Regeneración, N° 36. 30 abril 1901

PÉSIMOS FUNCIONARIOS

Desesperados están los habitantes de Iguala, Gro., con el Secretario del Juzgado de Letras, un tal Pedro Gómez. Este individuo extorsiona a todo infeliz que cae en sus manos. Ha hecho del Juzgado un bazar en donde remata justicia al mejor postor. Dirige y aconseja, previo pago, en negocios de la oficina. Cobra sumas exorbitantes, cuatro o cinco veces más de lo asignado por el Arancel, por derechos en asuntos notariales. Vive ligado a tinterillos. Gusta de cometer escándalos públicamente, y con frecuencia deja de ocurrir a la oficina.

Tal es el Secretario que los pobres habitantes de Iguala tienen que soportar. Inútil es decir, que a ese largo capítulo de defectos, impropios a una persona que desempeña un puesto público, se une el de un carácter arbitrario.

Pero no solamente el Secretario referido se solaza cometiendo escándalos. Toma ejemplo del superior, del Juez de Letras, que el 20 del actual penetró al “Casino
Caneda” injuriando gravemente a los que allí se encontraban. Por prudencia o por excesivo respeto al funcionario público que no sabe respetarse, ninguno contestó a las ofensas, y la mayor parte de los injuriados desocuparon el local. Solamente los Sres. Domingo Riveroll y Dr. Manuel N. Mora, llamaron enérgicamente la atención del Juez sobre lo inconveniente de su conducta, lo que disgustó al funcionario que, olvidándose de su empleo, empuñó su pistola y agredió a balazos a los dignas personas que reprochaban su falta de cultura. Afortunadamente y gracias a la excitación de que estaba poseído el Juez en ese momento, ninguna desgracia personal se registró.

Juez y Secretario, a quien acaba de abofetear D. Otilio Rivera indignado por algunas ofensas que dicho empleado le dirigió, son la pesadilla de los habitantes de Iguala.
Déspotas y arbitrarios, ineptos, ineducados y rudos, perezosos y lentos en el desempeño de sus funciones, altivos y dominadores, afectos al escándalo y provocadores de riñas callejeras y vulgares, tales son los distribuidores de Justicia.

Y esto es público y notorio en Iguala, sin que las autoridades superiores se preocupen un tanto en eliminar a esos elementos nocivos. Es natural. Un Gobierno que careció de moralidad administrativa, no pudo tener buenos subalternos.