Regeneración, N° 36. 30 abril 1901

¿Qué Quiere El Barandismo?

Estamos en plena época de sorpresas. Las asechanzas de que están siendo víctimas los clubs liberales, traen desazonados a los timoratos y ya nadie de éstos quiere confesar que es liberal. Mal camino es éste. Cuando se trata de ataques injustos dirigidos contra nuestros hermanos, mal papel hacemos si guardamos un vergonzoso silencio, y todavía es más reprochable nuestro proceder, si por cobardía abandonamos nuestra empresa de regeneración política y social.
            Hay otra sorpresa. Es una noticia que corre vergonzosamente y solapadamente de corrillo a corrillo; es comunicada a sotto voce y volviendo de uno a otro lado el rostro, como si el que la comunica temiera ser escuchado por la indiscreción en persona. Esa noticia camina así, envuelta, velada y se escucha conteniendo la respiración; camina encubierta, porque si se descubriera causaría asco, y también, porque los que la propalan son cobardes.
            Nosotros, porque odiamos todo lo que no sea franqueza y verdad, vamos a decir en que consiste esa noticia; también vamos a divulgarla, para que el Partido Liberal se ponga en guardia y no se deje engañar por politicastros desprestigiados.
            Trátese de que se está formando un partido que se llama “barandista.”
A la caída del Ministro Baranda, sus protegidos se arremolinaron y en la sombra comenzaron a mostrar los dientes, como que la caída de su protector fue para esas pobres gentes el anuncio de que la miseria estaba muy cerca de sus puertas, y el hambre dejaba advertir sus angulosa silueta en el fondo de un porvenir sombrío.
            Los cerebros de esos pobres individuos faltos de energías y de voluntad, de fuerzas y de aptitudes para emprender una lucha ventajosa, y de ese modo asegurar independientemente el pan, comenzaron a soñar con cuadros fatídicos de miseria y de hambre y entonces, el más audaz de ellos, pero el más despechado también, tuvo esta idea: hacer oposición al Gobierno, derrocarlo y poner al ex-Ministro de Presidente.
            Pero se necesitaba una bandería para dar color político a ese nuevo partido, que podemos llamar del despecho, y considerando la turba barandista que el Partido Liberal reacciona en estos momentos, y, además, es simpático, tiene hombres de energía y de valor y a él están afiliados los más sanos cerebros, las voluntades más viriles y los hombres de más sanos principios; teniendo en cuenta todo esto los pobres barandistas, quieren servirse del Partido Liberal para llegar al logro de sus ambiciones, pues saben que los buenos liberales están disgustados con la actual Dictadura, y como es popular el partido, de ello quieren aprovecharse los protegidos del ex-Ministro haciéndose pasar por liberales.
            Pero nosotros no podemos pasar desapercibidas esas locas maquinaciones de los barandistas; no podemos permanecer impasibles ante la miseria que quiere sacar la castaña con la mano del gato; no podemos resignarnos a ver el egoísmo abrazar la bandera liberal, y servirse de ella para sus fines personalistas y absurdos.
            Es bien sabido, que los barandistas fueron reclutados entre los desperdicios de todos los partidos. Son hombres sin fe y sin principios políticos. Ellos no han hecho más, que agruparse al rededor de un hombre que tuvo el pésimo antojo de sacar de la nada a la insignificancia intelectual, para ponerle la toga del jurisconsulto, que cae muy mal por cierto, y hacer tristísimo y desairado papel amparando a las nulidades del intelecto, porque las cucurbitáceas merecen ser cubiertas sólo con esteras.
            Los barandistas no tienen principios políticos. No son liberales ni conservadores; sencillamente son acomodaticios. Su única ley es el estómago. Muchos de ellos atacaron soezmente a Baranda, fingiendo de oposicionistas, y cuando el funcionario, en un momento de fácil y feliz digestión tuvo la humorada de arrojarles las migajas de su mesa, aquellos furibundos oposicionistas depusieron su inquina para saborear los despojos de un despilfarro ministerial, hecho efectivo por medio de subvenciones exiguas y de mezquinas canongías. Pero la insignificancia de los denostadores tenía que conformarse, y se conformó con unos cuantos dineros, porque las nulidades no tienen derecho a pedir ni a desear más.
