Regeneración 32. 31 marzo 1900

LO QUE PUEDE HACER EL CONGRESO

Vamos a tratar una materia que nos apena, porque, estudiándola, nos convencemos de que nuestra República no es más que una autocracia solapada a la que se ha dado una mano de barniz para disimular las crudezas de una monarquía absoluta.
            En efecto, a nadie se le escapa que la existencia del Congreso de la Unión es completamente inútil, y es inútil porque carece de iniciativa, y carece de iniciativa porque no es independiente, y no es independiente porque no emana del voto popular, y sucede esto último porque al pueblo no se le deja votar.
            El general Díaz elige a los miembros del Congreso, y esa elección se hace no en atención a la intelectualidad oratoria de los escogidos ni a su patriotismo. Basta que un hombre demuestre su adhesión, no a las instituciones, sino al Presidente, para que éste lo haga diputado o senador; basta que el arzobispo Alarcón recomiende a un protegido suyo, o basta, por ultimo, que alguien milite en el bando conservador o presente los nada decorosos títulos que lo acrediten como servidor de Maximiliano para que desde luego tome asiento en una curul.
            Y no mentimos; recórrase la lista de los miembros del Congreso y dígasenos después cuál de sus miembros ha sido elegido por el pueblo. Con seguridad que no se nos designará uno solo; todos han sido nombrados por el Presidente, y todos, por esa circunstancia, le sirven a él y no a la nación.
            De todo lo anteriormente expuesto proviene que los miembros del Congreso no cumplan con su deber, porque es claro que el hombre que sin méritos propios llega a ocupar un puesto por favor, obedecerá al protector, a riesgo de pasar por ingrato si no lo hace. Las voluntades más firmes se apocan considerablemente cuando tienen la debilidad de aceptar un favor. El primer paso que el hombre da fuera de los limites de su firmeza, le impide retroceder, porque es mas fácil seguir adelante que regresar.
            Por esa razón consideramos inmoral la manera de nombrar a los miembros del Congreso; de ese modo se pervierte en ellos hasta el sentimiento de amor a la patria, para dar cabida a una idea fija que atenacea y tortura, consistente en emplear todos los medios que haya al alcance para congraciarse con el hombre que les ha procurado un puesto, que no merecen por cierto, por su carencia de virtudes cívicas.
            Y así vemos que esos funcionarios permanecen impasibles, inconmovibles ante la ruina de nuestras instituciones; permanecen indiferentes a toda iniciativa. Y ninguno de ellos es capaz de hacer oír la más débil protesta, limitándose a presenciar fría y serenamente la derrota de la Justicia y del Derecho.
            El diputado y el senador nunca piensan en la patria; esta idea no les preocupa. Para ellos, la patria es el Presidente, el que ordena que se anoten sus nombres en la nómina frente a una partida de doscientos cincuenta pesos mensuales. Esos funcionarios han sido hasta aquí unas máquinas; hasta aquí han sido unos fonógrafos que repiten las impresiones que el poder les comunica, sin averiguar si la inspiración del poder es patriótica o no, si esa inspiración tiene por motivo el bien general o si proviene del malsano fermento de pasiones en que borbotan la ambición y el egoísmo, la sed de mando y el insaciable deseo de hacer pesar una voluntad única, con una pesadumbre tal, que abata aun a las voluntades más enérgicas.
            Pero ya es tiempo de que los miembros del Congreso ejerciten sus energías; ya es tiempo de que piensen por sí propios, sin que hagan aprecio de otras inspiraciones que no provengan del pueblo ni obedezcan sus actos más mandatos que los de su conciencia.
            Ha llegado la hora en que puedan romper ese lazo que los tiene atados a la voluntad de un solo hombre, para que, libremente, sin coacción alguna, trabajen por el restablecimiento de nuestras instituciones, arrancando con firmeza de nuestra mutilada Constitución esas adiciones y esas reformas que, a manera de parches grotescos, permitieron ellos mismos que se las aplicara la voluntad militar del general Díaz.
            Esos parches grotescos que, con el pretexto de reformar y adicionar la obra que nos dejaron nuestros padres, se agregaron tan sólo para ir despojando al pueblo de sus libertades más caras a fin de acostumbrarlo a no tener derechos en atención a que los pueblos consienten las tiranías, pues, como los esclavos encuentran muy natural el yugo, y consideran, no como instrumento de tortura, sino como símbolo de la Justicia el látigo de los capataces.
            En esto estriba la poderosa razón de las adiciones y de las reformas. Ellas no han sido hechas para elevar la condición del pueblo; no las motivó el deseo de darle mayor libertad ni de hacerlo más digno. Se quiso que el pueblo fuera sumiso, que fuera obediente; se quiso cerrarle los ojos para que no pudiera presenciar la ruina de la nación; se le cerró la boca para que no lanzara gritos de desaprobación y de protesta y se le enloqueció con el falso brillo de un progreso y de un bienestar que han resultado una mentira, porque el bienestar lo experimentan tan sólo los que viven sobre el desdichado pueblo.
            En consideración a tanta miseria y en atención a tanta desgracia, excitamos a los miembros del Congreso a que cumplan con el deber, rompiendo, como arriba dijimos, ese nudo gordiano que los ata a la voluntad del general Díaz, para que, libremente, sin coacción alguna, trabajen por el restablecimiento de nuestras instituciones.
            Debe tener en cuenta el Congreso que el hombre a quien sirve no es eterno; debe fijarse en que el general Díaz tiene que morir, obedeciendo su organismo a las leyes inmutables de la naturaleza, y que, muriendo su sostén, los miembros del Congreso serán arrastrados por la desaparición del Presidente, sin haber hecho a la Patria ningún beneficio que pueda granjearles la gratitud nacional.
            Urge, pues, que se muestren independientes, patriotas e incorruptibles.