Anakreón
El Colmillo Público, núm. 58, 16 de octubre de 1904, pág. 658-659

La decepción popular

La actitud del pueblo ante la declaración solemne hecha por la Cámara de Diputados de haber resultado electos (¿?) el general Porfirio Díaz y don Ramón Corral, Presidente y vicepresidente respectivamente de la República Mexicana, ha alarmado a los espíritus más tranquilos y llevado la desazón a las personas que saben encontrar en el fondo de los hechos, las enseñanzas que los hombres superficiales son incapaces de distinguir.

La actitud del pueblo indica que estamos en presencia de algo grave, de algo que se relaciona con los destinos futuros de la Patria, sombríos, inciertos, inquietantes.

En cualquier país la elección de gobernantes pone en juego actividades múltiples despierta entusiasmos, reúne pasiones, hace germinar simpatías, engendra odios, arranca gritos de cólera o júbilo, hace que se cierren los puños o que se batan palmas, pone en los labios del pueblo el ¡hurra! o el ¡anatema! y el hossana y la interjección, la alabanza y el apóstrofe vibran como clarines de combate en la atmósfera cargada de esfuerzos viriles y de potencia cívica.

En México nada de esto ha ocurrido. La declaración de la Cámara de Diputados cayó en el pueblo como una nevasca sobre un cadáver no susceptible de aterirse más.

El pueblo está helado, esto es, decepcionado. Frío como un cadáver, escudriña su futuro y lo encuentra lleno de brumas, hurga sus bolsillos y los encuentra vacíos, lanza una mirada a su derredor y encuentra los hogares sin lumbre, la prole sin educación, los hombres arrastrando una existencia sombría bajo las garras de los ricos, los derechos atados a los bastones de los gendarmes cuando no yacen en los rincones de los calabozos, una juventud de invernadero que busca el calor del Tesoro Público, el vicio manchando las carnes femeninas, el alcohol ensombreciendo cerebros y poblando manicomios y penitenciarías, el fraile prostituyendo conciencias y arrastrando núbiles y matronas a la perdición y al fango, la ley burlada por el cacique y el gobernante, ochocientos millones de deuda, el extranjero preferido al mexicano, y como marco de ese cuadro, los fusiles y los cañones de las Potencias que vendrán a cobrar lo que nosotros no podemos pagar.

He ahí los frutos de veintisiete años de dominación tuxtepecana.

Es indudable que ante un cuadro semejante no brote del pueblo ningún entusiasmo, y que, frío y triste, vea perpetuarse una administración que yergue sus oropeles en el crepúsculo del republicanismo moribundo.

Conocido es el programa férreo del general Díaz para que el pueblo pueda alimentar alguna esperanza para el porvenir. Conocida también es la insignificancia política de don Ramón Corral.

¿Qué entusiasmos puede despertar la declaración de la Cámara de Diputados, cuando el brumoso porvenir de la Nación cada vez se carga de más densas sombras?

Si el nuevo período presidencial del general Díaz significase una nueva acción política de éste, y si esa acción tuviese por derrotero la ley, hubiéramos visto al pueblo henchido de júbilo saludar con entusiasmo una nueva etapa política, que estuviese más de acuerdo con la civilización de la época, y que tendiera a librar al país del porvenir tristísimo que le espera cuando fatigado, rendido de tantos años de llevar a cuestas el cadáver de sus libertades, caiga exánime y quede a merced de las fuerzas extranjeras, que reproducirán en América el vandálico espectáculo de la repartición de Polonia1.

El porvenir no puede ser más desconsolador. El general Díaz no cambiara su programa militar, por uno liberal. El clero, en los seis años del nuevo periodo, es probable que logre ser reconocido legalmente como autoridad puesto que de hecho está reconocido por el Gobierno. La deuda de ochocientos millones, subirá a dos mil, por que se acumulará nuevos empréstitos para pagar los réditos de los anteriores.

Y si por la continuación del general Díaz en el Gobierno no ha habido entusiasmo, menos lo ha habido por la elevación de don Ramón Corral a la Vicepresidencia de la República.

Don Ramón Corral naufraga en el océano de adulaciones de sus nuevos partidarios, por que no hay un sentimiento sincero que los sostenga, no hay una popularidad robusta que lo saque a flote, no hay admiración sana que lo levante.

Don Ramón Corral es una figura política impopular. No cuenta en su apoyo ni grandes servicios a la Patria, ni un pasado glorioso, ni una intelectualidad poderosa. Es un perfecto desconocido. No trae el prestigio de ninguna batalla; su nombre no consta en la lista de los hombres de ciencia; en las pugnas cívicas es ignorada su personalidad. Apenas si es conocido como hacendado, pero ni las tierras, ni el dinero han constituido jamás el talento de los estadistas.

Si la insignificancia política es una garantía para el porvenir de la Nación, don Ramón Corral ha caucionado con creces ese porvenir.

La insignificancia de don Ramón Corral es un verdadero peligro para la República, pues merced a ella Bernardo Reyes, el empedernido aspirante a la presidencia de la República, puede poner en acción sus ambiciones sin que sean detenidas por el prestigio de Corral, por que no tiene ninguno, ni por la popularidad del mismo, por que carece de ella.

¿De qué ha servido, por lo tanto, la imposición que se ha hecho de don Ramón Corral?

Ningún beneficio obtiene la Nación con la presencia de don Ramón en la Vicepresidencia. Por lo contrario, su presencia en ese puesto es un incentivo para la discordia que hay entre esos dos grupos funestos ya para el país, que se llaman cientificismo y reyismo.

El reyismo no está conforme con su derrota. Ve que la camarilla rival se afianza y prospera y que si el general Díaz muere antes de cumplir los seis años, el partido (científico) tendrá a su jefe en la presidencia, y el reyismo, impotente y rabioso, no tendrá ni una pulgada de tierra donde clavar su bandera de opresión y de lágrimas.

El reyismo ha previsto su fin y por eso lo hemos visto en estos últimos días dando muestras de una actividad colérica, pretextando defender al Gran Juárez.

Por todo lo expuesto, el pueblo no ha sentido entusiasmo ante la declaración de la Cámara de Diputados. Ni el porfirismo, ni el cientificismo, ni el reyismo son capaces de llevar la alegría al pueblo decepcionado. Sólo la ley podrá salvar al país y por ella lucha el Partido Liberal, el Independiente el que vive alejado del Poder.

– – – – NOTAS – – – –

1Refiérese a las sucesivas fragmentaciones sufridas por el territorio polaco; la primera de ellas practicada en  1772 por las potencias vecinas: Rusia, Austria y Prusia. En 1793 se dio un segundo reparto del que se beneficiaron Prusia y Rusia, en respuesta a la Constitución nacionalista polaca de 1791. En 1795 se dio un nuevo reparto entre Prusia, Austria y Rusia, que persistió hasta las guerras napoleónicas, cuando se constituyó el ducado de Varsovia, bajo la tutela francesa; Cracovia quedó como un reino libre hasta 1831, cuando lo absorbió el imperio ruso.