Escorpión
El Hijo del Ahuizote, núm. 832, 4 de enero de 1903, p. 3

¡Sangre, sangre…!

Los pueblos sometidos al duro cartabón que imponen las dictaduras, llegan á acostumbrarse á esa calma mortal de que saben rodearse las tiranías, en las que se cuida de que no haya algo saliente que excite la curiosidad de los sometidos y pudiera servir de pretexto para el desarrollo de las luchas políticas y sociales.

Y cuando por virtud de urgentes necesidades políticas, hay que romper aunque sea muy ligeramente la monotonía característica de las autocracias, cuando las dictaduras con el fin de evitar que sufra lesión mayor la unidad que para su existencia requieren esos tenebrosos sistemas de gobierno; cuando para salvar una crisis ministerial que se anuncia de improviso porque en el seno mismo del gabinete hay choque de intereses y de absurdas ambiciones personales, que amenazan romper la armonía que debe existir entre los cómplices de la desventura del pueblo, se rompe la calma sepulcral de las dictaduras, entonces, al más ligero asomo de desacuerdo entre los opresores de la patria, se produce una irresistible conmoción popular, indicadora infalible de que el poder ha perdido más aún la confianza que a fuerza de violencias y de calabozos había logrado inspirar a los aterrorizados súbditos.
Esto ha sucedido ahora entre nosotros. Relatemos.

La impolítica actitud que asumió el ex-ministro Bernardo Reyes al aprovecharse de su alto puesto para hacer política, utilizando los desechos del desprestigiado y por fortuna ya bien muerto barandismo1, hizo que todas las miradas, hasta las de los más indiferentes, se clavasen en el hombre que desprendido del alto puesto que ocupaba en Nuevo León vino a ocupar al lado del presidente Díaz otro puesto alto también.
Y esas miradas del público, al principio curiosas solamente, llenáronse de interés, interés que fue en aumento cuando para nadie fueron un misterio las desbordantes ambiciones de grandeza que abrigaba Bernardo Reyes, y las que pretendió ocultar bajo el barniz de un mal entendido patriotismo.

La imprudente conducta del ministro Reyes le acarreó su muerte política, como lo dijimos en nuestro anterior número2. El general Díaz, para que no se quebrantase la unidad de la autocracia, para que no se relajase el falso prestigio de la dictadura, castigó al osado militar destituyéndolo.

Pero esa destitución tenía que causar escándalo; la caída de Bernardo Reyes tenía que ser estruendosa.
Fijas como estaban todas las miradas contemplando la trabajosa ascensión de Reyes, cuando éste creyó alcanzar el último peldaño, su prestigio se hizo añicos y un formidable aplauso y una carcajada inmensa resonaron en la nación. Era que Reyes había caído.

Sin embargo, al alborozo que produjo la caída del teatro de la política mexicana, ha seguido una sensación indefinible.
¿Por qué? ¿Por qué los ojos húmedos por las lágrimas que arrancó la carcajada, dirigen ahora inquietas miradas hacia el lejano estado de Nuevo León? ¿Por qué cuando los labios conservan aún la convulsión que les produjo la risa, han tornádose pálidos?

Una noticia que corre de boca en boca y que ya comienza á preocupar demasiado, es lo que ha ocasionado que los ojos lancen sobre Nuevo León miradas intranquilas y que las sonrisas se congelen en los labios helados de terror.

Dícese que el general Bernardo Reyes va a encabezar un movimiento revolucionario.
Cierta o falsa, la noticia es inquietante.

Todos sabemos que el soberbio caído no es de esos hombres que después de la derrota van á ocultar su miseria huyendo de la befa. Reyes no es de esa clase de hombres.
Ese individuo, engreído con la idea de mando, no es de los que ceden al verse vencidos. Él, que por tanto tiempo ha pesado sobre la tropa; él, que por tanto pesó sobre el indefenso pueblo fronterizo; él, que forjó leyes á su antojo; él que con sólo un gesto, con sólo un ademán ha podido poner grillos, ha podido cargar de cadenas, ha podido hacer correr ríos de lágrimas de míseras viudas y de desvalidos huérfanos; él.
No, Reyes no puede conformarse con su vulgar caída.

Y todos los que conocen el impetuoso carácter del ex-ministro, creen que detrás de la derrota vendrá su revancha, y entonces las necrópolis se henchirán de alojados.

Cierta o falsa, la noticia es inquietante.

La atmósfera de nuestra infortunada patria está saturada de sangre. Desde que se nace hasta que se muere, no se contempla otra cosa en la república, que la púrpura de los césares y la sangre de los mártires.

Por eso es por lo que se dirigen hacia Nuevo León miradas llenas de inquietud.

Nosotros nos resistimos a creer lo que se dice en público, esto es, que Reyes va a encabezar un movimiento revolucionario. Pero si tal cosa es un hecho; si ha llegado otra vez el día en que por la ambición se suba á la presidencia chapoteando en charcos de sangre, como hace veinticinco años; si para alcanzar la suprema magistratura de la república, cualquier ambicioso quiere escalar la altura pasando por los cadáveres de nuestros hermanos; si por nuestra desgracia la palabra "mandatario" debe forzosamente traer á nuestra memoria la repugnante lividez de los cadáveres; si ya jamás habrá de levantarse el ciudadano por sus propios méritos, sino que habrá menester de colocarse sobre los cráneos de los vencidos para hacerse visible y temible á la vez á fuerza de horror, ¡recuerda, pueblo, que desciendes de aquella brava raza que descargó su valor sobre los broqueles de los bandidos de la conquista y escarmentó en Puebla al orgullo de los veteranos de Magenta y Solferino!3

¡Pueblo, hazte respetar!

– – – – NOTAS – – – –

1 Facción política organizada en torno al ministro de Justicia Joaquín Baranda. Confrontado a los grupos hegemónicos, reyistas y limantouristas, reivindicaba una postura liberal "juarista".

2 Véase, supra., art. 16 "Un cadáver político".

3 Batallas que tuvieron lugar en esas poblaciones italianas, entre el ejército de Napoleón III y la armada austriaca, en junio de 1859. El emperador de los franceses salió victorioso en ambas, con lo que dichos lugares se convirtieron en un símbolo del afianzamiento militar de Napoleón III en Europa.