Regeneración 33. 7 abril 1901

¡Sangre! ¡Sangre!

El más pestilente de los rezumos de una cloaca, no produce indudablemente tanto asco, tan profunda repugnancia como el asco y la repugnancia que origina el asesinato, cuando la mano que corta una vida es dirigida por la autoridad. Por eso repugnó y escandalizó tanto el asesinato de Arnulfo Arroyo.
            Se dice que el Jefe Político de un Distrito de Puebla mandó a asesinar, del modo más cobarde, a una persona bastante conocida en la localidad.
            Para perpetrar el crimen, se escogieron verdugos avezados en la carrera del asesinato, desalmados, crueles y feroces; se escogió también para teatro de tan espeluznante suceso, un lugar situado fuera de la población. Los esbirros se apoderaron de la víctima, la vendaron y la condujeron por extraviados senderos al lugar del sacrificio, donde con alarde de saña, de vileza y de bestial furor, la acribillaron a balazos y puñaladas.
            Los esbirros, creyendo muerto al infeliz hombre, regresaron tranquilamente, pero al siguiente día, alguien que acertó a pasar por el lugar del crimen, vio al hombre herido y marchó a dar aviso de su encuentro al Juez del lugar, el que recibió la declaración de la víctima.
            El hecho es bastante significativo, el nos convence y convence a los individuos más optimistas, de que hay Jefes Políticos que a satisfacción desempeñarían las funciones de verdugo, y que, de la mejor buena voluntad, trocarían la forma humana que el capricho de la naturaleza plugo darles, por la manchada piel de la pantera o la elasticidad pasmosa del crótalo.
            Hay Jefes Políticos formados de una pasta amasada por el rencor y el odio, con todas las hieles y todos los venenos. Para ellos, la vida del hombre nada significa, y ven con envidia a los tétricos mochuelos porque les irrita no tener la satisfacción de morar en los pantanos, para tener el gusto de vivir entre los muertos.
            Y abundan asumiendo Jefaturas Políticas esos caracteres morbosos; los encontramos en esos puestos, sentados sobre la ley y teniendo en la mano no las balanzas de la Justicia, sino el puñal del condottieri.
            La autoridad que se guía por sus pasiones y obedece al instinto bestial de la destrucción de la especie, es desquiciadora, y es inmoral que por sólo el deseo de desembarazarse de un enemigo, se le manda asesinar, reproduciendo con cárdenos tintes las siniestras escenas que han dado pavorosa fama a las sinuosidades de la Calabria.
            Urge que el Gobernador Martínez, si es que quiere dejar algo bueno para la Historia de su funesta administración pública excite a las autoridades a que cumplan con su deber castigando severamente a los heridores de la persona a que nos referimos, y que ignoramos su nombre.
            Ya es tiempo de que se orée la sangre que empapa el territorio del Estado de Puebla, sangre de víctimas inmoladas por autoridades.