Regeneración, N° 35. 23 abril 1901

LA DICTADURA NO HACE PROGRESAR AL PAÍS

El Socialista1, semanario de San Diego, Texas E. U. A., muestra asombro porque censuramos a la Dictadura del general Díaz, y no se explica por qué nosotros atacamos cuando alguna parte de la prensa del país se deshace en halagos y serviles manifestaciones al poder. Dice también que la prensa extranjera habla mucho de que el general Díaz ha dado a México una vida nueva, un sorprendente desarrollo y envidiable progreso y un vasto crédito fabuloso en el extranjero.
            Debemos decirle al colega que el general Díaz no ha hecho todo eso que se le atribuye. El pueblo, que ha querido conservar la paz, porque comprende que es benéfica, es quien ha trabajado por el adelanto de la patria, y aunque el servilismo y la adulación digan a voz en cuello que el general Díaz es el autor de la paz, no debemos creerlo, pues que si el pueblo no quisiera paz, por más esfuerzos que hiciera el Presidente para conservarla no lo lograría. El pueblo está convencido de que las revueltas sólo han servido para que se entronicen los tiranos; está convencido de que las revoluciones nada bueno le han producido. No hablamos de memoria; recórrase la lista de los revolucionarios que ha habido en México, y se verá que sólo unos cuantos han trabajado de buena fe sosteniendo sus principios con las armas en la mano. La inmensa mayoría de los revolucionarios han deslumbrado al pueblo con vanas promesas, que al fin y a la postre han permanecido con el carácter de tales promesas. Por esa razón no quiere ser burlado, esto es, no quiere que se le engañe otra vez con planes regeneradores que sirvan de pretexto a golpes de Estado para implantar Dictaduras.
            Vea el colega que no es el Presidente el que ha hecho la paz, sino el pueblo.
            El progreso, el desarrollo, el crédito, etc., etc., son consecuencias de la paz, y como hemos visto que la paz es hechura del pueblo, no se debe atribuir al Presidente Díaz la gloria que sólo pertenece al pueblo.
            Por otra parte, ese progreso es material, ese desarrollo artificial y ese crédito claudicante; todo relativo y no de las proporciones que la prensa servil quiere darles, y nada significan, por el hecho de que el Gobierno no se ha preocupado por la justicia, la instrucción popular y el respeto a las instituciones.
            Los monumentos grandiosos, ricos palacios, etc., no significan bienestar popular. Italia, en tiempo de los Césares tuvo también grandes monumentos y una Roma dorada; los faraones sembraron de palacios, esfinges, pirámides, etc., el territorio egipcio; Rusia también tiene palacios, etc., etc.; México, en la época de Santa Anna, tuvo también progreso material, y aún en la época virreinal misma; pero el pueblo no es feliz con sólo la contemplación de obras más o menos aparatosas que no le pertenecen; el pueblo no satisface sus necesidades con que haya millares que vivan de él en forma de empleados inútiles; no se mide la felicidad de un pueblo por el número de obras materiales que tenga; la verdadera felicidad, que consiste en un progreso seguro y viable, estriba en la educación de las masas, para que cada individuo sea un ciudadano que tenga la idea de que el esfuerzo unísono, el conjunto de voluntades encaminadas a un sólo fin, de energías llevadas a una meta, es lo que hace al progreso. Esa idea no la tenemos, en virtud de que carecemos de toda idea; el Gobierno no ha permitido que haya libertad de pensar ni de ejecutar lo que se piensa.
            Y sin libertad, el progreso aparente que tenemos desaparecerá, porque el pueblo no ha sido educado para sostenerlo.
            En efecto, al pueblo se le ha querido tutoreado, sin pensar que los tutores no son eternos; ellos tienen que morir, y como no enseñaron al pueblo a gobernarse por si sólo, nada podrá hacer, y entonces nuestros vecinos los sajones, que están atacados por la fiebre del imperialismo, se aprovecharán de nuestra debilidad para absorbernos.
            Nuestro progreso de relumbrón desaparecerá con nuestra nacionalidad, a la invasión brutal de los hijos del Norte. Y esto debemos evitarlo.
            Como ejemplo pondremos a la afeminada Roma. Sus Césares la condujeron a la ruina, porque, no obstante su progreso, los bárbaros la absorbieron, en virtud de que los romanos antes se habían transformado en maniquíes de los déspotas.
            Las tiranías, por lo tanto, conducen a los pueblos a una sima. Por esa razón decimos en diferentes tonos que es necesario educar al pueblo para que aprenda a ser libre, y censuramos a la Dictadura porque ella impide a los ciudadanos ejercitar sus energías y no los educa, con el deliberado propósito de que la dejen continuar haciendo su capricho.
            Acerca de la observación del colega, de que algunos periódicos que se dicen independientes alaban la política que conduce a la nación a su ruina, le diremos que esos periódicos están sostenidos por el gobierno para que aplaudan sus desaciertos. El colega, en razón de estar lejos de donde se publican esos papeles, no los conoce, pero los que tenemos la desgracia de tenerlos a la vista sabemos quiénes son. El Gobierno sostiene a la vez otras empresas periodísticas en el extranjero, y por esa razón las alabanzas a la tiranía se oyen en tierra extraña.
            Acerca de que el actual gobierno es una Dictadura, no necesitamos demostrarlo porque eso salta a la vista.
            Que como Dictadura ha conculcado los principios liberales y democráticos de nuestra Constitución, ya lo hemos demostrado hasta el fastidio.
            Además, si se oyen alabanzas enderezadas al Presidente Díaz y apenas si se escuchan censuras porque su política ha sido la del terror, y todo el mundo tiembla ya no con decir, sino con sólo oír censurar al Gobierno. El país está atacado de cobardía, la prensa no se arriesga a censurar porque el periódico que tal cosa hace se suspende y sus responsables y hasta los cajistas y servidumbre paran en la cárcel.
            Dice el colega que no debemos echarle en cara al Gobierno su imprudente pretensión de dejarnos sucesor, porque todavía no la ha manifestado ostensiblemente. Creemos nosotros que no debemos esperar a estar atacados por la enfermedad para combatirla. Es preferible evitarla que procurar, una vez atacados, su extirpación.
            La idea del Presidente de dejar sucesor es, por otra parte, muy conocida y hasta se rumoran cambios en las Secretarías de Estado para llevar a la práctica la torpe idea.
            Réstanos manifestar al colega que creemos que ha tratado la cuestión de buena fe, y por esa razón le hemos dado las anteriores razones.

1 El Socialista, San Diego, Tex. E. U. A. (1898-19??). Dir. Jesús M. de la Garza.