Anakreón
El Colmillo Público, núm. 57, 9 de octubre de 1904, pág. 655

La insolencia de Bulnes

Decididamente el medio en que vivimos no es propicio a la formación de caracteres viriles que pudieran en cualquier tiempo manifestar sus energías.
Hay que confesar, no sin amargura ciertamente, que constituimos un productivo rebaño de carneros prontos a dejar nuestras lanas en las garras de todos los rapaces, nuestras carnes a merced de todos los apetitos, mientras nuestra dignidad y nuestro honor ruedan por el asfalto mendigando puntapiés y salivazos.

Por donde quiera que dirigimos la vista encontramos el atropello, distinguimos el ultraje, palpamos la vejación. Respiramos una atmósfera de injuria y arbitrariedad; pero estamos saturados de abyección, y envilecidos y cobardes, vagamos al acaso sin que nuestros puños se crispen, sin que nuestros cuerpos se sacudan bajo la influencia de la indignación, y cuando nuestras bocas se abren desmesuradas y nuestros ojos amenazan independerse de sus órbitas y los oídos esperan el varonil apóstrofe o la interjección robusta, un ¡ay! desoladoramente femenino brota de nuestros labios como gime el carnero bajo la acción del cuchillo.

Un medio tal, propio para incubar esclavos, tenía que ofrecernos espectáculos faltos de nervio como el que hemos estado presenciado a resultas del libelo que escribió Francisco Bulnes.

Entre las protestas sinceras de los liberales de buena fe que han comprendido la perversidad de Bulnes de presentarnos pequeño a Juárez para agigantar la figura del actual Presidente, se han deslizado las fingidas protestas del reyismo disfrazado de liberal, que encontró una oportunidad para atacar a su rival el grupo "científico"

Los partidarios de Bernardo Reyes se han distinguido por sus extravagancias. Uno de ellos pidió que se quemaran todos los ejemplares del libelo. Otro indicó que era conveniente allanar la morada del traidor libelista. El de más allá, presa de pudibudences de chascarrillo, pidió a sus compañeros la expulsión de Bulnes de la Cámara de Diputados, otro reyista no quiso pertenecer a la llamada Unión Liberal porque a ella pertenecía Bulnes. Otro, que se ha dedicado a editor con los pocos centavos que ha logrado obtener de su jefe, pidió que se retirase a la casa de Bouret1 la protección general para ganarla él. Otro más, profesor de Derecho Constitucional e hijo y partidario activo de Bernardo Reyes, dijo en el Circo delante de señoras y señoritas una frase que incendió la sangre de los anémicos y puso rubores en las telas negras de las levitas.

Los sucesos y Tilín-Tilín, periódicos reyistas, extremaron la extravagancia y la histeria que caracterizan a ese partido, que sería bufo, si su historia no fuese trágica.

Pero el reyismo no se ha atrevido a denunciar la intención perversa del libro. El reyismo a comprendido que existe, que vive en las páginas del libelo de Bulnes la intención que virilmente hemos denunciado y que él ha encontrado también, pero no ha tenido el valor de demostrarse severo, recto y energético a ese respecto, y su palabrería de cuartel ha escondido su debilidad, su escándalo de soldadera alcoholizada ha tomado el puesto de la sinceridad de que carece, y como no es liberal y quiere aparecer como tal, finge, disimula, exagera y caricaturiza hasta la extravagancia y el ridículo.

De esa exageración del reyismo, de esa extravagancia enfermiza se ha aprovechado la prensa clerical que superabundando en malicia y mala fe, trata de hacer comprender que el reyismo es el Partido Liberal para exhibir a éste por los defectos de aquel.

La prensa clerical sabe muy bien, como que ha coadyuvado al medio de abyección en que vejeta nuestra ciudadanía estéril, sabe muy bien esa prensa que el reyismo desde su formación hizo abdicación de su masculinidad, y que por lo tanto, nunca llegará al fondo del asunto del libelo de Bulnes.
Bulnes, por su parte, también lo sabe y ríe ante las demostraciones del reyismo.

Arrinconado el histrión lebelista en su casa del Paseo de la Reforma, adonde se ha refugiado huyendo de la justa befa y del merecido ultraje, envía sus sarcasmos a El Tiempo2, para que este periódico los sirva en sus columnas a sus mogigatos subscriptores y a los curas holgazanes, que gastan sus ocios en lecturas irritantes cuando no actúan de faunos en las penumbras de las sacristías.

Bulnes ha visto la pusilanimidad del reyismo y se ha insolentado. Bulnes, como la prensa clerical, trata malévolamente de confundir al Partido Liberal con el reyismo. Anonada a Emeterio de la Garza (reyista) y finge anonadar al Partido Liberal. Aporreó a otros reyistas y finge haber aporreado al Partido Liberal.

Hay más. Teníamos que presenciar otro desagradable espectáculo, revelador del medio servil en que nos debatimos y que nos muestra toda la podredumbre que respiramos en los bajos fondos a que hemos llegado en veintisiete años de educación anticiudadana podredumbre que ya ni siquiera notamos a fuerza de costumbre.

Solo en los medios malsanos se da el caso de que el malhechor se yerga y reclame honorabilidad. Una sociedad de hombres dignos, no toleraría nunca que un payaso reclamase seriedad y compostura en el momento de efectuar sus contorsiones y sus visajes. En un medio sano, el jugador fullero no tendrá derecho a que se le trate con decencia. Pero entre nosotros Francisco Bulnes, el deturpador de Juárez, el que no midió el insulto contra el Benemérito, el que se burla de las multitudes desde el fondo de su escondite, exige y pone condiciones de honorabilidad.

Esas son las consecuencias del medio femenino en que vivimos. Teníamos que ver al malvado erguirse sobre los humillados siervos y agitar por lo alto a modo de reto el privilegio de mofarse de todo sin ser tocado, el derecho de ensuciarlo todo sin ser molestado.

Bulnes no es otra cosa que un producto del medio. Para atacar a Bulnes, hay que atacar al medio también. De lo contrario, Bulnes continuará encastillado en su insolencia y hasta habrá razón para que salude con carcajadas los ayes lastimeros de ciudadanos que deberían rugir.

– – – – NOTAS – – – –

1 Casa Viuda de Charles Bouret. Casa editorial y librería establecida en París con una filial en la ciudad de México dirigida por Carlos Sommer. Se le considera la librería más grande de  México a lo largo del porfiriato. A principios del siglo XX, el catálogo de obras publicadas comprendía cinco mil volúmenes de ciencias, religión, artes y oficios y humanidades, así como doce mil títulos de novelas en francés y en español.

2. El Tiempo (1883-1912). México, D. F. Dir.: Victoriano Agüeros. Fungió como órgano oficial del Congreso de Periodistas Católicos.