Regeneración 31. 23 marzo 1900

LOS CANDIDATOS DE LA DICTADURA

Estábamos en un momento de exasperante ansiedad. En todas las clases sociales se notaba un malestar profundo. Los periódicos de noticias baratas y absurdas eran arrebatados de las manos de los vendedores para enterarse de la salud del Presidente, aunque después se arrojaran con desprecio esos papeles banales, como se vuelve la espalda al impostor que trata de explotar nuestra candidez. El trabajo de tales hojas, que sin rubor se titulan amigas del pueblo, consiste en dar a la situación un tinte tal de bienestar, que nos fingiríamos vivir en un paraíso si todos fuéramos lo suficientemente incautos para comulgar con las necias patrañas de esos papeles sin conciencia. Todo el mundo quería adquirir noticias de la salud del Presidente. Todo el mundo deseaba saber qué era lo que pensaba ese hombre esfinge que escogió la capital del vecino Estado de Morelos como lugar en donde guardar, más bien dicho, en donde esconder su debilidad física y moral. La achacosa decrepitud del Presidente Díaz no podía exhibirse en la metrópoli; no era decoroso por razones de Estado, como acontece en las apolilladas monarquías. Pero al mismo tiempo que fue a esconder sus seniles achaques a la tierra caliente, ha escondido, con celo de avaro, en lo más recóndito de su cerebro, el designio que elaboró en su largo período administrativo, designio que, según se afirma, sólo es conocido por el ministro Mariscal, nombrado ejecutor testamentario de la herencia política del general Díaz. Esa herencia política se ha dejado vislumbrar. El autocrático designio del Presidente, casi se ha hecho popular, y en vista de ese designio, y en atención a esa herencia, la cobardía política ha comenzado a hacer a sotto voce su propaganda de servilismo y de bajeza. Con pena, casi con asco porque repugna, vamos a exhibir el lívido fantasma de la cobardía política, arrancándolo vigorosamente de su voluntario encierro para arrojarlo sin piedad a la vergüenza pública, porque la hipocresía no merece ni siquiera compasión. Al anuncio del grave mal del Presidente Díaz, una gran peste inficionó la atmósfera política. ¿De dónde salió la pestilencia? ¿Qué horrible sepultura dejó escapar esa bocanada que marea y que enloquece? ¿En qué hora maldita las hienas políticas se entregaron a la ingrata tarea de exhumar sus inmundas pasiones? La peste se difundió, se extendió de uno a otro confín de la República y a todo el mundo hizo huir su repugnancia. Cuando el público tuvo la certeza de que el general Díaz se hallaba realmente enfermo de gravedad, los indiferentes, los escépticos, los convenencieros, los acomodaticios y toda una serie de individuos desprovistos de valor civil, ¡se buscaron, se encontraron y se unieron! ¿Qué quiere la unión de tanta miseria? ¿Qué aspiración tiene esa repugnante corte de los milagros que abandonó en masa su barrio tenebroso para tomar por asalto las antesalas de las secretarías de Guerra y Hacienda? Esa miseria husmeó que los probables futuros Presidentes de la República, por la dictatorial voluntad del Presidente Díaz, son el general Bernardo Reyes y el licenciado José Ives Limantour, y se presentó a esas dos personalidades a manifestarles su adhesión incondicional y prestarles su decidido apoyo…. Pasemos por alto tanta bajeza para no asquearnos el estómago, y entremos a ver por qué título, en virtud de qué prerrogativa o de qué ilimitada facultad puede el general Díaz nombrar su sucesor para cuando muera. No satisfecho el capricho del Presidente Díaz con haber dejado a la voluntad de las Cámaras la elección del Presidente sustituto; no satisfecho con habernos entregado maniatados a la voluntad de unos hombres que no tienen voluntad propia, y que, para colmo de desventuras, no son representantes del pueblo, porque éste no los ha elegido, ni se atrevería nunca a hacerlo, porque los votos recaen en ciudadanos de verdadero mérito por sus notorias virtudes cívicas, y los miembros de las Cámaras no han