Regeneración, N° 40. 31 mayo 1901

LAS PERSECUCIONES A LA PRENSA

Los gobiernos justificados, aquellos cuyos actos y cuya conducta responden a la opinión general y al sentimiento público, no temen ni pueden temer a la prensa. Esta puede reducirse a dos clases: periódicos que se inspiran en las ideas generales, que censuran lo que pugna con el modo de pensar del país y enderezan sus vuelos hacia aquellos ideales que representan las aspiraciones nacionales, y periódicos que, haciéndose eco de sentimientos personalistas, representan una pasión y no una idea: los primeros no son de temer para un gobierno honrado; los segundos, por si solos, y sin necesidad de presiones, de persecuciones, de atropellos a la ley, caen en el desprestigio y sólo llevan consigo la simpatía de los apasionados.

            Pero cuando los gobiernos son oligárquicos; cuando representan sólo una banda famélica, enseñoreada de los asuntos públicos, cuando la opinión es menospreciada y las libertades sólo existen en el papel, entonces el periódico de combate significa una impertinente censura que es preciso enmudecer, porque la verdad suena mal siempre en los oídos de los culpables por alto que sea su pedestal, por acostumbrados que estén a la lisonja, por refinada que esté la adulación y por desposeído que este el país del sentimiento del honor y de la corrección en asuntos públicos.

            El general Díaz, en sus veinticinco años de gobierno duramente opresor, ha llevado siempre inscrita en su bandera la persecución a la prensa; de tarde en tarde, la levadura de honor, que a pesar de todo subsiste en algunos espíritus bien templados, surge y se manifiesta; pero cuando esas manifestaciones se hacen algo vigorosas no falta un Juez desprovisto de conciencia, ajeno a todo sentimiento profesional, que a trueque de unos cuantos pesos mensuales, que significan el dinero de Judas, consienta en ser el verdugo de los hombres libres, de los que alientan aún en los sentimientos que hacen a los ciudadanos libres y a los pueblos fuertes. Entonces se organiza un ojeo, se hace una cacería tenaz de todo lo que respira independencia, y al final de esas odiosas maniobras, cuando las cárceles están llenas de hombres honrados y las redacciones vacías, un ministro complaciente puede informar al supremo imperator que “la paz reina en Varsovia.”

            No es envidiable la suerte de los unos ni la de los otros: el Juez lleva a su casa un pan amargo, el Gobierno cumple una obra de tiranía…; pero esperemos la historia, ella hablara cuando la adulación haya callado y ella dirá que sólo acallan la voz de la prensa los gobiernos que la temen.

            En todos los países regidos por instituciones libres, dondequiera que la ley es señora, la prensa es fuerza directiva, en cierto modo, de los actos gubernativos; ejemplo de ello lo que sucede en Inglaterra, en Estados Unidos y aun en la misma España; ¿pero entre nosotros? aun cuando se afirma que nuestras instituciones son las de un pueblo civilizado, y aun cuando nuestras leyes estén en concordancia con esa afirmación, se menosprecia la ley, se prescinde de la opinión y se las sustituye con el más férreo y brutal de los absolutismos.

            Por dondequiera se nos habla de Estados Unidos como de un pueblo cuyo ejemplo debiéramos seguir, como una nación cuyos actos debieran normar los nuestros; pero si ese consejo fuera seguido, si ese ejemplo lo tratáramos de imitar, si ese pueblo fuese nuestro modelo, tiempo ha que se habría hecho justicia en nuestro orden político y que se hubiese iniciado el imperio de la ley y el dominio de la libertad.

            La República del Norte, como lo aconsejaba Bryan en su famoso discurso en Nueva York, tiene como enseña la estatua de la libertad iluminando al mundo. Nuestros viejos antepasados, los aztecas, formaron su escudo con un águila devoradora de serpientes; mas si hubiésemos de forjar un pendón para esta generación caduca y envilecida, sólo podríamos exhibir un Juez correccional encarcelando periodistas y un cabo de rurales ejecutando seres indefensos en una oculta barranca.