este siglo en nuestro país han tenido por causa principal la desnivelación en los presupuestos; LA PRÓXIMA REVOLUCIÓN, si la hay, SÓLO PUEDE TENER POR CAUSA LA FALTA DE JUSTICIA.”
            En efecto, sin justicia, el pueblo vive oprimido. Sin ella no puede ejercitar ningún derecho y las leyes más liberales son letra muerta, como acontece entre nosotros. Naturalmente que sin justicia no puede haber libertad, como vimos en el primer pensamiento, y hay que tener en cuenta que los pueblos se cansan de ser esclavos y rompen sus cadenas derrocando tiranos, porque es un hecho que la indignación popular se traduce en formidables explosiones. Para evitar esas explosiones menester es que haya justicia. La misma empresa semioficial así lo comprende.
            También trae el almanaque otra verdad, que imprudentemente prohíja, como imprudentemente prohijó las dos anteriores:
            “El periodismo es como esos temibles venenos en la medicina, que constituyen al mismo tiempo sus grandes recursos: manejado por hombres de buena fe, salva a las sociedades; de lo contrario, las intoxica.” Como es bien sabido, en el periodismo semioficial no abunda, por cierto, la buena fe, pero ni siquiera se emplea esa virtud en dosis homeopáticas.
            El periodismo oficioso intoxica a las sociedades por que pervierte la opinión pública haciendo creer que la más absoluta de las monarquías es una república democrática; porque colaborando con los déspotas abate el espíritu público tachando de antipatriótica, de inmoral y de disolvente toda manifestación meramente democrática; porque afemina a los ciudadanos orillándolos a practicar el servilismo y la adulación, que es el incienso de los tiranos; porque hace perder el amor a la patria para adorar al poderoso; porque caminando el país a la ruina pretende hacer creer que progresa; porque estimula el desprecio para el pueblo acusándolo de ignorante, perezoso, etc., etc., sin decir que el Gobierno es el causante de tanta miseria porque se ha preocupado más de permanecer en el poder, gastando sus energías en asegurar el puesto, que de educar a las masas, considerando que las masas ilustradas saben ejercitar sus derechos.
            De todo lo anterior se desprende que la empresa de El Mundo y El Imparcial se ha portado como el más furibundo oposicionista, sólo que le ha sucedido lo que a los alacranes: se ha intoxicado con su mismo veneno.