demostrado una sola vez su amor a la patria y a nuestras instituciones, sino su amor y adhesión a la Dictadura, que por el hecho de serlo es contraria a ellas y pone en peligro el porvenir de la nación; no satisfecho, repetimos con haber desvirtuado la obra de 1857 con la reforma que nos pone bajo la tutoría de los diputados y senadores, cuando esos funcionarios más necesitan ser tutoreados que tutores, porque, como en otra ocasión dijimos,1 no tienen iniciativa, ni voluntad, ni patriotismo, en virtud de permanecer indiferentes a la obra de nuestros principios, el general Díaz, y esto lo sabe más de medio México, quiere que lo sustituyan el licenciado Limantour o el general Reyes. Por eso decimos, que el Presidente, no conformándose con entregarnos a la voluntad del Congreso, pretende imponer su personalidad aún después de muerto. Para él, por lo visto, nada vale la voluntad nacional, porque sin contar con ella va a imponer dos personalidades que no cuentan con el apoyo moral del pueblo. De las dos personalidades, ninguna es simpática a la nación, porque no tienen aptitud para desempeñar el puesto supremo, ni en su hoja de servicios cuentan con hechos que puedan valerles para ascender a ocupar un puesto en el que, además de no tener de su parte el apoyo de la nación, nada bueno harían. El licenciado Limantour se dice que no es mexicano, de modo que, antes de ocupar la Presidencia, bueno sería que se deslindara la cuestión de su nacionalidad, porque sería vergonzoso en caso de que no sea mexicano, que un extranjero rigiera los destinos del país. Además, el licenciado Limantour, por tradición y por linaje, es conservador, y la patria está hastiada de conservadores. El general Reyes tiene una vida pública conocidísima. La frontera norte de nuestra República siente todavía la pesadumbre del ex gobernador de Nuevo León. Este Estado y los de Coahuila y Tamaulipas se estremecen al solo recuerdo del gobernador Bernardo Reyes, y los ciudadanos sienten calosfríos al imaginárselo de Presidente. El general Reyes, en la Presidencia, implantaría una Dictadura más deprimente que la actual, y por ese hecho, su presencia en el poder sería un peligro para la tranquilidad del país. El general Reyes, siendo Presidente, nunca había de querer dejar el puesto, como ha pasado con el general Díaz, que se ha perpetuado en el poder, según dicen los serviles, empeñado en hacer nuestra felicidad. El general Reyes también había de tener ese empeño, y como aún no llega a la senectud, fácil será imaginarse que pasarían sobre la patria largos años de absolutismo y de tiranía, que darían por resultado la total muerte de las energías de los ciudadanos. De modo que ninguna de las dos personalidades conviene a la nación, que quiere hombre de positivo mérito y acendrado patriotismo. El patriotismo del licenciado Limantour es dudoso, incierto como su nacionalidad misma. El del general Reyes no hay que tomarlo en consideración, porque a los hombres pasionales como él, por más amor que tengan a la patria, siempre se sobrepone el orgullo personal, siempre los acomete el amor propio, que, cegándolos, los conduce a cometer aberraciones políticas, que cuando colman la medida en la pasiva sumisión de los ciudadanos, los esclavos, los mansos corderos que aparentemente consentían en dejar jirones de su dignidad en las manos de los sátrapas, se desperezan, sacuden su indiferencia, y ese sacudimiento hace correr ríos de sangre y hace pedazos los cetros de los déspotas. Ese sacudimiento es lo que se llama revolución. Y los mexicanos ya no queremos revolución; por eso es que queremos que haya libertad, que se acabe el personalismo, que surja a practicar sus sublimes funciones el poder popular, y que el general Reyes no sea jamás Presidente de la República. Su presencia en el poder sería peligrosa, como sería desquiciadora la presencia en él del licenciado Limantour, que no es mexicano. Por otra parte, nos parece exageradamente tiránica la decisión del Presidente Díaz en lo que respecta a dejar sucesor. El no tiene
