Regeneración, N° 43. 23 junio 1901

El bonete y el sable

El bonete y el sable, símbolos de las dos obscuras y embrutecedoras fuerzas del clericalismo y el militarismo, cuyo maridaje pesa sobre la nación, pesa sobre los individuos y sobre las conciencias en forma de fanatismo religioso o de brutal tiranía, el sable y el bonete acaban de sufrir una derrota.

            La indignación que se apoderó de todos los liberales con motivo del atropello de que han sido víctimas los patriotas lampacenses, que han tenido que pagar en las asquerosidades de los presidios su santo amor a la patria, esa justa indignación ha sido satisfecha en parte.

            El Primer Tribunal de Circuito ha puesto las cosas en claro. Por su fallo dado en el escandaloso asunto de Lampazos sabemos que la inquina oficial, el desmedido orgullo del tiránico poder, el amor propio de la autocracia llevado hasta el extremo, ese orgullo desmedido, ese amor propio exagerado y la funesta inquina oficial fueron los causantes del escándalo que la soldadesca irreflexiva consumó abofeteando sin piedad los derechos de los hombres honrados.

            En Lampazos el militarismo escupió la ley y ultrajó la dignidad humana. Allí, la representación de la fuerza ciega, de la fuerza material, de la brutal pujanza arrebató de sus honrados hogares a ciudadanos patriotas para satisfacer una venganza, para acallar, para someter, complaciéndolos los instintos egoístas que animan y dan calor a las tiranías, instintos que se habían rebelado en virtud de los progresos que el gran Partido Liberal hace a despecho de las amenazas y de las inicuas persecuciones.

            Los honrados lampacenses, que, como pocos, habían emprendido la regeneradora tarea de desfanatizar al pueblo y de hacer sacudir sus nervios, galvanizándolo con la propaganda de los principios liberales, abatido maliciosamente por la Dictadura del general Díaz con el deliberado objeto de prolongar indefinidamente esa tal Dictadura; los lampacenses, que por medio de la acción colectiva habían emprendido, dentro de la moralizadora tarea de educar al pueblo en sus obligaciones y derechos, y que por el noble fin que se ponían se habían hecho acreedores al aplauso de la parte sana de la nación, fueron atisbados por el poder que odia con todas sus fuerzas las manifestaciones de vida que pueda dar el espíritu público; ahora que, fallecido como está, sólo logra manifestarse de vez en cuando mostrando el raquitismo moral de un pueblo, heroico antes y afeminado y cobarde hoy.

            Mermado y todo el espíritu publico, atemorizado y acobardado como está el pueblo, pues que, cuando pugna por hacerse sentir, sólo logra hacer más evidente y palpable el desconsolador cuadro que presentan un país cuyos ciudadanos en vez de hombres son máquinas, son instrumentos pacientes de la tiranía; mermado todo, decimos, el espíritu público, el Gobierno quiere que desaparezca por completo, y de ahí su afán por destruir, por matar hasta la última y más insignificante brizna de voluntad popular.

            Por eso el Gobierno del general Díaz, que es la representación de aquellas obscuras fuerzas a que arriba aludimos, el militarismo y el clericalismo sintetizados por el bonete y el sable, o sea el fanatismo y la fuerza inconsciente e irracional; el Gobierno del general Díaz, o lo que es lo mismo, su Dictadura militar, absorbente y conservadora, no podía soportar el trabajo, la honrada labor de los progresistas y dignos lampacenses.

            Educar al pueblo para que sepa respetarse y hacerse respetar es obra que pugna con toda tiranía. Educar al pueblo para que se aparte de toda idea de fanatismo, es labor contraria a las doctrinas clericales. La labor de los lampacenses, por lo mismo, debía contar con formidables enemigos.

            Pero la propaganda de esos patriotas se efectuaba dentro de la ley. El trabajo de los honrados fronterizos estaba de acuerdo con nuestras instituciones y se llevaba a cabo de manera ordenada y pacifica. No podía, pues, la Dictadura impedir la saludable propaganda liberal sin cometer un monstruoso atentado, que se comentaría desfavorablemente, no ya en cualquier país medianamente civilizado, sino aun en el seno de la horda mas salvaje del África Central.

            No pudiendo impedir la propaganda liberal, porque para ello no había motivo, se recurrió al embuste, se echo mano a la calumnia. Sólo hacía falta un instrumento, un maniquí que recibiendo inspiraciones obrara. El maniquí obró, el instrumento ejecutó su trabajo. Pedro Hernández calumnió….

