Regeneración 34. 15 abril 1901

PAPELES VERGONZANTES

El Imparcial y El Popular están en competencia y baten furiosamente el récord del servilismo. Ambos papeles, hipócrita, solapada y cobardemente atacan al señor ingeniero Francisco Naranjo y a los demás miembros del Club Liberal Lampacense, desvirtuándolo acaecido en Lampazos, y de cuyos sucesos ya nos ocupamos en nuestro anterior número con la amplitud requerida.1

La conducta de esas hojas es bien censurable. Los dos papeles saben perfectamente la burda calumnia de que son víctimas los caballeros que forman el club liberal citado y, sin embargo, hacen alarde de imprudencia y de felonía cebándose en las víctimas del despotismo, sólo por granjearse la miserable retribución que pudiera darles el general Reyes o cualquier otro.

Están en su puesto esas hojas, que son el sonrojo de la prensa nacional. Están en su papel al excitar las pasiones de la tiranía para que su odio caiga sobre indefensos ciudadanos. Desempeñan a la perfección su repugnante papel de tigelinos.

El Imparcial, por su parte, ataca ostensiblemente a la Confederación de Clubes Liberales, y con la perfidia que le caracteriza trata de azuzar al poder para que impida su desarrollo. La criminal conducta de ese desprestigiado diario no nos extraña. Siempre ha esgrimido las mismas armas: la difamación, la calumnia, la injuria.

Le duele que haya clubes liberales, porque éstos están encargados de hacer lo que el Gobierno no ha hecho; están encargados de la ilustración del pueblo, de levantar el espíritu público, que El Imparcial, en complicidad con el Gobierno, había abatido; de infiltrar las doctrinas liberales y democráticas, para que renazca el civismo. Y le lastima todo ello a la sucia hoja porque comprende que, una vez despierto el espíritu público, los ciudadanos no creerán más en la necia superchería de los hombres necesarios, y ejercitando sus derechos impondrán su voluntad a los déspotas, porque los pueblos ilustrados, viriles y altivos no soportan tiranías. Todo esto lo comprende ese papel y prevé que dentro de tres años ya no habrá más reelección, sino que ocupará la Presidencia un ciudadano liberal y amante de su patria, y no habiendo reelección presidencial dentro de tres años, la subvención se evapora y no se distraerán los fondos de la nación para sostener un ejercito inútil, ni para mantener periódicos venales y antipatrióticos, ni para dar empleos de diputados a tantos individuos que tienen por patria a la nómina y por Dios al Presidente, ni para despilfarrar esos mismos fondos en canonjías que sangran al país.

Todo esto pone malhumorado al repugnante papel y a la tiranía, y se erizan de púas y atacan furiosamente, descargando su hiel sobre los ciudadanos honrados, sin comprender, encastillados como están en su egoísmo, que los trabajos de los clubes liberales son saludables a la patria y que con las persecuciones a los mismos clubes exhiben su total carencia de patriotismo, precisamente porque tratan de aniquilar asociaciones que no tienen más fin que hacer de cada hombre un ciudadano.

¿Qué quieren, pues, la Dictadura y sus asquerosas hojas? ¿Qué fin antipatriótico se proponen?

Lo que quieren la Dictadura y sus bochornosos órganos es que no se le quite al pueblo la venda que cubre sus ojos; no quieren que se le instruya ni que se le forme un criterio; en suma, no quieren que se le despierte ni que se le haga salir del engaño en que vegeta.

¡Qué diferencia tan grande hay entre nuestros padres los reformistas y estos hombres de hoy! Aquellos representaban el desinterés y el amor a la patria, y éstos el egoísmo. ¿Quién, del Presidente abajo, podrá, ya no competir con aquellos grandes hombres, pero ni siquiera seguir sus huellas? Ni el Presidente ni sus ministros ni sus empleados (entre estos los diputados, senadores, gobernadores, generales, tropa, etc., etc.) serán capaces de declarar abiertamente que la patria necesita ciudadanos instruidos en sus deberes y derechos; ninguno de ellos se encontrará con fuerzas para declarar lo que

declaró el inmaculado reformista Melchor Ocampo: «La instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo, a la vez que EL MÁS SEGURO MEDIO DE HACER IMPOSIBLE LOS ABUSOS DEL PODER.»2

Y como el poder no quiere ilustrar al pueblo, por cálculo, porque le aterroriza la frase de Ocampo, los buenos liberales de la República, haciendo uso de las facultades que la Constitución les otorga, pues creen que la Carta Magna está vigente, no obstante que existe una Dictadura de hecho, se han agrupado en clubes para educar al pueblo a fin de que pueda ejercitar sus derechos e impida los abusos del poder.

