Regeneración, N° 36. 30 abril 1901

DESTITUCIONES QUE URGEN

Creía el público, y con especialidad el público que litiga, que, como una consecuencia encadenada a al rigidez de ciertas premisas, muchos de los empleados judiciales renunciarían a sus puestos tan luego como se supo oficialmente la renuncia del Ministro Baranda; pero la lógica se dislocó ante consideraciones que es forzoso desenmascarar y exhibir.

Por más que nos repugne recordar la torpe gestión administrativa del ex–Ministro Baranda, porque no faltarán espíritus suspicaces que nos supongan ensañados contra el caído, a pesar de que nuestros lectores saben, y el público todo también lo sabe, que durante el apogeo del Lic. Baranda señalamos sin temores, sin reticencias y sin cobardías su deficiente gestión, tendremos que hacer de paso algunas consideraciones penosas.

El Lic. Baranda se rodeó de un círculo especial que no se distinguió ni por su talento, ni por la pureza de sus actos oficiales, ni por la firmeza de sus convicciones políticas. Los reclutados de entre la enorme masa de ineptos que abundan en nuestro cuerpo social; los colectados sin talento y sin previsión de entre las nulidades que andan a caza de empleos porque carecen de fuerzas para la lucha; los recogidos del arroyo en que vagaban soñando con una partida en el Presupuesto de Egresos, ya que no podían obtenerla en el presupuesto social; los exhumados de la vida pública de donde habían sido arrojados después de agotada la casi inagotable complacencia de nuestro Gobierno; los convertidos de un oposicionismo intransigente cuando la sociedad cerró sus puertas al que la estafaba y no la defendía; todos estos elementos, encontraron abiertos los brazos del ex–Ministro Baranda y se afiliaron a una bandería política, llena de risueñas esperanzas de las necesidades satisfechas.

Todos estos individuos, de los que muchos ocupan empleos judiciales prodigados a manos llenas, formaban una liga apretada y tenebrosa, llevaban con el jefe una solidaridad de acción, un misma mira, ejecutaban un mismo trabajo sordo y sombrío. Para obtener un fallo favorable en ciertas oficinas judiciales, era forzoso ocurrir al apoyo de un barandista. La Justicia se estrellaba ante la recomendación oportuna. En la misma Suprema Corte había leaders que, levantando andamiajes sofísticos, torturando leyes, dislocando principios, defendían ruda y tenazmente los intereses del gremio.

Pues bien, todos esos lunares de la judicatura, todos esos apasionados admiradores del ex–Ministro Baranda, todos esos obstinados servidores incondicionales, todas esas tenebrosas personalidades entregadas al culto de una amistad sin límites, permanecen ocupando sus puestos públicos, sin rubor, como si cumplieran con su deber, y esperando que otra mano bienhechora continúe la protección perdida o que se les exija su renuncia, como se le exigió a su ex–Jefe.

Y es natural. Cuando se tiende la vista fuera de la Oficina que materialmente ha arrullado la ineptitud y la insignificancia, se tropieza con el pavoroso problema de la lucha diaria, en donde perece el que no es apto y se hunde el que no es honrado, Ante ese problema sombrío, retocado por antecedentes brumosos, los funcionarios judiciales barandistas retroceden aterrorizados, y como un Juez Correccional, buscan el padrino que los apoye ante el nuevo Ministro, o, como otro Juez
Correccional, se permiten hacer públicamente apreciaciones desfavorables para el que, en su apogeo, lo encumbró a un puesto que le viene holgado.

Pero ya que falta delicadeza en esos funcionarios, ya que no tienen el valor de seguir los pasos de jefe, ya que niegan al Maestro, cuando el Maestro está perdido, el nuevo Ministro de Justicia merecería aplausos si pasase por algunas oficinas judiciales, un eficaz sahumerio que las desinfectase. Se impone la destitución de muchos funcionarios. Si el Sr. Ministro Fernández no los conoce, esperamos una indicación para señalarlos. Conoce a algunos de ellos el Sr. Lic. Novoa y creemos que conoce a todos el Sr. Lic. Víctor Manuel Castillo.