            Y los patriotas lampacenses, los honrados ciudadanos que aman la libertad y odian la opresión; los viriles miembros del Club Liberal Lampacense, que emplean sus raras energías en desfanatizar al pueblo, ilustrándolo, para hacer de cada hombre un ciudadano, esos patriotas que trabajan dentro del orden y que obran dentro de la ley fueron calumniados por la corrompida soldadesca, fueron acusados de sedición, de conspiración, de falsa alarma, de asalto a una escolta y de todo cuanto delito cupo en el duro cerebro del esbirro Pedro Hernández y de otros asustadizos soldadines que se llenan de pavor cuando un Judas en sus sacudidas epilépticas atruena el espacio con el estallido de inofensivas bombas que son el deleite de los bobalicones, vehículo de terror para las doncellas nerviosas de femenil espanto, para la valiente guarnición de Lampazos.

            Con escandalosa festinación y atropellando la jurisdicción de las autoridades lampacenses, los liberales fueron conducidos a Monterrey, en donde no faltó un Juez de distrito, inepto y complaciente, que quisiera obtener la triste celebridad de ser instrumento de la tiranía, y ese Juez de Distrito no tuvo empacho en dicta auto de formal prisión en contra de varios de los liberales calumniados por Pedro Hernández. El resto de lo calumniados, entre los que se encuentran los honrados y enérgicos ciudadanos Ing. Francisco Naranjo hijo, Vidal Garza Zubia, Juan Wiemann y otros igualmente dignos y honrados, cayeron bajo la férula de los analfabetos tribunales militares, saturados de ignorancia y rebosantes del agrio rigor que se acostumbra emplear con los reclutas.

            El primer tribunal de circuito no quiso encubrir con su autoridad toda la podredumbre que cobija ese negocio que se ha hecho celebre y que recordará, después de muchos años, la época en que el pueblo mexicano sufrió la más opresora de las tiranías, la del Presidente Díaz. El asunto de Lampazos será recordado siempre que se trate de subrayar las dolorosas etapas que de tiempo en tiempo recorren los pueblos y se pondrá como ejemplo a nuestros hijos o a nuestros nietos para que, comprendiendo los males que nos aquejan, descubriendo nuestra miseria, ocasionada por la tiranía y por nuestra punible indiferencia para lo que se refiere a los asuntos públicos, se pongan en guardia a fin de defender sus derechos y hacer respetar las prerrogativas que al hombre pertenecen.

            El alto tribunal federal revocó el torpe auto del Juez de Distrito de Nuevo León y mandó poner en libertad a tres de los acusados, los Sres. Bravo, Zertuche y Canales. Los otros lampacenses procesados y que dependen de los tribunales militares también serán puestos en libertad.

            Ese triunfo parcial de la justicia en tan escandaloso asunto, y decimos parcial porque creemos que no se procederá contra el calumniador Pedro Hernández,  dará valor a los miembros de los demás clubes liberales de la Republica que se habían resfriado en su entusiasmo de propaganda democrática.

            Los clubes liberales deben comprender que por más corrompida que esté, como en efecto lo está, la administración de justicia de la Republica, en la que los jueces son venales y corrompidos y trafican con la justicia, expulsando uno que otro que se aparta de tan criminal manejo; deben comprender los clubes liberales que, no obstante esa corrupción inmoral, hay casos en que la misma desvergüenza siente rubor y en que el criminal se siente culpable.

            Los clubes liberales deben continuar trabajando. No deben retroceder ante el golpe que sufrieron nuestros hermanos los fronterizos, golpe que, a la postre, ha sido uno de los mejores triunfos de nuestra santa causa, pues que él ha acabado de demostrar que nuestro gobierno es tiránico y que no gusta de las manifestaciones democráticas; ha demostrado que nuestro Gobierno es conservador y que tiene marcadas inclinaciones monárquicas, todo lo contrario al credo liberal.

            Nosotros, como humildes miembros del gran Partido Liberal, nos congratulamos del triunfo obtenido. Conforme a nuestro criterio, no importa que la conquista de nuestros ideales sea dolorosa, siempre que logremos conquistarlos.

            Debemos despojarnos de todo egoísmo para trabajar por el bien de nuestra querida patria y debemos trabajar con valor. Si recibimos algún golpe, ese golpe no será por cierto un fracaso, sino que será la victoria. Habremos logrado desenmascarar déspotas.

            ¡Adelante!