Regeneración 34. 15 abril 1901

Angustiosa Opresión

Hemos llegado a una época de brutal opresión. Por todos lo ámbitos de la República se veja a los ciudadanos. Ya nadie es libre para emitir una idea, ni nadie es libre de exigir un derecho. Hemos llegado al triste resultado a que conducen las tiranías, al inflexible dilema en que la autocracia coloca a los ciudadanos; la pérdida de la vergüenza o las molestias arbitrarias y despóticas.

Colocados en ese diabólico dilema, tenemos que escoger; o hacemos a un lado la honradez, la dignidad y nuestro amor a la Patria, para convertirnos en sumisos esclavos, en instrumentos ciegos de un Poder aplastante que escupa nuestra dignidad y babee sobre nuestra honradez, o bien nos mostramos dignos y altivos a trueque de nuestra tranquilidad, nos mostramos honrados y patriotas, convencidos de que el ciudadano que tiene vergüenza es el blanco de la inquina oficial.

La opresión ha impreso su huella bestial en las conciencias, al grado de que los opacados y los que han perdido la noción de ciudadanía y de dignidad, creen que viven en algún paraíso en razón de que, perdida la vergüenza y el honor, poco les importa vivir atados a un poste, con tal de que se le arrojen algunos mendrugos con que saciar su apetito; poco les importa haber perdido sus derechos y ya no ser hombres, si en cambio la mano que los abofeteó les ofrece envuelto en su propia miseria el pan para calmar su hambre, aunque para devorarlo tengan que ablandarlo previamente con lágrimas.

Pero los que han conservado intacta su convicción de hombres; los que se han aferrado a la idea de que el ciudadano tiene derechos y obligaciones; los que creen que la misión del hombre en la tierra no consiste tan sólo en la satisfacción de apetitos animales, sino que por su propia naturaleza tiene algo más grande que cumplir, y se convencen de que la dignidad es su inseparable compañera, esos son perseguidos, son molestados por los mismos que pretenden que los habitantes de una nación, deben ser obedientes esclavos y no hombres libres; por los que quisieran que los ciudadanos anduvieron de rodillas y que les repugna ver que algunos, sin embargo, saben andar noblemente erguidos.

Como ejemplo de persecuciones a ciudadanos honrados y patriotas, citaremos las que en estos momentos se llevarán a efecto contra los miembros del “Club Liberal Lampacense.”

Ya en anteriores números1 hemos dicho que ni al Gobierno ni al Gral. Bernardo Reyes les simpatizan los clubs liberales en virtud de que éstos odian la tiranía y trabajan por la libertad. También hemos dicho que el Gral. Reyes ha impedido que se instalen clubs en Monterrey, Saltillo y otros lugares en que el Ministro tiene influencia, no entre el pueblo, porque este no lo quiere, como para corroborar nuestra tesis podíamos apelar al testimonio de los fronterizos del Norte, que todavía sienten el sofocante peso del absolutismo de esa personalidad, y estamos seguros de que los ciudadanos, vuelven a menudo el rostro temiendo a cada rato ser víctimas de vejaciones y arbitrariedades.

Pues bien, ahora, por las tendencias liberales y patrióticas del “Club Lampacense,” quiere aniquilársele encarcelando a sus miembros por supuestos delitos. Hasta llegan a inventarse actos delictuosos para dar visos de legalidad a las aprehensiones.

Vamos a dar a conocer a nuestros lectores los hechos tal y como se nos refieren, comentándolos según la impresión que nos han causado, aunque a reserva de rectificarlos o ratificarlos en su caso.

La tropa que guarnece a Lampazos, para distraer el tedio que se apodera del soldado por su vida inútil, ociosa y sin provecho, no pudiendo emplear sus enmohecidas energías en nada saludable, decidió solazarse como los chiquillos y los babiecas, ante el antiestético espectáculo que ofrece el arder de un muñeco de cartón encohetado, al que las gentes sencillas llaman Judas.

Con ahínco se puso a trabajar la bizarra tropa en la fabricación del muñeco, dirigiendo la operación el no menos bizarro Capitán 1º Aurelio Díaz.

Terminada la obra, que debía ser quemada el sábado de Gloria, la guardaron con cuidado en el interior del cuartel, pero alguien por imprudencia o por descuido incendió al Judas, antes del día fijado para quemarlo. Entonces se atribuyó la culpa a los miembros del “Club Liberal Lampacense,” que son personas de orden y enemigas de gastar chanzas y de mezclarse entre los reclutas, y sólo se les calumnió para que hubiera un pretexto a fin de poder perseguirlos.

Se les acusó por telégrafo e inmediatamente, con lujo de despotismo y de soberbia, se comenzaron a hacer aprehensiones de ciudadanos, dizque por perturbar el orden público.