Tarea tan noble, tan digna y tan levantada es la que ha emprendido el Partido Liberal, y esa tarea es la que trae desazonado al Gobierno en general y al ministro Reyes en particular, por calculo, y a sus necios periódicos por servilismo.

Por otra parte, y sépanlo de una vez por todas el Gobierno y el mismo ministro Reyes, el Partido Liberal siempre ha sido amigo del orden, precisamente porque ataca al desorden. ¿O creen el Gobierno y el aludido ministro que el orden es el clero? Se equivocan si tal cosa creen, o faltan a la verdad histórica si fingen creer en tal desatino.

El partido conservador ha sido el enemigo del orden. Ese partido lo componen el clero, sus fanáticos o convenencieros y el militarismo. No mentimos, recórrase nuestra historia para convencerse de que no calumniamos.

El clero ha dado dinero al soldado para luchar contra la libertad del pueblo. De ahí provino que los liberales, para desarmar al partido conservador, suprimieran los fueros, independizaran al Estado de la Iglesia, elaboraran la Constitución del 57, decretaran la

nacionalización de bienes eclesiásticos, proscribieran las órdenes religiosas, etc., etc. Por lo que se ve que el Partido Liberal ha sido y es amigo del orden.

Por esa razón, el Partido Liberal no puede ver con buenos ojos que el actual Gobierno sostenga al clero y concilie con los intereses del partido conservador la política netamente liberal que debía seguir, porque los progresistas creen que no puede haber conciliación posible entre dos políticas diametralmente opuestas, entre dos tendencias totalmente divergentes, cuales son: la liberal, sintetizada por el orden; la conservadora, por el desorden, la traición y la infamia.

Ahora bien, los efectos de esa política conciliadora, que no es tal, porque no se pueden conciliar principios que se repulsan, ha sido que, con el pretexto de la conciliación, se hayan desvirtuado las instituciones, porque no se nos podrá negar que es contrario al credo liberal todo lo que ataque a nuestras leyes netamente liberales, como es que para halagar a la funesta facción conservadora se permiten las órdenes religiosas, se tolere que el clero tenga bienes a nombre de idiotas testaferros, que las piezas de la máquina administrativa estén formadas de conservadores o de traidores y que se haya pasado por sobre los principios para implantar la Dictadura, que es sólo el disfraz, la careta que encubre las durezas de las monarquías absolutas, fin a que aspiran los conservadores de todo el mundo.

Y porque el Partido Liberal no quiere monarquías es por lo que se le ataca; porque enseña al pueblo a ejercitar sus derechos es por lo que se le persigue, por lo que se pretende desacreditarlo ante la opinión por medio de falsas informaciones de los periódicos venales, en que venenosamente se trata de hacerlo aparecer como el partido del desorden.

Por fortuna, el público, que es más sensato de lo que se imaginan el Gobierno, el ministro Reyes, toda la burocracia, entre los que, como hemos dicho, se encuentran los diputados, senadores, gobernadores, soldados, etc., etc., el público, decimos, es sensato y sabe apreciar la verdad. El público sabe que, en virtud de ser dictatorial, el Gobierno no es liberal, y por lo mismo odia al partido progresista, al partido de la libertad

Odia la Dictadura a los liberales, porque éstos no consienten tiranías; esto lo sabe bien el público y aprecia los esfuerzos de los buenos ciudadanos, a pesar de las calumnias y denuestos de los sucios y repugnantes papeles llamados El Popular y El Imparcial, hermanos en sentimientos de hipocresía y de bajeza.

La conducta de tales papeles repugna y asquea. Los dos se dirigen las más crueles injurias para ganar por medio de la desvergüenza el favor del Gobierno.

El pueblo conoce bien a esos dos periódicos y se ríe de sus necios alardes de patriotismo, porque no considera propio que los que tienen el gusto de ser siervos hablen en nombre de la libertad.

De extravagante tacha El Imparcial al manifiesto del centro director de la Confederación de Clubes Liberales. Desearíamos que nos dijera si a Juárez no le pareció extravagante el Plan de la Noria3 y a Lerdo el de Tuxtepec.

1 Véase supra,art. núm. 465.

2  Tomada del Manifiesto del Gobierno Constitucional a la Nación, firmado por Benito Juárez, Melchor Ocampo, Manuel Ruiz y Miguel Lerdo de Tejada, Veracruz, 7 de julio de 1859. Publicado por Ángel Pola en Melchor Ocampo. Escritos políticos. Tomo II, F. Vázquez Editor, México, 1901 (Biblioteca reformista vol. 3).

3 Proclamado el 8 de noviembre de 1871, por el general Porfirio Díaz, en oposición a la reelección presidencial de Juárez.  Le secundaron los generales Donato Guerra, Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo. La revuelta fue vencida por el general Sóstenes Rocha.