Regeneración 34. 15 abril 1901

AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

No se crea que nos dirigimos a esta personalidad para adularla como lo acostumbra su servil “Círculo de Amigos.” Nosotros no conocemos la adulación y por tal motivo somos enemigos de la bajeza. Por eso la vapuleamos de continuo.
            Nos dirigimos al Presidente para ponerle de manifiesto el grave mal que a la patria ha ocasionado con su sistema político dictatorial, absorbente, absoluto, autocrático.
            El general Díaz, según declaran sus aduladores, ha querido que haya paz y que haya progreso. Excelente nos parece la idea, sólo que los medios para lograr su realización han resultado pésimos, por lo imprudentes.
            Han sido imprudentes los medios empleados para obtener paz y progreso, porque ellos no fueron el producto, la consecuencia de un conjunto de verdades científicas, sino el resultado de una voluntad indomable, ciega, sorda a cualquiera insinuación hecha por el pueblo; ha sido el resultado de una voluntad dictatorial, en suma.
            Con motivo de esa dictatorial voluntad, el pueblo no ha tenido derechos, los ciudadanos han vivido sin garantías, la libertad hace muchos años que murió, las instituciones también han muerto porque se mató a la Constitución del 57 a fuerza de tanto reformarla, inútilmente para el pueblo, con utilidad sólo para el elemento oficial que ve en esas reformas el aseguramiento indefinido de su bienestar personal, sin preocuparse del bienestar general.
            Nosotros hemos atacado y seguiremos atacando todos los vicios administrativos, porque queremos el orden, queremos la paz, queremos el progreso y que a nuestra patria no la amenacen las revueltas interiores ni las reclamaciones exteriores.
            Sin embargo, no faltan espíritus medrosos, esos espíritus timoratos que no se atreven a decir la verdad porque la consideran como vehículo de tormentos y crueles torturas, que trabajan por desanimar a los hombres de energías, para que no emitan con franqueza sus opiniones.
            Cansados estamos de oír de labios de hombres sin vigor que la censura a los actos gubernamentales, aun a aquellos que son más tiránicos, constituye una labor revolucionaria.
            Para esa clase de hombres, el ataque enérgico a los desmanes oficiales, la denuncia franca y real de los abusos del poder, la excitación al pueblo a que ejercite sus derechos para desembarazarse, por los medios legales, de los tiranos que lo oprimen, son trabajos de anarquistas o de furibundos demagogos.
            Nada más absurdo que se nos considere como revolucionarios; pero si lo fuésemos, estén seguros los espíritus apocados y la tiranía misma que así lo declararíamos, lo confesaríamos con la misma entereza con que hoy rechazamos tan grosera e infundada calumnia, porque no estamos acostumbrados a mentir, nos repugna la hipocresía política y gustamos de las situaciones claras y francas.
            Nosotros no queremos revolución, y por esta razón deseamos que haya moralidad administrativa. Por esta misma razón queremos que se eduque al pueblo y se le devuelvan sus libertades, para que en lugar de sostenerlas con ayuda de las armas y derrocar a los déspotas a fuerza de disparos, ahogando a los ambiciosos con su propia sangre, ese mismo pueblo se arme de la ley, para que sepa exigir al mismo tiempo que cumplir, y en vez de hacer tangible su soberanía decapitando Césares y ensangrentando el territorio nacional, pueda hacer pesar su voluntad por los medios que la humanidad y la civilización reclaman.
            No somos revolucionarios, y por esa razón queremos que haya libertad y que termine la Dictadura, dejando obrar al pueblo según su voluntad. Nosotros queremos que ya no se persiga a los ciudadanos que con honradez manifiestan sus ideas; que terminen por completo las vejaciones y las arbitrariedades repugnantes, porque lo hemos dicho y lo repetimos: la represión es un peligro para la tranquilidad del país. Por esa razón, esto es, temiendo que la República volviera a sangrar, hemos tratado de demostrar lo imprudente que sería que el general Reyes ocupara la Presidencia de la República, porque esa responsabilidad, suficientemente experimentada por nuestros hermanos de la frontera norte de la República, es nociva como gobernante. El general Reyes ejercitaría un absolutismo exasperante, implementaría el terror y los ciudadanos tendrían que huir de la República, para ponerse a salvo de las odiosidades del poder, o, lo que sería mil veces peor, se levantarían en armas para librarse de la tiranía; y la hidra revolucionaria, con todos sus horrores, se cerniría sobre la patria, llevando la desolación y el luto a los hogares, paralizaría la industria, abatiría el comercio y provocaría infinidad de conflictos internacionales que, sólo de pensarlo irrita, se resolverían en la pérdida de nuestra nacionalidad.
            Después de lo anteriormente expuesto vamos a dar la noticia que en estos momentos conmueve hondamente a todos los buenos mexicanos: el Estado de Guerrero se ha levantado en armas.
            No conocemos todos los incidentes del movimiento revolucionario. Sólo sabemos que Quechultenango y otras poblaciones del Estado han tomado las armas.
            Parece que el origen del levantamiento proviene de que, despechados los descontentos por no haberse hecho efectivos los ofrecimientos del general Díaz para dejar obrar en libertad al pueblo suriano, a fin de nombrar nuevo gobernador de Guerrero, quieren hacer cumplir ese ofrecimiento por medio de la fuerza.
