Anakreón
El Colmillo Público, núm. 59, 23 de octubre de 1904, pág. 683

La bilis de don Bernardo

El reyismo no perdura. Vencido por la opinión pública, aplastado por la indignación popular y atenazado tal vez por su conciencia, siente en las fauces la amargura de las continuadas derrotas, y en el fondo de su alma rebelde hieren desesperados los furores de su despecho, más vehementes mientras más vencido se considera, y más coléricos mientras más consciente está de su impotencia.

Hace como cinco años que Bernardo Reyes apuraba a sorbos el fracaso de su célebre "pistola-sable", invención que, por su perfecta inutilidad, fue recibida con sonrisas piadosas. Y como en medio de los fracasos es donde se exacerba la nostalgia de la gloría, Bernardo Reyes buscó en los rincones de su cerebro alguna idea, que realizada, obligase a la Fama a pregonar constantemente su nombre ante la admiración de los humanos.

Pasaba las horas interrogándose y el pensamiento luminoso que debería conducirlo a inaccesible altura no rasgaba las sombras de su cerebro.
Escudriñaba su pasado con el objeto de ver si de su vida pública sobresalía algo que, aumentado con empeño, pudiera llevarlo a la soñada meta. Pasó revista a sus hazañas de militar y las encontró mediocres. Vio vulgares sus triunfos políticos. Lanzó una mirada circular y vio mil puños cerrados. Pensó en la poesía. En su juventud hizo versos que no podían moverse sin muletas, y que, por lo mismo, no pudieron seguir al trashumante militar.

Escribiría en prosa.

Y escribió la Historia del Ejército Mexicano1.

Pero estaba escrito que ni como político, ni como militar, ni como gobernante, ni como inventor ni como escritor había de conquistar don Bernardo unas hojillas de laurel con que adornan sus enjutas sienes.

Su Historia del Ejército Mexicano, fue otro fracaso.

Eso era natural. Cuando en la juventud se ha descuidado la educación de la pluma; cuando no se la ha dominado ni se la ha obligado a que obedezca sumisa todos los caprichos del pensamiento, la pluma indómita se resiste a fijar en las cuadrillas las más elementales ideas, burlándose de ese modo del pensamiento que ha tenido la debilidad de no domarla.

Don Bernardo llegaba ya a los sesenta años y era forzoso que la pluma siempre joven, siempre bella y eternamente coqueta esquivase las insinuaciones seniles del improvisado escritor.

La Historia del Ejército Mexicano, fue el parto de los montes.

No tuvo otra redundancia, que el desprestigio intelectual del autor.

Algunos turíferarios, beodos de tequila y de impudicia, aventuraron alabanzas al libro de Bernardo Reyes.

Pero un hombre de talento, que ha pasado sus mejores años estudiando documentos históricos, compulsándolos, clasificándolos concienzudamente y que ha estudiado la filosofía de la historia y robustecido su criterio con una enérgica disciplina científica se encaró bien pronto a los turiferarios beodos de tequila y de impudicia y los derrotó en buena lid exhibiendo los resecos sesos de don Bernardo.

Ese hombre fue don Fernando Iglesias Calderón. Don Bernardo y sus turiferarios se tragaron la derrota, pero esta era bien amarga para olvidarla.

Esa derrota significaba una nueva ilusión desvanecida, un anhelo no satisfecho, un fracaso más azotando al que sediento de gloria creía llegado el momento de oír sonar su nombre por la trompeta de la Fama.

Don Bernardo y sus turifarios no podían contener por más tiempo la borboteante hiel, que se irritó todavía más ante la derrota que con sus cartas ha infligido don Fernando Iglesias Calderón al libelista Bulnes.

El reyismo no pudo derrotar a Bulnes. Iglesias Calderón ha derrotado al reyismo y a Bulnes.

De ahí que el reyismo agazapado detrás del papel callejero Los Sucesos pretenda ridiculizar a don Fernando Iglesias Calderón, vencedor de Bernardo Reyes.

– – – – NOTAS – – – –

1 Bernardo Reyes,  El ejército mexicano. Monografía histórica escrita en 1899 por el gral. Bernardo Reyes, para la obra “México, su evolución social”. México, Jaime Ballescá Editor, 1901