Regeneración 33. 7 abril 1901

OLEADA DE BARBARIE

La sociedad esta ahíta de sangre. Nuestra República es un mar encrespado en cuya superficie hierven espumas sanguinolentas. Algunas autoridades, más o menos importantes, se entregan a la ingrata labor de matar hombres, después de haber dado muerte a las libertades; matan a los individuos después de haber asesinado todas las energías y hecho añicos todas las conciencias.

Y este cuadro pavoroso, que parece desprendido de una escena del Apocalipsis, fulgura con los fatídicos fulgores de la muerte y de la barbarie.

En la sección informativa de nuestro periódico1 podrán enterarse nuestros lectores de cómo una autoridad asesina; de cómo una autoridad rebelde a los más rudimentarios sentimientos de humanidad escoge a su víctima, prepara el lugar en que deba representarse la tragedia, y no teniendo valor para empuñar ella misma el arma homicida, cede esa satisfacción a hombres de inclinaciones perversas, para que con pulso firme desgarren sin piedad la carne de un infeliz inmolado en aras de la maldad y el crimen.

Al crimen, que por sí sólo basta para causar náuseas y que con sólo imaginárselo estremece, se ha necesitado aumentar su horror, acrecentar su pavura, subrayándolo con el salvaje detalle de que una autoridad sea quien lo perpetre.

El hecho es de angustiosa trascendencia. Él abre un profundo surco en la convicción de que no hay seguridad en la República, porque no basta que el salteador de oficio permanezca como una amenaza a las vidas y haciendas de los caminantes; no basta que el valiente de arrabal atente contra la vida de los transeúntes, sino que se necesita, además, que algunas autoridades se coludan con los malhechores para el ejercicio de una carrera de infamia y de escándalo.

Creíamos que ya habían cesado las violencias, que nada perturbaría la calma de esta paz; de que tanto alarde se hace, y que el progreso y la felicidad de la nación no tendrían necesidad de sustentarse en los macabros cimientos formados con los cuerpos de sus hijos.

El hecho es de angustiosa trascendencia, repetimos. Es un ejemplo de inmoralidad para las naturalezas predispuestas al crimen, porque a fuerza de presenciar salvajes atentados, llegan a la convicción íntima, profunda, de que arrancar una vida es bueno, de que el oficio de verdugo es noble y de que todo hombre tiene derecho de matar a sus semejantes, porque así lo hacen ciertas autoridades, porque lo que hacen las autoridades es lícito, y se confirma, por lo tanto, la razón suprema de los caracteres patológicos: si lo que se considera como delito queda impune, no es tal delito.

Esto es bochornoso y es desquiciador, porque la autoridad está nombrada para guardar y hacer guardar el orden; la autoridad está nombrada para proteger a los habitantes de una aldea, de una ciudad, de un Estado, de una nación, y mal puede proteger a los habitantes cuando ella misma, esto es, el guardián, no se tienta el corazón para asestar una puñalada, no le tiembla el pulso para disparar un balazo ni su voz para ordenar con ánimo sereno el asesinato de un infeliz en las orillas de cualquier poblacho.

Tenemos que convenir forzosamente que para que haya verdadero progreso, para que la paz no tenga asiento en los sanguinolentos despojos de los ciudadanos, es necesario que todas las autoridades sean honradas, sin que haya alguna que para desembarazar de supuestos obstáculos el camino del despotismo se entregue a la cobarde obra de decretar la muerte o la proscripción de sus censores.

Seguramente que nadie tendrá confianza en la autoridad que asesina, pues si el forajido infunde terror, más grande es el terror que infunde la autoridad, porque el hombre que se encuentra frente a frente del forajido debe suponer que la defensa es forzosa, que si no lo hace perecerá indudablemente, pero cuando tiene que habérselas con la autoridad asesina, toda defensa es inútil, todo esfuerzo vano, en razón de que la autoridad todo lo puede.

Las crueldades de los encargados de velar por intereses de la sociedad dan por resultado que la autoridad pierda su prestigio y que se la tome no como una institución que requieren los pueblos para no vivir en la anarquía, y que, por lo mismo, es indispensable para la seguridad social, sino como un verdugo puesto siempre a descargar sus golpes mortales haya o no razón para ello. Entonces la autoridad será objeto de enojo para los hombres, que ven en ella un peligro más bien que un guardián, en virtud de ser una amenaza más bien que una garantía.

Y viene entonces una consecuencia terrible para el buen orden de la sociedad. Al no contar la autoridad con las simpatías de los ciudadanos, las conciencias se extravían, y comenzando por no respetarla, se producirá el caos y la disolución.

Bueno es que se evite ese antagonismo fatal entre la autoridad y los asociados, y para ello basta con que la autoridad respete los derechos de los ciudadanos, que comprenda que el pueblo la ha instituido no para que le agobie ni para que lo mate, sino para su seguridad y defensa.

Basta ya de sangre. Basta ya de asesinatos que nos ponen en caricatura ante la burlesca contemplación del extranjero, que terminen para siempre esos actos de barbarie por los que se hacen más temibles ciertas autoridades que el más desalmado de los bandoleros.

No queremos más sangre, y si se empeñan en que la haya, que así se nos diga con franqueza, para saber siquiera que si no morimos de alguna enfermedad infectocontagiosa caeremos al golpe de cualquiera autoridad brutal, o que, en suma, se haga saber que estamos condenados a perecer en un amargo mar de odios y venganzas oficiales a donde seremos arrastrados por una oleada de salvajismo y de barbarie.

1  Véase infra,art. núm. 445.