Regeneración, N° 39. 23 mayo 1901

El Servilismo En Yucatán

Los pueblos más viriles, más patriotas y altivos, tienen épocas de mortal postración, y sucede que los que han sido altivos y dignos y celosos por el bien de la Patria, pueden llegar, en un momento dado, a considerar como hechos triviales e insignificantes las mayores indignidades y la más disolvente de las corrupciones a que se presta una era de inmoralidad política.

            En esas épocas de total agotamiento popular, en las que aparece que se ha exprimido brutalmente a las masas para extraerles hasta la última gota de sus energías, harto mermadas por cierto, y en las que también parece que se han oprimido todos los cerebros o se ha buscado en ellos con una tenacidad salvaje y para extirparla hasta la última y más insignificante de las celdillas de la volición; en esas épocas penosas en la historia de los pueblos, en las que la férrea mano del César ha arrancado sin piedad el carácter  individual, el carácter propio, único y exclusivo de cada individuo, para poner en su lugar la enfermiza idea de las voluntades pasivas; en esas épocas, cuidadosamente procuradas por los  tiranos de todos los tiempos, de todos los pueblos y de todos los continentes, en esas épocas, decimos, se llevan a cabo hechos, se realizan planes y se ponen en práctica teorías de cuyos hechos, planes y teorías se avergonzarán después los pueblos, al recordar tan sólo la funesta etapa en que se les burló y en que se les hizo víctimas de la mofa más sangrienta, y del más cruel, más ultrajante y desquiciador de los sarcasmos.

            Una de las mayores burlas de que pueden ser objeto los pueblos, es la que consiste en la erección de estatuas a los hombres vivos, y principalmente cuando esos hombres son reyes, emperadores, presidentes, dictadores o de cualquier modo puedan tener influencia en un pueblo; pudiendo provenir esa influencia del hecho de que ajustan sus actos a la ley y por esa circunstancia son estimados por el pueblo y él los sostiene, o bien su influencia depende de la opresión que ejercen sobre el mismo pueblo, al que han sometido por medio de órdenes clavadas en las puntas de las bayonetas. En ninguno de los dos casos, esto es, ni al gobernante justiciero que respeta la ley, ni al gobernante déspota que hace burla de ella, es lícito levantar estatuas durante su vida, porque si es justo, y por lo mismo simpático, erigir estatuas a los héroes muertos, es vergonzoso y repugnante levantar monumentos a los vivos.

            Del héroe muerto no se espera recompensa alguna, y por esa razón se hace simpática la veneración que por él se tenga, porque se ve el amor que se le profesa despojado de toda idea mezquina, de cualquiera especulación vil, en suma, se ve el desinterés. Pero cuando el hombre a quien se dedica una estatua, no ha muerto, sino que vive y además es poderoso y es omnipotente, no porque tenga a su favor la voluntad del pueblo, sino porque cuenta con la fuerza material y con el apoyo de las culatas de los fusiles, es indigno todo acto encaminado a hacer ostentación de la negativa gratitud de un pueblo.

            El Gobernador del Estado de Yucatán acaba de expedir un decreto que tiene justamente ofendidos a los yucatecos honrados. Por ese decreto se erigirá una estatua del Gral. Díaz, en el paseo “Montejo” de Mérida. El decreto ha tenido como pretexto la toma de Chan Santa Cruz, pero en realidad, sólo se trata de hacer una pública y escandalosa manifestación de servilismo.

            El Gobernador de Yucatán, hombre totalmente falto de dotes administrativos y carente en lo absoluto de las simpatías del pueblo yucateco, porque ese gobernante sirvió al iluso Maximiliano de Habsburgo; ese funcionario, encontrándose sin méritos para ocupar un puesto al que sólo pueden ascender los hombres de energía y de vastos ideales progresistas, ha tenido la ocurrencia de ordenar la erección de una estatua, para granjearse la buena voluntad del poderoso.

            El hecho indigna, porque como hemos dicho, es vergonzoso erigir estatuas a los vivos, y sólo es explicable por ese fermento que producen las malas administraciones en que hierve el servilismo político. En malas administraciones el mérito está en el aplauso incondicional y ciego. Para sostenerse en un puesto cualquiera, basta con ejercitar hasta el sufrimiento el sin fin de penosas desarticulaciones y tener por patria y por dios al hombre que se encuentran en el poder.

            Basta ya de tan ingratos procedimientos que son un bochorno para el pueblo. El Presidente mismo debe sentirse mortificado por tanta y tan repugnante adulación y estamos seguros de que él, ordenará a su empleado el clerical e imperialista Gobernador Cantón, que se abstenga de llevar a la práctica su servil decreto.

            En nuestra época, el acto más insignificante sirve de pretexto para que el servilismo se deshaga en aplausos. La ocupación de un poblado deshabitado y ruinoso ha dado tema a los papeles vergonzantes El Popular y El Imparcial para hacer ostentoso alarde de su impúdica bajeza.

            Es ridículo para la Nación la erección de semejantes estatuas. Esos actos son esencialmente monárquicos y nunca tienen la aprobación del pueblo. Que se pregunte a los ciudadanos si desean que se erija un monumento al Gral. Díaz y contestarán negativamente, por dos razones 1º porque es odiosa la bajeza, 2º, porque el Presidente no ha hecho méritos para granjearse ese símbolo de la gratitud popular.

Excitamos al pueblo yucateco a que proteste enérgicamente contra la erección de la estatua del Gral. Díaz, a fin de que se libre de la mancha que se pretende echarle encima. Ha pasado la época en que era lícito levantar estatuas a los monarcas vivos.