Anakreón
El Colmillo Público, núm. 55, 25 de septiembre de 1904, p. 282, 283

El porvenir de la patria

Diariamente aparecen en los periódicos que por unas cuantas monedas han vendido su pudor al gobierno, sendos artículos por medio de los cuales se trata de hacer creer que México progresa; que el futuro de la patria está asegurado y que la nación figura ya en el número de las naciones prósperas del mundo.

Para comprobar el notable progreso que se quiere suponer a nuestra patria, la impúdica prensa semioficial se enronquece enumerando las vías férreas que hay en la república, los bancos, las negociaciones industriales y comerciales y el crédito financiero, que se dice gozamos en el extranjero.
Sin embargo, nada hay tan falso como ese progreso. La prosperidad de que habla la prensa semioficial es una bella mentira inventada en las esferas gubernamentales para conformar al pueblo por la pérdida de sus derechos.

Nuestro colega El Demócrata Fronterizo1 trae acerca del progreso de México un interesante artículo, que con gusto reproduciríamos si nos los permitieran las dimensiones de nuestro periódico, conformándonos con extractarlo lo más fielmente posible.

Dice el colega, que la mayor parte de los ferrocarriles han sido construidos con dinero de la nación, creando una inmensa deuda, y que esos ferrocarriles lejos de impulsar la producción de México y de favorecer al comercio y a la industria, ejercen un monopolio irritante no sólo por la mala construcción de las líneas, el pésimo servicio y por estar servido por extranjeros zafios, sino porque hacen una competencia abrumadora a los hombres de negocios, acaparan el metal blanco imposibilitando las transacciones monetarias, se imponen al comercio y al gobierno mismo a quien amenazan constantemente con la intervención de sus gobiernos.

Al hablar de las empresas industriales, dice el colega que la mayor parte son extranjeras y explotan miserablemente a los trabajadores mexicanos con el establecimiento de tiendas de raya y amenazan a las autoridades con reclamaciones internacionales, muchas de las cuales han sido llevadas al terreno diplomático.

Hablando de los bancos, afirma el colega, con sobra de juicio, que sólo son establecimientos de agio con la agravante de que sus existencias en metálico son inferiores a las cantidades que representan los billetes en circulación, circunstancia que más de una vez ha provocado serias crisis.

Respecto del crédito del país, dice textualmente el colega:

¿Podemos aplaudir, como un progreso para México, el crédito de que el país goza en el extranjero, o sea una deuda enorme, que se agiganta más cada día, porque a pesar de haberse quintuplicado los ingresos desde el advenimiento de la administración tuxtepecana, no alcanzan siquiera para pagar los intereses que esa deuda, cada día más grande devenga anualmente? Y el hecho de que cada periodo administrativo del señor general Díaz está señalado por uno o dos nuevos empréstitos contraídos, a pesar del brillantísimo estado de progreso del país, está ahí, ante los ojos de todos, probando con claridad indiscutible, que el aparente esplendor de México es ficticio, porque resulta, no de la producción nacional, sino de las deudas contraídas periódicamente en el extranjero.

He aquí desbaratadas en corto número de líneas, las mentiras que diariamente propala la prensa sostenida por el gobierno.

El progreso material de México, es un papel de colores con que se encubre nuestra inmensa miseria, y las deudas que el gobierno contrae periódicamente ameritarán la intervención de las escuadras extranjeras en un porvenir no lejano por cierto, porque la nación no podrá pagar ni los réditos de lo que actualmente debe.

El porvenir de la patria es inquietante y el gobierno no se preocupa por el porvenir. El gobierno se preocupa porque no haya discordantes en el concierto de alabanzas mercenarias que de todos los ámbitos del país se levantan, para ensalzar el mentido progreso que por varios lustros ha sido el dulce sueño con que se han embriagado millares de mexicanos ciegos, que no despertarán hasta que las legiones extranjeras los hagan marchar a culatazos.

Pero hay algo que entraña una gravedad más grande que el engañoso progreso material de México.

