Regeneración, N° 35. 23 abril 1901

CURIOSIDAD PUERIL

Con mucha frecuencia hemos visto en las informaciones de la prensa, que el Inspector General de Policía acostumbra someter a minuciosos interrogatorios a individuos que están ya bajo la jurisdicción del Juez penal competente. A muchos comentarios se presta esa invasión de funciones, y muchas torpezas deben ser la consecuencia de tales actos; pero lo que nos ha llamado más vivamente la atención, es una parte del último interrogatorio a que el referido Inspector sometió al ya famoso presidiario Treffel.

Este individuo pretendió estafar a dos personas con la supuesta fabricación de oro. El enjuague fue descubierto, se aprehendió a Treffel y se le condujo ante el Inspector. Éste no sólo interrogó respecto al hecho delictuoso, sino que se permitió preguntar a Treffel respecto al lugar en que depositó las alhajas que le tocaron, como producto del robo de La Profesa. Es forzoso hacer notar que este punto se trató ampliamente en el juicio penal respectivo, y que se pronunció sentencia definitiva sobre el particular. Sin embargo, el Inspector General de Policía resucita, sin competencia, un hecho fallado y pretende averiguar una circunstancia definida y calificada en el juicio. Más todavía, el Inspector, oficiosamente, sin que haya parte civil a quien interese la restitución de lo robado, hace una averiguación a todas luces reprochable.

Si el Inspector no pretendía descubrir algo que oficialmente le incumbiera descubrir, y a título de simple curiosidad interrogó a Treffel sobre las alhajas, nos parece muy pueril esa curiosidad, muy impropia al carácter serio de un Inspector de Policía, muy ajena a la gravedad de su misión oficial.

Desearíamos que dicho Inspector fuese más prudente y se circunscribiese a sus funciones de mero director de policía, sin invadir las atribuciones del poder judicial.