            Ese es el partido barandista, que ahora entrar a la lucha uniéndose a los liberales de convicción, como pudieran también unirse a los más recalcitrantes y fanáticos conservadores, pues que el egoísmo, sintetizado en el partido barandista, como dijimos, no tiene más ley que el estómago, y si comprendiera que el triunfo próximo estuviera con abrumadoras probabilidades  de parte de la facción conservadora, a ella uniría su desprestigio, pero como ha olfateado que el partido de la libertad es el que tiene que triunfar, a él piensa adherirse.
            Huyamos de esa peste los buenos liberales; huyamos de tanta corrupción. Nuestro partido, para ser fuerte, no necesita ser integrado por gente sin patriotismo y sin pudor político. Nuestro partido por sí sólo se abona, sin tener necesidad de recurrir a los desperdicios de todos los partidos y a los apostatas de todas las banderías políticas.
            Por otra parte, y consecuentes con nuestro carácter franco y descubierto, nos parece, ya no ridículo, sino nauseabundo el que los barandistas pretendan hacer oposición al Gobierno, porque mientras su ídolo ocupó su empleo de Ministro, para esos hombres no había Gobernante más progresista, más hábil, ni más íntegro, que el Gral. Díaz; no había política más sagaz, que la del Presidente, ni hombre de Estado sobre la tierra que alcanzara la talla del Presidente Díaz. ¿Por qué ahora no les parece lo mismo?
            Está bueno que nosotros, que siempre hemos militado en las filas independientes y liberales, y que nos honramos con la circunstancia de no haber adulado nunca al Presidente, ni haber solicitado a trueque de nuestro carácter y de nuestra voluntad su ayuda para servirle, porque, aunque modestamente nos bastamos a nosotros mismos sin necesidad de implorar el favor de la Dictadura: está bueno que nosotros, repetimos, ataquemos formal y resueltamente al Gobierno en sus actos descabellados y despóticos; pero es inconsecuente, es bochornoso y hasta inmoral, pretender atacar al que se ha colmado de alabanzas, pretender escupir la mano que les dio de comer y a la personalidad a cuya sombra han podido satisfacer sus necesidades, sólo porque a ello incita su despecho.
            Nosotros, no podemos nunca considerar unos correligionarios a esa clase de hombres, que se vuelven independientes y liberales cuando ya no se les protege.
            Después de todo, ¿qué es el llamado partido barandista? ¿Cuántos adeptos tiene? ¿Qué programa político trata de desarrollar? El barandismo se compone de media docena de despechados, como ya lo dijimos, no tiene más programa que el medro personal.
            Debemos, pues, huir de esos hombres que no son liberales, porque durante la larga y ambiciosa permanencia de su jefe en el Ministerio, consintieron en la relajación de nuestros principios, y hasta que cayó el ídolo pasaron de buen grado por cuanto atropello a las instituciones liberales ha cometido el actual Gobierno; se hicieron sordos a los clamores del pueblo que pide justicia, y ayudaron a la actual Dictadura a perseguir a los periodistas independientes.
            Lo hemos dicho y lo repetimos: ningún hombre de los que están en el Poder puede ser liberal; unos son conservadores y otros oportunistas, pero ninguno es liberal del Presidente al último; y los barandistas no son liberales, porque ayudaron a imponerse a la actual Dictadura. Si el partido barandista tuviera buenas intenciones, no guardaría tanto silencio acerca de su intento, ni de manera tan misteriosa tratara sus asuntos, sino que declararía en voz alta sus aspiraciones; su política sería leal y franca; pero también es cierto que para eso se necesita valor y el barandismo es cobarde.
            Sépanlo de una vez los barandistas: no podrán engañar al Partido Liberal, y el Partido Liberal sin necesidad de ellos, puede reconquistar los principios que el Gobierno ha desvirtuado; sin necesidad de los barandistas, puede defender los derechos del pueblo arrebatados por el absolutismo y las libertades encadenadas por la tiranía.