Regeneración, N° 36. 30 abril 1901

Salvajismo Policiaco

Para que los ciudadanos puedan ser dignos, es necesario que se respeten todas sus prerrogativas y no se les rebaje en su condición. Pero cuando en lugar de tratar a los hombres con las consideraciones a que tienen derecho los individuos de la especie humana, se trata de vejarlos y de hecho se escarnecen sus derechos y se ultraja su dignidad, los hombres débiles, los pusilánimes, los afeminados, pierden más aún su escaso vigor, hasta reducirse a la ínfima condición de bestias. En cambio, los hombres de temple, los que tienen la conciencia de su valor, los que saben que no son esclavos, sino señores, cuando se ven ultrajados en sus más caros sentimientos, en lugar de afeminarse como los pusilánimes y en lugar de reducirse a la ínfima condición de bestias, como los medrosos, redoblan su vigor, multiplican sus energías y enderezan sus protestas y sus censuras contra los tiranos, y entonces, se provoca una tirantez en las relaciones de los asociados con los mandatarios, que se traduce en un malestar profundo que tiene como consecuencia el desprestigio de los déspotas.
            Ese malestar, esa tirantez de relaciones se hacen sentir ahora en toda la República, y los mandatarios, en lugar de procurar que se calme la excitación popular, encienden más y más la discordia por medio de actos que no titubeamos en llamar brutales.
            Véase lo que se nos comunica de Campeche:
            El sábado 13 del mes que termina, se encontraban en una tienda de abarrotes de dicha ciudad, los Sres. José del C. Mendicuti y Marcos Chan, personas muy conocidas en la población por su laboriosidad y honradez. Dichos señores, cambiaban unos billetes de banco en el despacho de la tienda para pagar a los jornaleros de una canoa que los primeros manejan.
            Iban ya a repartir el dinero, cuando dos de los jornaleros, que se encontraban ebrios, se pusieron a reñir. Los Sres. Mendicuti y Chan, intervinieron para hacer cesar las diferencias de los rijosos de una manera pacífica y amigable. Pero un gendarme que pasaba por el lugar de la contienda, en lugar de aprehender a los jornaleros ebrios, obligó a los honrados caballeros Mendicuti y Chan a darse presos, conduciéndolos en tal calidad a la Estación.
            Hasta aquí, el atropello, ya bastante serio de que fueron víctimas los estimables caballeros, no es ni con mucho comparable con las vejaciones de que siguieron siendo víctimas, por parte de esbirros brutales y soeces.
            Apenas hubieron llegado a la prevención, el cuerpo de guardia se arrojó sobre ellos, y como canes famélicos, los guardianes comenzaron a registrarles los bolsillos husmeando un regular botín. Los Sres. Mendicuti y Chan se opusieron al vandálico proceder, protestando enérgicamente contra tan cínica rapiña, y ofrecieron entregar voluntariamente todo cuanto llevaban, con tal de que no se les ultraja por la plebe de los cuarteles.
            Pero lejos de ceder, los guardianes se enfurecieron, y con la cobardía de los rufianes se arrojaron espumando como hienas coléricas sobre los indefensos ciudadanos, a quienes golpearon bárbara y cruelmente con las bayonetas de sus fusiles.
            Golpearon tan y tan rudamente a sus víctimas, que una de ellas, el Sr. Chan, resultó con heridas sangrientas que cubren totalmente su espalda.
            No contentos los desalmados verdugos con la odiosa pena infligida a dos hombres inermes, encerraron a los golpeados en inmundos calabozos.
            Pero la felonía de los verdugos debía acentuarse con otra nota tan cobarde y villana como las ya relatadas.
            El Sr. Mendicuti es cliente del Sr. Lic. Rodríguez, que es una persona que no ha podido ver con serenidad los desmanes del Gobierno de Campeche, porque los campechanos honrados están fastidiados con la opresión que ejercen los déspotas de aquel distante Estado.
            Los esbirros pesaron esta circunstancia, y temerosos de que se les exigiera responsabilidad por sus criminales actos, apelaron a la calumnia y consignaron a los Sres. Mendicuti y Chan al Juzgado del crimen, imputándoles falsamente los delitos de resistencia a la autoridad y ultrajes a funcionarios públicos.
            El Juez de lo Criminal, a quien tocó conocer de ese asunto, y que es un instrumento de las maquinaciones de los poderosos, dicto auto de formal prisión en contra de las víctimas de los polizontes campechanos.
            Esos atentados no deben quedar impunes, porque la impunidad no haría más que abrir las puertas, para que el crimen de la autoridad pasease su repugnancia y su horror por sobre las víctimas de la inmoralidad administrativa.
            Conviene reprimir enérgicamente esos atentados, que por desgracia son frecuentes, y de los que, cuando mejor libradas salen las víctimas, resultan como las de Campeche.
            Hay que fijarse en que, con esa clase de procedimientos, fácilmente se llega al homicidio. ¡Cuántos hombres han muerto víctimas de las pasiones de los caciques! El territorio nacional está sembrando de despojos de ciudadanos caídos al golpe de la venganza de algunos funcionarios criminales. En este periódico hemos dado cuenta de individuos asesinados por el procedimiento, cómodo para las autoridades arbitrarias, que se llama vulgarmente ley fuga, y que consideramos nosotros como cobarde y vil.