En la noche del 5 del corriente aprehendieron a los Sres. Adolfo Rodríguez, Pro-Secretario del “Club Lampazos” y periodista independiente, Carlos Zertuche, Elpidio Canales2 y Ernesto Bravo, a este último caballero se le golpeó cobarde y alevosamente por mandato de un tal Pedro Hernández, Jefe de Rurales, en presencia de numerosos vecinos de Lampazos y del Alcalde 3º, quien en vano pretendió impedir la infamia, pues no fue obedecido porque en Lampazos las autoridades se ven ultrajadas por los esbirros. Pedro Hernández, que como dijimos es Jefe de Rurales, José Mª. Correa, que funge de segundo Comandante de Policía y el Jefe de las armas, que es el Capitán de que arriba hablamos y que gasta sus energías en la fabricación de muñecos.

A todos los aprehendidos, que son miembros del “Club Lampacense,” arbitrariamente se les condujo al cuartel, y al siguiente día, por orden del Gobernador de Nuevo León, fueron conducidos a Monterrey.

En camino para la Estación del Ferrocarril Nacional, se empleó tal alarde de fuerza y de villanía contra los arrestados, que se originó el consiguiente escándalo, porque el pueblo y las autoridades de Lampazos abrigan la más firme convicción de que son inocentes los caballeros a quienes se aprehendió, y que sólo la inquina oficial puede  inventar delitos para mortificar a los ciudadanos honrados.

A los esbirros correspondía provocar el escándalo y aumentarlo, pues ya en la Estación, porque varios amigos de los presos se despidieron de ellos, Pedro Hernández, el Jefe de Rurales, ordenó temblando como una doncella, que se guardara silencio, y como no es hombre de valor, y por lo tanto, es arbitrario, mandó que se hiciera fuego sobre el pueblo, y el mismo Hernández y José María Correa, el Comandante de Policía, dispararon sus armas.

Por fortuna, los soldados y rurales que escoltaban a los presos, no hicieron aprecio de la brutal orden de Hernández, comprendiendo que era inicuo disparar sobre personas indefensas.

El Capitán Aurelio Díaz, continúa aprehendiendo a los demás miembros del “Club Liberal Lampacense” y a golpes los conduce al cuartel, como aconteció con el Sr. D. Juan Wieman, que fue golpeado con felonía sólo porque contestó enérgicamente a las fanfarronadas del soldadón Díaz.

Han aprehendido, además, a los Sres. Juan Ignacio Martínez, Antonio Zepeda, Luis G. Ávila, redactor que va a ser del órgano del Club, y al impresor D. Tomás Hoyos, y todos serán remitidos a Monterrey.

Se busca activamente a los demás miembros del Club Liberal.

Ahora bien, si lo anterior es rigurosamente exacto, eso es, si de ese modo pasaron los hechos, desearíamos saber qué orden han perturbado los ciudadanos aprehendidos. El orden ha sido perturbado por los esbirros del Poder y a ellos es a quienes debe castigarse con toda energía.

Pero no se les castigará, y su impunidad servirá para que todos los mexicanos comprendan que en la República no hay garantías, y que la libertad y hasta la vida quizá, depende del capricho de voluntariosos mandatarios.

Indigna que los ciudadanos que trabajan por el bien del pueblo, sean perseguidos precisamente porque procuran el progreso de nuestra infortunada Patria, como si el amor a ella constituyera el más aborrecido de los delitos, como si desear la libertad fuera un crimen y el ser hombre honrado fuera un odioso y repugnante vicio.

Si los hechos se verificaron como se nos han referido, ¿qué se pretende con tanta persecución? Qué se obtiene o qué fin se persigue con esas vejaciones? Si por medio de arbitrariedades llevadas hasta el exceso, creen los déspotas que la doctrina liberal ha de perecer, se equivocan. Que recorran la historia de la humanidad y aprenderán que mientras más se escarnece a sus propagandistas y mientras más se les acosa, más se acrecienta el número de los adeptos, más profundamente arraigan las convicciones y fortalecen más los credos. Además, la condición humana es absolutamente impresionable por las víctimas; éstas se atraen las simpatías y de las simpatías se pasa a las creencias, y la fe en ellas que no es más que la convicción.

Vea pues la tiranía que ha escogido mal camino. Estamos en la Edad de la Razón, ¿por qué no se emplea la razón como arma de combate?

Decididamente retrogradamos, y si así seguimos, no será raro el día que se inicien contra los ciudadanos independientes, las repugnantes prácticas del Santo Oficio.

Protestamos con toda la energía de que son capaces nuestros pechos libres, contra las inicuas persecuciones de que son víctimas los patriotas ciudadanos del “Club Liberal Lampacense.” Protestamos con energía porque nos duele tanta injusticia y tan refinada maldad, y porque no queremos que algún día se nos tache de haber permanecido impasibles ante la burda calumnia que, se dice, se ha fraguado contra los miembros del Club Lampacense, de ser perturbadores del orden.

1  Véanse supra,arts. núms. 411, 442 y 463.

2 Elpidio Canales (1885?-1912). Liberal lampacense. Periodista opositor;  miembro del PLM. Vivio en el exilio (1902-1906). Aprehendido en Ciudad Juárez y encarcelado en San Juan de Ulúa (1906). Al salir de la cárcel se afilió al maderismo y después se unió a las fuerzas de Pascual Orozco, donde alcanzó el grado de coronel. Murió en la acción militar de Pedriceña, Dgo. Escribió para

Regeneración, El Diario del Hogar, y El Hijo del Ahuizote.