            Para evitar esos levantamientos precisamente es por lo que trabajamos, por lo que, con una insistencia que algunos pudieran traducir por necedad, hemos hablado en todos los tonos que es necesario que haya libertad, que se deje al pueblo obrar y no se le restrinjan sus derechos, que cese ese absolutismo que pesa sobre los ciudadanos, que se comprenda que el pueblo es el soberano y por lo tanto no se le puede escatimar su libertad, y que para ello no se necesita hacer ningún esfuerzo, basta con observar una conducta oficial ceñida a las instituciones liberales y democráticas.
            Por otra parte, a los mexicanos se nos ha dicho, y se ha pretendido hacernos creer, que lo que ha informado el programa político del general Díaz es el deseo de que haya paz; que su insistencia en permanecer en el poder, ha tenido como único móvil la aspiración de que la paz se consolide; pero vemos con amargura que no obstante haber tolerado, aunque no sin repugnancia ciertamente, que a la Constitución se le agregara el precepto del continuismo, la paz se ha quebrantado.
            Hemos sufrido, pues, las reformas innecesarias a la Constitución; hemos sufrido el relajamiento de nuestras instituciones, y sin embargo nos amenaza la revolución.
            Nos amenaza la revolución. Es necesario tener en cuenta, que hay otros estados de la República que se asfixian bajo la pesadumbre de los déspotas: Jalisco no puede soportar más a Curiel, al grado de que está por segregarse del Estado uno de los cantones más simpáticos, Lagos de Moreno, que pretende ser territorio, prefiriendo el absolutismo del centro a la atroz tiranía del gobierno del Estado; Jalisco, como decimos, no soporta a Curiel; Sinaloa ve su ruina en su administración pública y se agota bajo la dinastía de Cañedo, que ha matado una a una las libertades públicas; Sonora se debate dolorosamente bajo el inconstitucional gobierno de Izábal, el más arbitrario que le ha tocado a ese Estado; Chihuahua carga sobre sus hombros a numerosos y arrogantes caciques, y tiene la desgracia de estar atado al solio de Ahumada, no puede tener clubes liberales ni la libertad de que sus hijos manifiesten claramente sus ideas; Nuevo León sucumbe a la influencia exasperante del general Reyes y tampoco puede tener clubes liberales, en Monterrey, porque no son gratos al ministro; Coahuila, tiene la pena de soportar un gobernador, que, cuando tiene obligación de hacer algo, dice que lo hace por espíritu de protección; además, cuenta con alcaldes como Barreda, el de Candela, y con la tutela del general Reyes, que impide la formación de clubes liberales en Saltillo; Tamaulipas sufre los desaciertos e imprudencias de su gobernante, allí no hay escuelas y la inseguridad pasea su bandera de horrores por todos los municipios; San Luis Potosí está entregado al clero y tiene como pontífice a Montes de Oca y como gobernador a Escontría, que entiende de política como lo relativo a la conciliación con los curas, y los distritos del Estado están en manos de autoridades sin conciencia; Aguascalientes gime por sus muertas libertades y no tiene más luces que las de los cirios de sus iglesias; Oaxaca camina prontamente a un precipicio en manos del más inepto de los gobernantes; Yucatán tiene en el poder hombres que sueñan con otro Maximiliano, y que sueñan tanto, que se olvidan de que en los plantíos de henequén gime por su libertad un ejército de esclavos; Veracruz murió hace tiempo bajo la presión de Dehesa, y muchos hombres se han afeminado, al extremo de aplaudir los desatinos del mal gobernante, sólo por no perder su tranquilidad; Puebla ya no soporta a Mucio Martínez, los abusos se cometen en la misma capital del Estado y no hay quien los reprima.
            No citaremos más para no hacer cansada esta enumeración; baste con decir que no hay un solo Estado de la República en que haya justicia y que los gobernadores cumplan con su deber, pues todos éstos, sin excepción, son instrumentos ciegos del centro. Los periodistas pagan en las cárceles su amor a la patria y los ciudadanos callan tanto horror, convencidos de que tendrán que soportar, a despecho de sus protestas, a los hombres que los oprimen.
            Hay, pues, que tener en cuenta ese descontento popular.
            El levantamiento de Guerrero pudiera tener eco en tanto Estado oprimido, pudiera llegar a adquirir las simpatías de tanto ciudadano vejado, de tanta víctima de la tiranía, y entonces secundarían el movimiento suriano y tendríamos que ver sangrar a la nación haciéndose el caos en nuestra infortunada patria.
            Y después de tanta desgracia, debilitados por la discordia, aniquilados por la miseria, tendríamos que sufrir la intervención del coloso del Norte, que tomaría por pretexto el aseguramiento de los intereses de los ciudadanos de los Estados Unidos para llevar a la práctica, en nosotros, sus aspiraciones de absorción, su insaciable imperialismo, y quedaríamos quizá para siempre sujetos al odioso yugo sajón.
            Este es el fin que tendremos, si antes no se conjura el mal. Para conjurarlo basta con que el general Díaz de una tregua al absolutismo; basta con que haga cesar la Dictadura, que se devuelvan al pueblo sus libertades, que se le deje obrar, que ya no haya tutela oficial y que no se rebaje la dignidad de los ciudadanos.
            Del general Díaz depende, pues, la tranquilidad de la nación. Que se despoje de cualquier idea personalista y que vea por el porvenir de la patria, haciendo a un lado el capricho. Que deje obrar al pueblo. A los surianos, que los deje elegir su gobernador, lo mismo que a los sonorenses, a los neoleoneses, a los oaxaqueños, a los veracruzanos, a los jaliscienses y a los habitantes de todos los estados.
            Cuando se trata de salvar a la patria, hay que transigir, hay que desechar todo egoísmo, si no se quiere que la discordia se encienda más y que la nacionalidad perezca.