Pensadores insignes han dicho, que la grandeza de las naciones no se mide por el número de ferrocarriles que crucen el territorio ni por el número de fábricas, ni por la pluralidad de sus negocios, sino por la dignidad de sus ciudadanos.

Ahora bien, para que pueda haber ciudadanos dignos es forzoso que se viva en una atmósfera de libertad en que la pasividad servil de los lacayos no sea considerada una virtud sino como una desgracia.

En nuestra patria, vemos cómo decae de día en día el vigor moral de los ciudadanos. Nadie tiene fuerzas para protestar contra el abuso. Cuando el cacique levanta la voz hasta hacerla ultrajante; cuando el juez aplica un fallo desprovisto de justicia; cuando el gendarme requiere el bastón para humillar a un hombre y cuando la autoridad arrolla las garantías individuales, un temblor medroso mortifica el organismo de los hombres y no hay una voz pujante que denuncie el delito, ni un corazón bien puesto que arda en ira ante el atropello y el abuso.

Es que el medio en que vivimos actualmente los mexicanos, es el medio más propicio al afeminamiento de los ciudadanos. El convencimiento sombrío de que la dignidad tiene por premio el calabozo ha borrado de las conciencias el apotegma esencialmente enérgico que el Constituyente Ponciano Arriaga lanzó en momento de suprema virilidad:

¡Ojalá que todas las autoridades y los ciudadanos todos, protestasen como un solo hombre, al considerar que el ataque a las garantías de un individuo, es un ataque a la sociedad entera!

El tiempo que el actual gobierno ha necesitado para tender líneas férreas que pesan sobre la nación, para proteger bancos que hacen operaciones de judíos, para llamar capitales que exploten a los braceros mexicanos y cimentar el crédito que constituye nuestro descrédito, porque solamente para pagar los réditos de nuestra monstruosa deuda se solicitan nuevos empréstitos, todo ese tiempo lo ha empleado también para poner al pueblo en buenas condiciones de abyección, como cínicamente lo indica Bulnes en su libelo El Verdadero Juárez.

Esas buenas condiciones de abyección significan: ignorancia, para que el pueblo no comprenda su infortunio; cárcel para que al pueblo no se le ocurra ejercitar el más rudimentario derecho; prensa gobiernista, para que el pueblo se embrutezca conscientemente y llegue a considerar bueno lo que en realidad es pésimo; fanatismo católico para que el pueblo permanezca indiferente a sus sufrimientos.

Aparte de estas buenas condiciones de abyección, se tiene al pueblo en la miseria más grande, que es un buen vehículo para la abyección. Se permite que se le explote, y cuando quiere buscar en algún país extranjero el pan que aquí le escatiman los señores feudales y el respeto que aquí le niegan los caciques, el ministro de Gobernación expide una circular tendiente a amedrentar a los trabajadores con pinturas chuscas que quieren ser trágicas, de los sufrimientos a que están sujetos los trabajadores mexicanos en el extranjero, sufrimientos que no los hay, pero aun cuando los hubiera, serían más pasaderos que la explotación que aquí se ejerce con ferocidad de ave de rapiña sobre el trabajador, y las arbitrariedades de que es objeto el ciudadano, por parte de ciertas autoridades.

No es posible que en un medio de esta naturaleza pueda haber dignidad. La dignidad será ocultada ciertamente por aquellos que la sientan y la hipocresía la marchitará antes de tomar robustez ese sentimiento viril que hace prosperar a las naciones.

Este es en síntesis el cuadro pavoroso que ofrece nuestro infortunado país. El porvenir que está reservado a nuestra patria si se continúa por el camino antidemocrático que hasta aquí se ha seguido, fácil es preverlo, y sólo de pensar en ese porvenir cargado de humillaciones se inunda el alma de amargura y no es posible evitar el remordimiento por haber dejado perder la obra de nuestros padres.

– – – – NOTAS – – – –

1 El Demócrata Fronterizo, Laredo, Tex. E. U. A. (1896-1920). Dir. José Cárdenas.