derecho alguno para imponernos gobernantes para cuando muera. Esa autoritaria voluntad no puede dispensarse ni por razones de orden, porque, cumpliéndose, se cumpliría el desorden, y no es aventurado creer que se cumplirían también las necias jactancias de los norteamericanos de apropiarse de nuestro territorio, porque esos ambiciosos se aprovecharían del desorden para sentar sus reales en nuestra patria. Basta ya de tan agobiadora tutela; los mexicanos hemos crecido lo bastante para elegir nuestros funcionarios que satisfagan las aspiraciones populares, y como los que tenemos la desgracia de soportar, que sólo satisfacen el capricho y la voluntad del Presidente emanado del pueblo, un Presidente que no se reelija, un Presidente verdaderamente demócrata y liberal, que vea con asco las políticas conciliadoras, hijas de la debilidad y de las voluntades medrosas. Por ello excitamos a todos los buenos mexicanos a que fijen su atención en un hombre incorruptible. Excitamos a los buenos mexicanos para que formen agrupaciones compactas y viriles, de las que hayan huido el miedo, de las que se haya arrojado a la cobardía política que nos agobia y que nos mata, para dar cabida al valor civil y a la firmeza de carácter, únicas virtudes que, unidas al patriotismo, pueden hacer que un pueblo sea grande, respetable y respetado. Excitamos a los buenos mexicanos a que instalen agrupaciones políticas en las que se discutan los actos buenos o malos de los gobernantes, en las que se trate desde la arbitrariedad del primer magistrado de la nación hasta la burda alcaldía del más insignificante de los caciquillos de aldea. Cuando la patria cuente con un buen número de agrupaciones de esta índole podremos decir que estamos salvados, que nuestra República no correrá peligros interiores ni exteriores. En esas agrupaciones se aquilatarán los méritos de las personalidades abocadas a ocupar puestos públicos, y de ese modo no volveremos a pasar la vergüenza de que un mandatario, esto es, un servidor del pueblo, olvide su papel y trate de hacer su voluntad. No volveremos a pasar la vergüenza de que se nos impongan a nosotros, los mandantes, individuos que debieran ser nuestros servidores. Entonces, el pueblo hará su voluntad.    Unidos en agrupaciones políticas podemos contrabalancear los actos más autoritarios. Contando con esas agrupaciones podemos resolver el actual problema político, cuya sola enunciación es pavorosa, porque implica largos años más de tiranía en esta nación, que ha tenido el infortunio de estar siempre uncida al carro de los Césares de México y del extranjero. Ahora bien, ¿cuál es la mira del general Díaz para que sin consultar la voluntad nacional, él, motu propio, pretenda dejar un sucesor? Por más que queremos dar una razón de alto patriotismo a ese deseo del Presidente no la encontramos. Sólo vemos en ello el inmoderado afán de hacer sentir un poder omnímodo aun después de muerto. No es una razón de alto patriotismo, porque ya hemos visto que los futuros probables sucesores no son populares, no los deseamos, la nación no los apetece, porque no harían más que continuar de una manera rutinaria y servil la actual política opresora o bien implantarían algunas innovaciones para hacer sentir más la Dictadura. Unámonos los hombres de buena voluntad para hacer sentir nuestra opinión, para hacer pesar nuestro poder, porque si no lo hacemos corremos el grave riesgo de perder nuestra nacionalidad; si no lo hacemos declaremos en voz alta que hemos perdido nuestro tradicional valor, que hemos perdido totalmente la vergüenza y que estamos dispuestos a soportar sumisamente la marca bochornosa de los siervos, y en este caso vale más que desaparezca del mapa nuestro territorio y que los dos océanos se unan para esconder nuestra debilidad y nuestra cobardía bajo sus salobres ondas, siquiera sea para evitarnos el rubor de ser esclavos cuando de nosotros dependió el haber sido libres.

1  Véase supra,art. núm. 371