Regeneración 31. 23 marzo 1900

EL GOBIERNO Y LOS CONVENTOS

Nuestro estimado colega El Universal se lamenta, y con sobrada justicia, de que no obstante haber manifestado que en las casas de la calle de Leandro Valle, anexas a la Iglesia de Santo Domingo, se halla establecido un convento con todas las formalidades que exigen las reglas monásticas, no sólo no se da paso a disolver una agrupación que delinque, o a castigar a los asociados, sino que ni aún se procura averiguar la certeza o la inexactitud de la denuncia.
            Tiene razón nuestro colega para quejarse. Al Gobierno poco le importa que se viole descaradamente la ley, si la violación sirve para robustecer al partido conservador del que es jefe. Desde el Presidente de la República, hasta el más insignificante mandatario, todos son adictos a tan funesto partido, puesto que todos siguen la misma turbia política que se llama de conciliación.
            No esperamos, por tanto, que la actual administración tome medidas enérgicas para contrarrestar la influencia clerical. Tendremos que esperar mejores días para que nuestras instituciones estén en vigor; pero aún entonces, quién sabe si ya sea tarde; entonces, quién sabe si el mal haya atacado hasta la médula y tengamos que conformarnos con suspirar por nuestras  leyes muertas.
            Pero si nuestro porvenir es éste último; si nunca hemos de librarnos de las garras del clero, porque nos toque en suerte tener gobernantes clericales; si estamos condenados a presenciar la transformación de nuestra Patria en un inmenso, monstruoso monasterio en el que el Presidente haga de Rector, sus Ministros sean los sacristanes y la prensa asalariada haga el ínfimo papel de monaguillo y nosotros seamos los fieles a quienes se explota y se envilece, protestamos con toda energía necesaria contra la complacencia del Gobierno al no suprimir los conventículos y dejar impune la infracción que hace a nuestras leyes. Protestamos contra la indiferencia del Gobierno que llamándose falsamente liberal, permite que los ensotanados manchen nuestras instituciones, al amparo de la torpe y necia política de conciliación.