Regeneración, N° 36. 30 abril 1901

Instintos salvajes

En los Distritos, Cantones o Partidos de los Estados de la República, medran a su sabor y a la sombra de gobiernos complacientes, ciertos parásitos que se llaman Jefes Políticos.

Esas autoridades son escogidas entre los hombres más rudos, y que una vez vistos en un puesto en que pueden mandar, ponen en juego todo un cargamento de pasiones que antes no se atrevían a hacer ostensibles, por temor al Juez y a la cárcel y tal vez hasta al verdugo.

Debe suponerse que hablamos en general, pues ha de haber algunos Jefes Políticos  honorables, aunque escasos.

Como el de Cuicatlán,1 el de Huajuapan de León, es arbitrario y déspota.

No hace mucho tiempo que al voluntarioso tiranuelo se le ocurrió que el camino que une a Huajuapan con Tezoatlán, se desviara de donde antes pasaba poniéndolo sobre una parte del terreno de D. Pioquinto Leyva. El Sr. Leyva expuso al Jefe Político, llamado Luis G. Córdova, que se perjudicaba con tal disposición, pero el Jefe contestó groseramente sosteniéndose en su capricho de perjudicar al Sr. Leyva. Entonces éste le manifestó decentemente, que él haría valer sus derechos ante la autoridad judicial.

Ante contestación tan correcta el jefe Político llamó en su auxilio todo su coraje, y hecho una fiera, golpeó cruelmente al Sr. Leyva con un fuerte bastón, hasta derribarlo y cubrirlo de sangre.

Ese hecho revela nuestro triste estado social. Ningún ciudadano puede hacer observaciones pacíficas a los mandatos de las autoridades, porque algunas de ellas, que son las más, consideran como ultrajante una simple indicación, y desahogan su furor de zafios sobre los hombres que estando en su derecho, hacen una petición de justicia.

Eso es escandaloso. Martín González debe castigar severamente a ese Jefe Político que no merece ser ni presidente de presidio, tan brutal es.

Seriamente llamamos la atención del Gobernador de Oaxaca acerca de la conducta del Jefe Córdova, pues es verdaderamente escandaloso lo que ha hecho, y que hace presumir, que en esa autoridad, rugen instintos salvajes, que encajan muy mal en nuestro alharaquiento y vano progreso.

1  Refierese a José Altamirano; vid., supra, art. núm. 480.