Regeneración, N° 37. 7 mayo 1901

LOS SABUESOS DEL ABSOLUTISMO

Los gobiernos absolutos están acostumbrados al incienso y a la lisonja de los serviles, y acostumbrados también a la exasperante calma que reina en el mundo oficial, en el que nadie se mueve sin permiso del jefe y nadie osa alzar la voz por temor a la perdida de la gracia de los magnates; pero cuando esos gobiernos, acostumbrados a mandar, en lugar de servir al pueblo, notan que ese mismo pueblo comienza a dar señales de vida en el campo político; que ese pueblo al que han esclavizado hace esfuerzos por romper sus cadenas, porque después del pesado sueño en que había permanecido ha despertado con la conciencia de que es libre y con entereza reclama sus derechos; cuando el absolutismo observa y comprende que renacen las virtudes cívicas del pueblo, tiembla ante la expectativa de la interrupción de un sistema autocrático y opresor.
            Los generales Díaz y Reyes se han sentido molestos por la benéfica reacción liberal que en estos momentos se opera en toda la República. Ambas personalidades han experimentado antipatía contra esa manifestación democrática que señala vigorosamente el renacimiento del espíritu público para luchar a favor de la regeneración política de nuestra patria. Pero hay que confesar que el sentimiento de repulsión que experimentan las dos personalidades dichas respecto de la reacción liberal, aunque conforme ese sentimiento en los fines de aniquilar a las nacientes energías, ha tenido por origen dos causas bien distintas, que sin temores ni cobardías vamos a señalar.
            Al general Díaz le disgusta la reacción liberal y ve con enojo el rápido progreso de la Confederación de Clubes Liberales. Le disgusta la reacción liberal porque la considera peligrosa para su perpetuidad en el poder; porque sabe que la doctrina netamente liberal está en pugna con las Dictaduras y que los liberales de convicción no consienten tiranías; le disgusta la reacción liberal porque el mismo está convencido de que su conducta oficial no está ni con mucho ajustada a los principios democráticos, y tiene la firme convicción de que las reformas que ha ordenado hacer a la Constitución son innecesarias y perjudican a la República, satisfaciendo sólo sus deseos personalistas y absolutos. En suma, le molesta la reacción liberal porque él es conservador.
            Al general Reyes le disgusta la reacción liberal por que él abriga la pretensión de llegar a ser Presidente. Se nos dirá que ese no es un motivo para odiar a los liberales, pero esa objeción será hecha por las personas que no están al tanto de la pésima administración del Estado de Nuevo León mientras esa personalidad hizo pesar su abrumadora y funesta influencia en el Estado fronterizo, influencia que se hizo palpable en ese y en los demás estados limítrofes por medio de una profunda sensación de malestar parecidísima al espanto, porque la opresión era sofocante, agobiada de tanto absolutismo.
            Hoy, no obstante que el general Reyes ha dejado de estar al frente del Estado de Nuevo León, gobierna de hecho al Estado, y los limítrofes continúan sufriendo las consecuencias de un poder omnímodo.
            Sentado esto, fácil será comprender que si el general Reyes aspira a la Presidencia de la República, ha de tratar de aniquilar, de disolver los clubes liberales de la República, y con especialidad los de la frontera Norte, porque éstos conocen, mejor que cualesquiera otros, el pasado político de esta personalidad, que fue el amo absoluto y el señor feudal de aquella apartada región de nuestra patria.
            Los fronterizos del Norte sintieron de cerca el peso de la autocracia del general Reyes, y natural es que se opongan a que dicha personalidad ocupe la Presidencia porque su exaltación a la primera magistratura del país no sería más que el principio de una larga y no interrumpida tiranía, que tendría que acabar con la paciencia del pueblo, y por consiguiente, con la paz, con la tranquilidad de la nación, que se levantaría en armas para vengar su soberanía ultrajada, para reconquistar los derechos de sus hijos y para poner en lugar preferente las instituciones liberales y democráticas que el despotismo hubiera tratado de subvertir.
            Esto lo comprenden perfectamente, no sólo los fronterizos del Norte, sino todos los habitantes de la República que estudian nuestra política y observan los actos de los malos gobernantes, pésele al sucio Imparcial. Esto lo comprenden todos los que no tienen necesidad de medrar a la sombra de los gobiernos, aun los más despóticos; lo comprenden todos los que verdaderamente trabajan por el engrandecimiento del país, y no como otros para obtener tal o cual ventaja, por miserable que sea, siempre que con ella puedan vivir como no lo hubieran logrado hacer dedicados a una labor independiente y honrada.
            La actual reacción liberal trabaja para el engrandecimiento del país, para el restablecimiento de la moralidad administrativa, para que sea un hecho real y no una superchería grotesca el ejercicio del libre sufragio, en suma, para que se respeten la Constitución y Leyes de Reforma y no se las ultraje tan burdamente como hasta aquí. (Véanse las resoluciones del primer Congreso Liberal reunido en San Luis Potosí el 5 de febrero del corriente año.)1
            Y el general Reyes ve en todo esto una amenaza para sus fines de encumbramiento político. En las resoluciones del primer Congreso Liberal ve el general Reyes que tendrá por enemigo al gran Partido Liberal, que le impedirá satisfacer sus ambiciones, y por esta razón se ha declarado enemigo de los clubes liberales, si no abiertamente si de un modo solapado. No puede destruirlos todos, porque afortunadamente su influencia es nula en el resto de la República, pero deseos le sobran.
            Hemos visto, pues, que la reacción liberal que se opera en la República molesta por motivos distintos al Presidente y a su ministro. Al primero, porque siendo conservador y amante del absolutismo, considera al movimiento liberal como un reproche que le hace el partido a que perteneció y que después abandonó para ejercer la autocracia. Al segundo, porque considera al mismo movimiento como una amenaza que esta dispuesto a desvanecer sus quiméricos ensueños de poderío absoluto y de mando omnímodo hasta la desesperación.
            Así pues, ambas personalidades, encastilladas en las esferas de un personalismo abrumador, no pueden ver con buena voluntad el renacimiento del espíritu público, que es una amenaza para ese personalismo; pero ese despertar de las energías populares; ese esperezo del león que por tanto tiempo había estado entregado al más pesado de los sueños; ese movimiento, esa benéfica reacción, han sacado de quicio a los funcionarios que no cumplen con su deber y éstos han azuzado a sus esbirros, han estimulado a sus sabuesos para que hinquen rabiosamente sus dientes y ensucien con, su baba a los verdaderos liberales.
            Pero el Partido Liberal vencerá a pesar de todo.

1  Las Resoluciones del Congreso fueron publicadas en Regeneración, no. 28, 28 de febrero, 1901. Pueden consultarse en Regeneración 1900-1918. La corriente más radical de la revolución mexicana de 1910 a través de su periódico de combate. Armando Bartra (prol., sel. y notas), México, Ediciones Era, 1977, pp. 96-105.