Regeneración 33. 7 abril 1901

LA SED DE LUCRO

La inmoralidad administrativa, como todo mal, continúa contagiando a los individuos predispuestos a contraer esa enfermedad.

En Tepecoacuilco, Gro., funge de Juez del Estado Civil un individuo apellidado Hernández, que se permite el lujo de cobrar honorarios por los registros que practica en los libros de la Oficina.

Hace poco que, obedeciendo a su indebida práctica, cobraba tres pesos como honorarios por la inscripción de un niño que nació muerto. El padre del niño no tuvo a la mano tal suma y sin duda hubiera quedado insepulto el cadáver, si una persona caritativa no hubiera facilitado la suma que el Juez cobraba.

La misma costumbre de cobrar honorarios tiene los demás Jueces del Estado Civil de Guerrero, según se nos informa.

Ese abuso debe ser corregido con severidad, porque trae serios perjuicios, pues si un gran número de habitantes de la República no asisten a las oficinas del Estado Civil a cumplir con la ley, aun sabiendo que no se necesita pagar honorario alguno a los empleados de dichas oficinas, menos asistirán, cuando, además de tener que vencer la repugnancia que en la gente ignorante produce todo lo que sea presentarse ante una autoridad, tienen que pagar por sufrir por lo que para el vulgo es una molestia.

Con tan torpes procedimientos, los Jueces del Estado Civil hacen odiosa una institución tan poco comprendida por el pueblo, y merecen ser castigados con energía, pues no solamente exigen la retribución de un trabajo que ya tienen retribuido, sino que causan un gran mal a la sociedad a favor de la cual se estableció la institución que desprestigian con su inmoral sed de lucro.

De desearse es que, para evitar más abusos de esa naturaleza, se fije en lugar visible de las Oficinas del Estado Civil la prevención relativa a que son gratuitos los actos del registro civil. Así no se abusará más de la ignorancia, ni se estafará al pueblo.